En representación de la República de Malta, llegó este novelista y traductor a la Argentina para presentar “Troyano”, su primer libro traducido al español

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“Es la primera vez que cruzo el Océano Atlántico”, dice Alex Vella Gera sentado en una silla plegable, con su cuerpo sobre el respaldo de tela y los ojos bien abiertos. Estamos en el predio de La Rural, en la Feria del Libro: un lugar extraño pero también familiar. Es un escritor y el circuito lo conoce. La gente pasa a su lado —algunos van con libros en las manos, otros simplemente pasean como si estuvieran en un shopping mirando vidrieras— y él observa con algo de sorpresa, mezcla de perplejidad y fascinación. No es de aquí, por supuesto, pero intenta adaptarse. Nació y se crió en la República de Malta, un país ínfimo pero extravagante que, formado por unas cuantas islas, flota en el centro del Mar Mediterráneo, a unos ciento y pico de kilómetros al sur de Italia. “No conozco muy bien el mundo hispanohablante, pero es muy interesante para mí”, dice en este encuentro con Infobae Cultura. No han pasado veinticuatro horas de de su aterrizaje en estas tierras australes, sin embargo arriesgado una definición: “Buenos Aires es una ciudad muy vibrante. Esa es la impresión que me está generando”.

 Al hablar de literatura, el nombre que nos une —casi como Messi o Maradona , pero en el terreno de las letras— es el de Jorge Luis Borges. Alex lo leyó y mucho. “Lo que me gusta es que es un escritor arcaico y moderno al mismo tiempo, y eso es muy interesante e inspirador”, comenta. Troyano es la novela que acaba de publicar la editorial chilena Libros de mentira, su primera obra traducida al español, y eso es lo que lo trae aquí. Una pequeña roca llamada Malta Actualmente no vive en Malta, sino en Bélgica; en Bruselas para ser exactos. “Me gano el pan trabajando como traductor para la Unión Europea. Esa es una razón que me llevó a Bruselas, pero luego hay otra más personal: Malta es un país muy chiquito y claustrofóbico. Somos medio millón de personas en una roca que es más pequeña que Buenos Aires. Malta entra en las Malvinas 38 veces. Así de pequeña es. Entonces necesitaba salir de ese ambiente y encontrar un poco el espacio”, confiesa. Y esa roca —como él la llama— alberga unos cuantos secretos. Tres lugares catalogados por la UNESCO como Patrimonio Mundial, por ejemplo.

Un clima cálido también, que, junto al mar celeste y a la arquitectura megalítica, la han convertido en un destino turístico sublime para la región. Pero además está su ubicación, posición estratégica que fue disputada por las potencias de un mapa en guerra permanente. En la época del Imperio Romano, por ejemplo, allá lejos, formó parte de Sicilia. En el siglo I la isla fue conquistada por los árabes produciendo su primer y gran mestizaje. Luego llegaron los normandos, más tarde la Corona de Aragón, los Caballeros Hospitalarios, la conquista de Napoleón Bonaparte, el Imperio Británico y finalmente, en 1964, la anhelada independencia. Desde 2004, Malta se adhirió a la Unión Europea. En este sentido, el idioma refleja todas estas tensiones producidas a lo largo y ancho de la historia. La mayor parte de la población habla inglés, la lengua dominante debido a la influencia británica. El maltés existe y resiste. La mayoría hablan los dos. Como en tantas otras familias, la de este autor y traductor habla en inglés. Lo mismo ocurría con el colegio. Desde pequeño leía literatura británica hasta que empezó a interesarse por la literatura maltesa. “El maltés siempre estuvo debajo del inglés.

 Yo descubrí la literatura maltesa a través de tres autores”, cuenta entonces con los dedos de su mano derecho y los empieza a nombrar: Ġuzè Stagno, “el primer autor pop de Malta”, Immanuel Mifsud, “el escritor más exportado que tenemos”, y Alfred Sant, “un ex Primer Ministro que también es novelista, en mi opinión es el más arriesgado”. Por otra parte, está muy presente el italiano, idioma oficial del Estado de Malta hasta 1934. Y si bien su uso mermó un poco, siguió teniendo cierto protagonismo porque las familias maltesas captaban la señal de la televisión italiana. Así fue como Alex Vella Gera lo aprendió —¿quién lo hubiera dicho?—, mirando la tele.