🎧 Usa el reproductor para escuchar esta nota
Sus obras son como un viaje a los orígenes, como cuando alguna vez este escritor portugués regresó a su aldea Azinhaga, en Portugal, Lisboa, a “bucear en la nostalgia, a recordar el lugar de la infancia”
Infobae
Segunda Parte
… si él no se preocupa por eso y está escuchando en su cabeza la voz que está repitiendo, se simplifica todo”.
Sus obras, un gran tesoro de la literatura portuguesa
Luego siguió Memorial del convento (1982), una bellísima novela que tiene mucho de realismo mágico, con personajes dotados de habilidades extraordinarias, alineados detrás de un objetivo que no les es propio, como la construcción del convento de Mafra, una obra gigantesca y monumental de la arquitectura portuguesa, erigida para agradecer que la reina, luego de centenares de intentos, finalmente había quedado embarazada.
La obra, escrita en tercera persona -otro sello del autor a lo largo de su carrera-, puede actuar como extensión hacia todas aquellas grandes construcciones de la historia, motivadas por razones egoístas, ególatras, encubiertas en la fe.
En El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) realiza un homenaje a la literatura de Fernando Pessoa. El personaje principal -no es otra cosa que uno de los heterónimos del también portugués Pessoa- regresa a Lisboa al enterarse de la muerte temprana del célebre autor y deambula por una ciudad con un espíritu apagado, algo ha cambiado, aunque la vida siga.
En La balsa de piedra (1986), Saramago realiza su primera gran crítica al estado de las cosas en Europa. En la novela, la península ibérica se separa del resto del continente y navega hacia la deriva, al mismo tiempo que un grupo de personas comienza una búsqueda espiritual a partir de vivir situaciones extraordinarias, mágicas algunas. Allí se exponen los intereses camuflados, las miserias, los miedos, los deseos y también los sueños.
En Historia del cerco de Lisboa (1989) regresa a la historia de su país para demostrar como muchos acontecimientos que creemos ciertos no son más que un relato de conveniencias de su época. Eso que se dice de que la historia la escriben los que ganan, pero elevado a un nivel que nos lleva a dudar de los relatos, incluso, cotidianos. En la obra, un revisor coloca simplemente un ‘No’ en un evento del medioevo, por lo que todo lo que se conocía de allí para adelante puede ser puesto en duda porque ¿qué es la historia sino una mirada parcial?
Para el ’91 llega El Evangelio según Jesucristo, que devino en su mudanza a Lanzarote. Esta obra “blasfema” relata la vida del Rey de los Judíos, pero con una mirada humana, y con un Dios que es el del Antiguo Testamento; o sea, cruel.
“Es verdaderamente interesante que el Dios del Antiguo Testamento ha llegado hasta nuestros días cambiando su personalidad a lo largo de los siglos, para acercarse más y más y más a la imagen del Hijo. Y, en ese sentido, el Hijo se convirtió en el padre del Padre. Lo que tengo ahí es un Dios que quiere ampliar, ensanchar su poder. Y, como bien sabemos, no hay nada mejor para ensanchar la propia influencia que crear un mártir”.
Para Saramago, los credos son motivo de división más que de unión
Saramago siempre se llamó ateo. En una columna de opinión publicada en España, llamada Factor Dios, enfatiza en que usar la idea de un ser supremo para cosas que “no tienen nada que ver con la religión” como matar en su nombre convierte a los credos en un motivo de división, más que de unión. En ese sentido, sostiene que el concepto de Verdad no existe: “La verdad es siempre la verdad de algunos, que aceptan que los otros tengan su propia verdad o, al contrario, imponen su verdad a la verdad de los otros”.
En su siguiente novela, Ensayo sobre la ceguera, una extraña pandemia deja ciego al mundo. Lo que a priori parece una historia sobre supervivencia, a partir de una serie de personajes que generan empatía, es en realidad una cruda y por momentos asfixiante metáfora de la vida moderna. Para Saramago la ceguera es la de la razón, la de un mundo que colapsa y no lo ve, que ante una situación límite debe dejar salir sus instintos y lo hace a través de la tortura, la explotación, la crueldad como sistema de supervivencia, donde la caída de la idolatría por lo visual desnuda lo peor y lo mejor, en menos de medida, de las personas.
“Plantee qué es lo que ocurre cuando el hombre, que además de no ser -como yo creo que no lo es- un ser racional en el sentido completo del término, se encuentra en una situación límite en que la poca razón que tiene ya no tiene lugar. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en un campo de concentración. Y en el fondo es eso: es el mundo convertido en un campo de concentración”.
¿Qué sucede cuando la información personal es manejada por personas sin escrúpulos? Antes de los bancos de datos de internet, de la venta de identidades digitales, Saramago propone en Todos los nombres la historia de un burócrata kafkiano que colecciona fichas de datos de personas famosas pero que se cruza, por un error del sistema, con la información de una desconocida de la que siquiera conoce el rostro. El administrativo solitario crea su propia ficción, se enamora y comienza una búsqueda obsesionada.
El ambiente adverso en el que creció el Premio Nobel, no fue obstáculo para la creación de sus obras
Con La caverna reflota el mito platónico de las personas que miran las sombras en una pared, engrilladas, sin conocer la realidad más allá, para traerla a estos tiempos de manera magistral a través de la historia de un alfarero que ve cómo su oficio muere en favor de una industria que reproduce en serie, sin arte ni encanto, para satisfacer los deseos inagotables de una sociedad consumista que, engrillada a las luces de un shopping, no pueden salir a ver de qué se trata la vida.
“La novela ha sido escrita para que la gente salga de la caverna”, dijo entonces. La Caverna es la última entrega del tríptico -junto Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres— en la que el autor refleja su visión del mundo.
Otro de sus títulos esenciales es Ensayo sobre la lucidez, una obra profundamente crítica con el sistema democrático, como con la pasividad del compromiso social de las personas. Un libro incómodo, una vez más, que expone, entre otras cosas, que la creencia que el voto en blanco no sirve no es más que un discurso del poder político -el perro guardián del económico- para afianzar su hegemonía y continuar en un ciclo de bucle constante, en general, enraizado en el bipartidismo.
En una entrevista de 2002, comentó: “Yo creo que hoy se está necesitando un debate mundial sobre la democracia, y quizá si lo hiciéramos nos daríamos cuenta de que esto que estamos viviendo y que llamamos democracia, no lo es. Es una pura falacia, es una falsedad, nada de lo que está pasando hoy en el mundo, en los países que se declaran democráticos, tiene que ver con la auténtica democracia. Se ha vuelto evidente que el poder real es el poder económico”.
“El problema central es que el poder se escapó de las manos de los ciudadanos. No se escapó, se lo quitaron. Lo hicieron al organizar el mundo de forma tal que la economía debilita la capacidad política de los ciudadanos de intervenir en la sociedad que es la suya, de las que ellos son parte”.
“Lo que pasa en el mundo, la publicidad, el discurso político, el mensaje, todo trabaja para que ganen ellos y nos movilicemos sólo para comprar un coche. Pienso en cómo el sistema canaliza la energía de un ser humano, su imaginación, su capacidad creadora para convertirlo en un comprador. Cuántas transformaciones llegarían si toda esa energía se concentrara en mejorar el mundo…”
Saramago se hizo de la nada. Creció en un ambiente totalmente adverso y construyó una obra profunda, donde se dejó la piel para alertar sobre la necesidad de un cambio. Fue un intelectual poético, honesto, incluso cuando no tenía nada para decir. Una isla literaria, que como su balsa de piedra, creó a la deriva. Y que, a pesar de considerarse un pesimista nunca perdió la fe: “Los pesimistas son los únicos que tienen motivos para querer cambiar el mundo”.










