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 El francés Pierre Bonnard pintaba sin modelo a la vista. No había ante sus ojos más que un lienzo y, sobre todo, una memoria: la de un cuerpo, una habitación o un paisaje. Bonnard (1867-1947) registraba el objeto de su deseo dibujando aquello que creía que iba a pintar y más tarde -a veces mucho más tarde- los recuerdos jugaban como espejo con el pincel. “Antes de añadir color hay que mirar las cosas una o mil veces”, dijo alguna vez. The Colour of Memory es el nombre de una gran exhibición que acaba de concluir en la Tate Modern de Londres -seguirá viaje primero a Copenhague, en junio, y luego a Viena, en octubre- y que fue la mayor exposición de su obra en el Reino Unido en más de 20 años. Con más de cien piezas reunidas en varias salas con criterio cronológico, la curaduría de la muestra estuvo a cargo de expertos de la Tate y el museo hizo una interesante campaña de persuasión para conseguir que el público se tomara el tiempo necesario para ver cada una de esas piezas, que abarcan cuarenta años de la producción del gran artista, en rigor, los últimos de su vida. Bonnard pintaba varias obras al mismo tiempo: en la muestra que se vio en Londres hay obras sin los respectivos marcos, una elección que pretende reproducir el modo en que se veían en el taller del artista.

Hubo cuadros en los que trabajó por décadas; él, que comenzó como talentoso artista gráfico-aunque estudió Derecho para darle el gusto a su padre, su primer “éxito” artístico fue una campaña de champagne en 1891- y experimentó con la fotografía en los comienzos de la técnica, buscaba recuperar el tiempo, a la manera de Proust, como recuerda su biógrafo Nicholas Watkins. Siguiendo esta idea, podría decirse que buscaba recuperar el tiempo, pero también el espíritu y el sabor de todas las magdalenas. Su arte es una especie de literatura del color. En esa búsqueda se adueñó del color y de los climas, promovió una renovación de la composición y la perspectiva. Lo llamaron “el pintor de la felicidad” aunque para ser justos habría que llamarlo “el pintor de la felicidad y de la melancolía”. El punto de partida es 1909, con la llegada de Bonnard y de su esposa Marthe Meligny a la Costa Azul, momento en que el pintor francés consigue capturar la profunda experiencia de la luz del Mediterráneo, algo que convierte su paleta pastel en una gloria refulgente de intensidad.

 El cuerpo de Marthe, afectada por la tuberculosis, es protagonista de una gran cantidad de sus pinturas, muchas de ellas en el escenario del clásico baño medicinal de la época. Se conocieron en 1893, cuando él la vio bajar de un tranvía y su presencia se hizo luz. Bonnard tenía 26 años y ella 24, aunque por entonces ella decía ser mucho menor. No era lo único en lo que mentía: también, aunque decía llamarse Marthe Meligny, su verdadero nombre era Marie Boursin, algo que él supo recién cuando se casaron, en 1925. Bonnard vivió con Marthe hasta la muerte de ella, en 1942. Durante los años que estuvieron juntos él tuvo otros amores, algunos de los cuales quedaron reflejados en sus pinturas. Una de sus amantes, a quien pintó y con quien viajó a Roma, era la joven Renée Monchaty. Fue un vínculo fuerte, entre 1923 y 1924, y en algún momento él incluso pensó en contraer matrimonio con ella, algo que no sucedió. Ella se suicidó en París, poco después de ser abandonada por Bonnard. Él, por su parte, siguió con sus planes matrimoniales, pero con Marthe, la eterna figura de su vida y de su obra.