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Infobae/ Alfredo Serra
Una mañana de 1943, una patrulla nazi capturó a Charlotte Salomon, alemana de religión judía, y la arrastró hasta el infierno de Auschwitz. El mismo día, a la tarde, subió los tres escalones de una cámara de gas, desnuda, respiró el invisible y fatal Zyklon B, y veinte minutos después estaba muerta. Tenía 26 años y estaba embarazada. Seguramente fue un cuerpo más entre cientos, en una fosa común. Nadie. Nada. Pero, en secreto –desde el albor de la era nazi–, había pintado, escrito y compuesto en pentagrama la tragedia que un demente empezó en una cervecería en los años 20 y acabó en 1945 con ochenta millones de muertos. En realidad, la muerte, para Charlotte, era el oscuro leit motiv de su sangre. Su bisabuela, su abuelo materno, su mujer y sus dos hijas –una, su madre; la otra, su tía– se suicidaron, y el final por propia mano no hubiera sido extraño en Charlotte. Y otro pájaro negro recaló en su vida. Aunque mucho se discutió la veracidad de su confesión, Charlotte –en una larga carta– confesó que “asesiné a mi abuelo paterno dándole a comer una tortilla en la que eché morfina, opio y veronal, y lo dibujé mientras moría”.









