Agobiada por la fama de su Harry Potter, hace algunos años J. K. Rowling decidió escribir otra clase de literatura bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Su saga policial de C.B. Strike, el británico con pierna ortopédica que pasó de pelear en Afganistán a investigar crímenes sórdidos con su bella asistente Robin, puede verse por HBO

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C .B. Strike es grandote, malhumorado y bebedor. Tiene una pierna ortopédica, recuerdo de la excursión militar británica que integró en Afganistán. Sobrevive como detective en una oficina polvorienta, que también es su refugio de soltero-recién separado. Así es el personaje concebido por J. K. Rowling para la saga de novelas policiales que la creadora de Harry Potter firmó bajo el alias Robert Galbraith, como un secreto placer -y a la vez, respiro- en su exitosa y millonaria carrera. La señal Max -dedicada mayormente al cine “independiente” dentro de la plataforma HBO para América latina- está emitiendo los siete capítulos basados en las tres novelas del tal Galbraith: tres episodios dedicados a El canto del cuco, y 2 para El gusano de seda y El oficio del mal respectivamente. Esta historia comenzó en 2013, cuando fue publicada la novela El canto del cuco (The Cuckoo’s Calling, en inglés) firmado por Robert Galbraith. Meses más tarde J. K. Rowling declaró que se trataba de su seudónimo y que “hubiese querido mantener este secreto por más tiempo, ya que ser Robert Galbraith ha sido una experiencia sumamente liberadora. Fue maravilloso haber publicado un libro sin la expectativa o el bombo publicitario, y solo por el puro placer de recibir comentarios bajo un nombre diferente”. Luego serían publicados otros dos títulos de la saga: El gusano de seda y El oficio del mal. “Al principio, se debió al deseo de volver al punto de partida e iniciar la carrera de escritora con un nuevo género. Quería trabajar sin presión y sin expectativas y recibir una reacción totalmente sincera.

Fue una experiencia maravillosa y lamento que no se prolongara un poco más. Siendo Galbraith, podría concentrarme en el trabajo, que es el aspecto que más me gusta de ser escritora”, detalló la escritora en una entrevista con el diario español ABC. La serie lleva el nombre y gira alrededor de Cormoran Strike, el veterano de guerra convertido en detective privado. Pero en cada caso por resolver es la aparición de Robin Ellacot, una asistente ocasional, la que agrega encanto y cierta tensión sexual que avanza con los capítulos, como para endulzar una trama intrínsecamente agria. El extraño (y encantador) Strike es interpretado de forma impecable por Tom Burke y Robin por Holliday Grainger (una de las malvadas hermanastras de Cenicienta,última versión). En el contraste entre los protagonistas y en cómo se va construyendo su relación reside gran parte del interés de la serie. Él bebe pintas de cerveza como si fuesen botellitas de agua, tira los cigarrillos en el suelo (donde sea), es capaz de orinar en un vaso y actúa como si no hubiera ley alguna. Así es Cormoran Blue Strike, un detective londinense que compensa sus defectos (los justos para hacerlo interesante sin generar rechazo, según una crítica británica) y sus carencias (no puede capturar a un sospechoso a la carrera ni conducir) con mucho carisma. Cuando le interesa, claro. Hijo de un músico famoso y de una modelo que se suicidó, parece en ocasiones más una estrella del rock caída en desgracia que un detective, con sus dosis de alimento para la prensa y sus groupies pendientes de los movimientos del “hijo de”. Al otro lado está Robin, una “persona decente” como la describe CB.

Ella lleva una vida tranquila, está comprometida y muestra una permanente sonrisa. Aunque, iremos viendo, bajo su apariencia se esconde un talento prometedor para la profesión. Con la personalidad de alguien a quien no le gusta que le digan lo que no puede hacer, y mucho menos si eso le sucede por ser mujer. No necesita que nadie la cuide ni un trato especial. Si se mete en problemas propios de la investigación, sale. Será por eso que le cae tanbien a Strike desde un primer momento. Él no busca una secretaria ni una ayudante, sino una “socia”. Una pareja con química no sería nada sino estuviese amparada por un guión equilibrado que siembra el misterio y brinda señales para resolverlo con sutileza, respetando ciertas convenciones propias del género. El detective y su socia penetran a menudo un universo de falsedades, violencia y sordidez que crece en intensidad con cada capítulo. El juego que plantea C. B. Strike es el clásico de crimen por resolver, con pistas que seguir y una considerable lista de sospechosos para ir descartando. En paralelo emergen sueños y viajes al pasado para conocer un poco más al detective, cuyo perfil no termina de dibujarse hasta el último de los siete capítulos. Algo que no hay en C. B. Strike son alardes de ingenio del tipo Columbo (guiño al lector mayor de 40) sino un trabajo de investigación puerta a puerta y de descarte de pistas. En todos los casos, se trata de muertes por aclarar -una por novela publicada- de una modelo, un escritor de novelas y una chica. Así es que el detective circula, pregunta y razona por pubs, restaurantes de barrio, departamentos de lujo y también en ciertos bajos fondos que él bien parece conocer. La fórmula funciona porque la trama ofrece un producto divertido y con acción que mantiene al espectador entretenido en la resolución de los casos, pero también en el misterio de los dos personajes principales. Tras la cámara, tres directores distintos. Uno para cada parte. Michael Keillor se encarga de los tres episodios que componen El canto del cuco; Kieron Hawkes de los dos de El gusano de seda; y Charles Sturridge de los dos de El oficio del mal.

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