Segunda y última Parte

Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievsky (1866) E s el texto inaugural del género trip-psicológico-de-un-asesino, y también una típica novela de entrada a la literatura adulta. Rodión Raskolnikov, asesino de una anciana, inspiró decenas de novelas de aprendizaje de jóvenes problemáticos, entre otras las de Roberto Arlt y Jerome David Salinger (a su vez, El guardián en el centeno, que no es una novela sobre un asesino, inspiró al asesino de John Lennon). Amado por Freud, Dostoievsky hurgó en los secretos improcedentes del mal y del asesinato como bella arte tortuosa. Dostoievsky, en tanto, amaba a Shakespeare, y en los dilemas morales del joven pobre Raskólnikov aparece el fantasma del joven príncipe Hamlet.

El gato negro, de Edgar Allan Poe (1844) Aunque esta clasificación es problemática, se suele considerar a Poe como el iniciador o propagador de varios géneros: la ficción detectivesca, la historia de terror e incluso el cuento a secas. El monólogo atribulado de un asesino que termina confesando es una especialidad del autor. Es el caso de El gato negro, en que el apego de un gato a su dueño se transforma en odio y aversión de este, y derivan, por metonimia existencial, en un hachazo en la cabeza de la esposa. La narración de un femicidio puro y duro inaugura el cuento estadounidense.

A sangre fría, de Truman Capote (1966)

Los asesinatos no sólo ocurren en la ficción; también en la realidad. La madre de todas las crónicas de un asesinato es A sangre fría un legendario trabajo de investigación (¡ocho mil páginas de notas!) de Truman Capote, que siguió hasta el mismo patíbulo a Dick Hancock y Perry Smith, los dos responsables de la muerte (en ocasión de robo, diría un abogado penalista) del granjero Herb Clutter, su esposa y sus dos hijas adolescentes en Kansas. Hancock muere afirmando que el responsable de los cuatro asesinatos había sido Smith. Capote llevó así la novela de misterio a la vida real, y creó la no ficción, aunque incluso la Wikipedia en inglés le reconoce la predecesión en el género a Operación Masacre de Rodolfo Walsh.

Son libros que se leen con el corazón hecho un hielo. Un ejemplo más reciente y también notable es El adversario de Emmanuel Carrère, que narra la vida de Jean-Claude Romand, un hombre que engañó a su familia durante toda su vida (les dijo que era médico) y luego la mató.

La casa de los relojes, de Silvina Ocampo (1959)

Un chico le cuenta a su maestra una fiesta en la que los invitados llevan a un hombre jorobado a una tintorería y lo matan planchándole la joroba. Silvina Ocampo le puso argentinidad extrañada a esta versión de El jorobado de Notre Dame, la novela de Víctor Hugo. La inclusión de personas con defectos físicos es una clásica metáfora del cuento de terror, en que los diferentes suelen morir. Mariana Enriquez incluyó en Las cosas que perdimos en el fuego varios cuentos de inadaptados que son asesinados.

Crónica del pájaro que da vuelta al mundo, de Haruki Murakami (1994)

Esta novela con tonalidad onírica incluye la historia lateral de Boris el despellejador, un hombre que logra ponerse a cargo de un campo de concentración soviético donde hay prisioneros japoneses. Su ayudante, el Tártaro, despelleja como un durazno a un espía japonés adelante de su amigo Mamiya, que narra la historia. Es una escena dantesca de este candidato habitual al Premio Nobel de Literatura.

El leopardo, de Jo Nesbø (2009)

Un asesino serial mata mujeres con la manzana de Leopoldo, una bola que se mete en la boca de la víctima y que, cuando esta intenta sacársela, desprende unos punzones que la matan. Nesbø, gran exponente del noir escandinavo, se demora con frialdad en la descripción de asesinatos. La manzana de Leopoldo surgió de un recuerdo de infancia: de chico, comió una manzana entera y pensó que le iba a explotar en la boca.

2666, de Roberto Bolaño (2004)

Cerramos la lista con otro femicidio, el de una niña de diez años en La parte de los crímenes, uno de los cinco libros que integran 2666, la obra póstuma del escritor chileno, que narra los femicidios ocurridos en Santa Teresa, una ciudad ficcional muy parecida a Ciudad Juárez. La parte de los crí- menes, plagada de asesinatos atroces, está contada en gran medida con prosa seca, forense.