El encuentro entre altos funcionarios de la administración del presidente de Estados Unidos Joe Biden y su homólogo de China marcó la primera oportunidad de medir cara a cara la dinámica de la relación entre las dos más importantes potencias globales.

 Se ha vuelto común describir la relación EE.UU.-China como la nueva “Guerra Fría”, una referencia a la rivalidad entre EE UU. y la Unión Soviética que duró una generación y ensombreció la última mitad del siglo XX.

 Si con “Guerra Fría” nos referimos a la gran lucha titánica que implica que 2 sistemas políticos incompatibles pongan en marcha todos los aspectos de su poderío nacional en esa lucha, entonces claramente la rivalidad EE.UU.-China tiene ecos del enfrentamiento EE.UU.-URSS

La China de hoy es el eje de la economía global y su propia economía está profundamente integrada a la de EE UU. 

Esta no es la “Guerra Fría, Segunda Parte” -de hecho, es algo mucho más peligroso. 

China ya es un competidor al mismo nivel que EE.UU. en muchas áreas.

Mientras que la Guerra Fría original tuvo una importante dimensión tecnológica 

Principalmente en armamento y la carrera espacial

La nueva rivalidad entre EE.UU. y China involucra las tecnologías esenciales.

Que conducen y conducirán nuestras futuras sociedades, como la inteligencia artificial y el 5G.

 BBC

El secretario de Estado, Antony Blinken, y el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, se reunieron con el principal diplomático chino, Yang Jiechi, y el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, en Alaska este jueves.

El equipo de Biden no se había hecho ilusiones. Antes de la reunión, Blinken señaló que este “no es un diálogo estratégico” y que “en este momento no hay intención de tener una serie de compromisos subsiguientes”.

“Estos compromisos”, indicó, “si es que suceden, tienen realmente que estar basados en la propuesta de que estamos viendo progreso tangible y resultados tangibles sobre los asuntos que nos interesan con China”.

Las relaciones entre EE.UU. y China pasan por el peor momento en muchos años y se proyecta que van a empeorar aún más.

Antes de su designación, Sullivan fue coautor de un artículo en la revista Foreign Affairs (Asuntos Exteriores) escrito con el principal asesor de Biden en temas asiáticos -Kurt Campbell- en el que abiertamente declararon que “la era de acercamiento con China había llegado a un abrupto final“.

Se ha vuelto común describir la relación EE.UU.-China como la nueva “Guerra Fría”, una referencia a la rivalidad entre EE.UU. y la Unión Soviética que duró una generación y ensombreció la última mitad del siglo XX.

Es importante saber cómo caracterizar la relación entre Washington y Pekín. Ayuda a determinar el tipo de preguntas que hacemos y las respuestas que recibimos. Fija los parámetros para tomar decisiones de políticas, llevándonos por ciertos senderos y tal vez cerrando el paso de otras avenidas.

Se dice que el uso de ciertas analogías históricas ayuda a aclarar opciones, contexto y dilemas. Pero otros arguyen que eso puede ser contraproducente. La historia no se repite de esa manera y las diferencias pueden ser mayores que las similitudes.

Si con “Guerra Fría” nos referimos a la gran lucha titánica que implica que dos sistemas políticos incompatibles pongan en marcha todos los aspectos de su poderío nacional en esa lucha, entonces claramente la rivalidad EE.UU.-China tiene ecos del enfrentamiento EE.UU.-URSS.

Como señala la estrategia de asuntos exteriores interina que lanzó este mes el gobierno de Biden, una China más “resuelta” es el “único competidor potencialmente capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para ejercer un desafío sostenible contra un sistema internacional estable y abierto”.

El mantra de la Casa Blanca de Biden es desafiar a China cada que sea necesario y cooperar cuando sea posible.

Por su parte, China adopta una postura similar, enviando señales de su deseo de tener una relación constructiva, mientras continúa redoblando sus esfuerzos para mantener sus intereses: las restricciones antidemocráticas en Hong Kong, y el trato desvergonzado de la minoría musulmana uigur (que Blinken tildó de “genocidio”).

Pekín pocas veces deja pasar la oportunidad de resaltar los males del sistema estadounidense. Se ha aprovechado del manejo catastrófico de la pandemia del Covid durante la anterior presidencia de Donald Trump y el asedio del Capitolio Nacional para resaltar la superioridad de su modelo social y económico.

Así que, en términos superficiales, tal vez el rótulo de “Guerra Fría” parece apropiado, pero ¿qué tan útil es?

Durante la Guerra Fría original, la Unión Soviética y sus aliados estaban en su mayoría aislados de la economía mundial y sujetos a estrictos controles de exportación. En completo contraste, la China de hoy es el eje de la economía global y su propia economía está profundamente integrada a la de EE.UU.

Mientras que la Guerra Fría original tuvo una importante dimensión tecnológica -principalmente en armamento y la carrera espacial- la nueva rivalidad entre EE.UU. y China involucra las tecnologías esenciales que conducen y conducirán nuestras futuras sociedades, como la inteligencia artificial y el 5G.

El contexto global también es diferente. Durante la Guerra Fría, el mundo estaba dividido en dos campamentos estáticos, además de un significativo bloque no-alineado (que frecuentemente era visto por Occidente como sesgado hacia los soviéticos).

Hoy en día tenemos esencialmente un mundo multipolar, pero uno en el que las instituciones del orden mundial liberal están amenazadas como nunca antes. Eso le da a China una ventaja para tratar de imponer su propia perspectiva del mundo.

Sin embargo, el modelo de “Guerra Fría” es profundamente peligroso en un aspecto fundamental.

La Guerra Fría fue una lucha política de suma cero en el que cada bando negaba la legitimidad del otro. Mientras que EE.UU. y la Unión Soviética muy rara vez se enfrentaron, un enorme número de vidas se perdieron en conflictos de terceros en todo el mundo.

Al fin de cuentas, uno de los bandos resultó derrotado -el sistema soviético fue arrastrado con la marea de la historia. Y muchos temen que interpretar la rivalidad EE.UU.-China en estos crudos términos ideológicos podría llevar a ambas partes a un error de cálculo, y darle especialmente a Pekín aún más razón de potencialmente hacer hasta lo impensable o catastrófico para evitar la derrota.

No obstante, China no es la Unión Soviética. Es considerablemente más poderosa. En su auge, el PIB soviético era más o menos 40% el de EE.UU. China alcanzará el mismo PIB de Estados Unidos dentro de una década.

China es un competidor más poderoso que nadie que EE.UU. haya enfrentado desde el siglo XIX. Y es una relación que tendrá que ser manejada tal vez por muchas décadas.

Esta es la rivalidad esencial de nuestra época. Tenemos que abandonar las analogías cliché y falsas. Esta no es la “Guerra Fría, Segunda Parte” -de hecho, es algo mucho más peligroso. China ya es un competidor al mismo nivel que EE.UU. en muchas áreas. Y aunque todavía no es una superpotencia global, es un rival militar a la altura de EE.UU. en las áreas que más le importan a China en términos de su propia seguridad.

El problema de China que tiene en sus manos el presidente Biden es complejo. Sus metas de política exterior dan pie a estrategias opuestas con Pekín.

¿Cómo se presiona a China sobre el inicio de prácticas comerciales más justas, sobre la democracia y los derechos humanos, mientras se espera que coopere en la lucha contra el cambio climático y mantenga la estabilidad en la región Asia-Pacífico? Todo dependerá del manejo de la competencia estratégica.

Sin embargo, mientras la naturaleza de la competencia no debería subestimarse, tampoco debería ser exagerarse. Este cansado cliché de una China en alza y un EE.UU. en declive -como todos los clichés- tiene un elemento de verdad. Pero no cuenta toda la historia.

¿Podrá EE.UU. recuperarse del caos “Trumpiano” y revitalizar su propia economía? ¿Podrá convencer a sus aliados de que EE.UU. está aquí para quedarse y que es un protagonista confiable en el escenario mundial? Y, ¿podrá EE.UU. expandir rápidamente su base educativa y tecnológica?

Pekín se ha adelantado a Washington de muchas formas. Pero, ¿dañará su rumbo autoritario el progreso económico? ¿Podrá China lidiar con la ralentización del crecimiento económico y envejecimiento de su población? Y, ¿será capaz el Partido Comunista de conservar la lealtad y el apoyo de la sociedad china a largo plazo?

China tiene muchas fortalezas pero también muchas vulnerabilidades. EE.UU. tiene grandes debilidades pero también un dinamismo excepcional y capacidad de reinventarse. Pero como la pandemia del Covid-19 lo ha demostrado en manera cruda, lo que sucede en China no se queda en China. Es un protagonista global que importa en todas nuestras vidas.

¡Amárrense el cinturón! Va a ser un viaje turbulento. Y apenas comienza.