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Gaceta UNAM
Desde el lunes pasado y durante los próximos 10 años el Telescopio de Investigación Simonyi del Observatorio Vera C. Rubin (ubicado en lo alto de cerro Pachón, en la cordillera de los Andes al norte de Chile) hará cientos de capturas del cielo nocturno del hemisferio sur y parte del norte, para crear una “película” del cosmos: la investigación del Espacio-Tiempo como Legado para la Posteridad (LSST, por sus siglas en inglés).
Luego de más de 20 años de trabajo desde su concepción hasta su construcción, astrónomos del mundo podrán contar con una nueva herramienta e información que los llevará a realizar innumerables descubrimientos y resolver múltiples preguntas sobre la estructura y evolución del universo.
Participan investigadoras e investigadores de más de 30 países; 50 de ellas y ellos son orgullosamente mexicanos. Los líderes del equipo son Octavio Valenzuela Tijerino, del Instituto de Astronomía (IA) de la UNAM, y Alma Xóchitl González Morales, de la Universidad de Guanajuato. Mientras que Rosa Amelia González Lopez-Lira, del Instituto de Radioastronomía y Astrofísica (IRyA) de la Universidad de la nación, coordina los grupos de trabajo que están desarrollando contribuciones en especie dentro de la colaboración mexicana.
Valenzuela Tijerino compartió la conexión personal que tiene con el proyecto, debido a que durante su etapa como investigador posdoctoral en la Universidad de Washington, en Seattle presenció las discusiones fundacionales del observatorio. Años después el investigador de la Universidad Nacional logró integrar a México en esta colaboración internacional junto con Alma González (su exalumna y ahora colíder del consorcio mexicano) y el apoyo de las autoridades de sus respectivas universidades.

TECNOLOGÍA INÉDITA QUE FOTOGRAFIARÁ Y CENSARÁ EL COSMOS
El Telescopio de Investigación Simonyi, de 8.4 metros, cuenta con tres espejos que le dan un campo visual excepcionalmente amplio. Utiliza la cámara más grande jamás construida, de 3 mil 200 millones de pixeles, la Cámara LSST, cuyo lente mide 1.65 metros de ancho y pesa casi 2 mil 800 kilos.
Para que la información recabada cada noche por el telescopio llegue a los investigadores, se ha desarrollado una red internacional de centros de datos. “Uno de ellos estará aquí en la UNAM, pero los tres principales se ubican en Estados Unidos, Francia e Inglaterra”, explicó Valenzuela Tijerino. “El telescopio generará unos 20 terabytes por noche y toda esa información (datos crudos e intermedios) será compartida, preservada y analizada gracias a la red de datos”.
Cada tres días se podrán observar unas 20 mil millones de galaxias y 17 mil millones de estrellas. “Imagínense clasificarlas, es imposible hacerlo una por una”, mencionó.

Lograr lo anterior requiere de técnicas automatizadas, así como de científicos y astrónomos especializados en ciencia de datos e inteligencia artificial. Después de 10 años de trabajo se habrán generado unos 500 mil terabytes de datos, y la mayoría de los astrónomos que efectúen hallazgos basándose en la información astronómica recopilada nunca habrán visitado el telescopio. Además, reduce la necesidad de equipos caros, en algunos casos sólo un navegador de internet y buena conectividad serán necesarios.
¿Qué se aprenderá al observar y estudiar millones de cambios en el cielo nocturno durante 10 años? En palabras de Rosa Amelia González, “quizá las contribuciones más espectaculares del Rubin se darán en el descubrimiento de objetos transientes y variables; además de los cuásares y supernovas con efecto de lente, otras de tipos raros, tanto contrapartes ópticas de eventos productores de ondas gravitacionales (kilonovas, fusiones de agujeros negros), como de explosiones de rayos gamma de larga duración.
Por su cadencia, profundidad y enorme campo visual (9 grados cuadrados), también es altamente probable que haga posible la identificación de nuevos fenómenos astrofísicos. Y, por último, la formidable cantidad de datos propiciará avances en aprendizaje de máquinas y ciencia ciudadana”, apuntó.










