Beatriz Esquivel/Cultura Colectiva

Angustia, tristeza y fracaso atormentaron a Van Gogh en sus últimos años de vida y es posible notarlo en su obra. Vincent van Gogh no pudo ver la repercusión y éxito de su obra —a nivel prestigio y económico— en vida. De hecho, su final estuvo marcado por los males que lo aquejaban, así como por lo que ha sido descrito como una gran sensación de fracaso. Después de una estadía en 1889 en el asilo de Saint-Rémy, al cual Van Gogh acudió a tratar sus males tras su ataque que provocó que cercenara su oreja, el pintor se mudó a Auvers-sur-Oise, dando inicio a un periodo que se caracterizó tanto por sus malestares y su humor, así como por su productividad artística, pues en un solo día podía terminar un cuadro. Fue allí que estableció una rutina, la cual consistía en desplazarse para pintar sus paisajes, pero siempre volviendo a la misma hora. No obstante, el 27 de julio de 1890, según cuenta la historia, Van Gogh no retornó a su hora usual debido a que horas antes había decidido quitarse la vida.

 Haciendo uso de un revólver que le pertenecía a su anfitrión, el artista se disparó en el pecho. No obstante, la bala se alojó en una de sus costillas, alargando su dolor y postergando algunas horas su muerte. A pesar de yacer en la intemperie, tras varias horas el pintor arribó a la casa de los Ravoux, tan sólo para ser atendido en su estudio, al cual arribaría Theo, su hermano, una de las personas más cercanas a él en aquel entonces. «Yo arriesgo mi vida por mi propio trabajo y mi razón casi se ha debilitado por ello […] Pero qué puedes hacer…» Se trata de la oración final de la carta sin terminar de Vincent dirigida a Theo. Según los datos del Van Gogh Museum, la misiva estaba manchada de sangre y con una nota con la letra de Theo: “La carta que él tenía el 27 de Julio en ese horrible día”. En su momento, Theo estuvo allí para escuchar de viva voz que aquello había sido un acto de Van Gogh en su deseo por terminar con su angustia y tristeza. Son esos dos sentimientos los que por lo general son interpretados en el cuadro Tres raíces de 1890, considerado como el último cuadro en el que Van Gogh trabajó, aunque por mucho tiempo se creyó que Trigal con cuervos, del mismo año, que plantea una escena mucho más sombría y de mal augurio cuando se pone en consideración la figura del cuervo. En el caso de Tres raíces, el cuadro no tiene un punto focal definido, lo cual lo acerca a la pintura abstracta y puede dificultar su lectura, pues hasta la inspección de cerca es posible comenzar a apreciar las raíces y la pendiente a la que se adhieren, así como un poco de cielo en la esquina superior izquierda. Generalmente las raíces torcidas son interpretadas como la angustia del pintor y por supuesto, el punto más álgido de tal sentimiento que resultó en la expresión máxima de dolo contra la vida: el intento de suicidio.

Si bien es ampliamente considerada como la pieza en la que Vn Gogh había estado trabajando en las horas previas a su suicidio, aún se discute si verdaderamente intentó dar un mensaje relacionado con su propia muerte con esta obra, dada la paleta de colores vibrantes que utilizó para un tema que bien podría considerarse lúgubre y deprimente, que contrasta con la escena de luz y vida del cuadro. Del mismo modo se argumenta que la sensación de incompletud no es una suerte del destino —es decir, que decidió quitarse la vida antes de terminar el cuadro—, sino una decisión estética, así como un mensaje que comunicaría para la posteridad el momento por el que Van Gogh atravesaba.

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