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Infobae/Gonzalo León
Diamela Eltit debe ser la escritora chilena más destacada e importante de los últimos años; ha sido reconocida recientemente en su país con el (esquivo para las mujeres) Premio Nacional de Literatura, que entre otras han ganado Gabriela Mistral, Marta Brunet e Isabel Allende; sin embargo el reconocimiento internacional, tal como a la Mistral, le llegó antes con la beca Guggenheim hace más de treinta años, reconocimiento que no ha cesado, en especial de parte de universidades estadounidenses y europeas que no paran de invitarla a dar clases o a ser intelectual residente.
En el último año se han publicado dos libros que giran en torno a su obra: uno de entrevistas (No hay armazón que la sostenga) y una recopilación de ensayos (Diamela Eltit: políticas de su narrativa ficcional) que abarca desde Lumpérica hasta Fuerzas especiales. Sin embargo, Eltit se ha tenido que sobreponer a que el campo literario trasandino, dominado por varones, dijera durante años que su literatura no se entendía, que era muy política, muy feminista o muy intelectual. Todos calificativos que hoy se han revertido. En el prólogo de Diamela Eltit: políticas de su narrativa ficcional, su compiladora Patricia Espinosa plantea que si bien escribir en dictadura era difícil, a partir de la emergencia de la escritura de Eltit la literatura chilena no fue la misma, porque ponía “en escena la insubordinación de los signos, de los géneros, de los saberes”. Y de alguna manera esto fue cierto, aunque primero la literatura de Eltit influyó en una generación de autoras mujeres, que peyorativamente fue conocida como “las diamelitas” y ridiculizada por Roberto Bolaño.










