Florentino Sarmiento Tepoxtécatl

 

La luna de octubre es considerada una de las más bellas del año; bajo ese resplandor, el aire sopla con cierto frío; los abuelos decían que se siente el aire de muertos. Este año, las noches de las celebraciones a nuestros muertos serán iluminadas por la luna llena.

Ese brillo acompañará desde el 28 de octubre, poco a poco las casas se llenarán de colores, texturas y olores. Las lágrimas no faltarán. Se contarán anécdotas familiares y del difunto o de los difuntos. 

Las flores de cempasúchil aún están en los campos; pronto serán cortadas para que acompañen los alimentos de las cuantiosas ´ofrendas nuevas´. Entonces, la paradoja del mundo occidental sobre las celebraciones a los muertos en México volverá a ser el centro de atención en todo el mundo.

Entre los pueblos mesoamericanos, las celebraciones a los muertos eran el marcador del ciclo agrícola. Hoy día, en algunas ofrendas aún pueden verse cestos con maíz “nuevo”, atole de calabaza con la cosecha “de este año”. 

El uso de las fotografías se ha popularizado de manera reciente, y a pesar de no ser un elemento considerado tradicional, la sociedad lo ha aceptado sin mayor problema; a diferencia de aquellos elementos que son considerados propios del Halloween. 

Colocar una ofrenda no sólo es para mantener vivas nuestras tradiciones, así, a secas. Hacer una ofrenda es para que los vivos recordemos a nuestros muertos, para que visitemos a nuestros familiares que aún respiran y a los que están en otro plano de la existencia. 

Una ofrenda es mucho más que los siete niveles, y la sal, y el pan que simula el cuerpo del difunto, y la comida que le gustaba. Que en este año, atípico en todos los sentidos, la ofrenda nos recuerde la necesidad de estar cerca, de sentirnos y sabernos libres, sin miedos.