El pintor consiguió a través de sus personajes y sus obras acercar a la alta cultura con la de masas

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De chico Toulouse-Lautrec se cayó de un caballo y se partió un fémur. Ya se había quebrado el otro, unos años antes. En realidad, Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa, ese era su nombre completo y su pertenencia a la nobleza de Francia indicada en tanto apellido, no se partía los huesos porque era mal jinete, ni siquiera lo era, sino porque tenía una enfermedad genética y congénita, ya que sus padres eran primos hermanos. Nació en Albi en 1864 en el seno de una familia de dinero que, al estilo de la época, no quería dividir sus bienes por casamientos con quienes no fueran parientes. Las consecuencias de estos matrimonios eran muy buenas para la economía pero perjudiciales para la salud de la descendencia. Su hermano, que nació cuatro años después, no sobrevivió y eso, parece, fue el detonante de la separación del conde Alphonse y señora. Henri se quedó a vivir con la madre y, a pesar de los cuidados y consultas, no creció sino hasta el metro cincuenta, sus piernas quedaron muy chuecas y pasó temporadas postrado, mientras aprendía dibujo y pintaba escenas de caza y caballos. Esos a los que no se subiría más. Entre otras cosas, abandonaría el paisaje porque se iría a París en 1881, además de interesarse más en el ambiente urbano que en las escenas con vegetación, animales y castillos. Con toda su deformidad a cuestas, el pequeño Lautrec, joven de 20 años, se instaló en el barrio de Montmartre donde sintió que no desentonaba tanto. Hizo de los cabarets y lugares de diversión nocturna su teatro de operaciones en el que pintó a actrices, prostitutas, personajes de circo, bailarines, espectadores y clientes, tanto como el diseño de pósters y carteles para la industria del entretenimiento.

Es de eso que se trata la muestra Toulouse-Lautrec y las estrellas de París que se exhibe en el Museum of Fine Arts de Boston. De ese período que involucra no sólo a los años creativos del pintor, los veinte que van desde que se instaló en París hasta que murió en 1901, sino el auge de las estrellas del espectáculo, en general, mujeres, la modernización de la ciudad en el fin del siglo XIX, el cambio de las costumbres y, sobre todo, la relación de todo esto con el mundo del arte, pasando, insisto, por el atrofiado cuerpo de este genial pintor. En principio, Lautrec vivió en estos lugares pero no es una forma de decir: allí dormía, pintaba, se contagió sífilis y bebía mucho. El final de su vida estuvo signado por el abuso de alcohol, delirios y los síntomas de esa enfermedad que se sumaron a las que traía de niño. Se hizo amigo de las prostitutas, de las bailarinas y de los dueños de los cabarets. Para pensarlo bien y en contexto, por un lado, ese “margen”, esa existencia atormentada, se diluye en un espacio en donde no es la excepción como lo es en su propia clase alta y en su ambiente provinciano. Por el otro, se destaca con su arte, se hace famoso y a partir de él ese lugar visto con cierta oscuridad y moralina se transforma con los destellos de sus colores. No sólo por sus cuadros y su trazo ágil sino por esa capacidad de poner en contacto la alta cultura y la cultura de masas. Para que esto ocurra, parece decir esta exposición, algo se modificó en esa etapa de fin de siglo y comienzo del XX.  

Si bien no vio empezar el siglo XX, ni porque murió apenas un año después del inicio ni porque, como escribe Walter Benjamin, el siglo XX empieza con la Primera Guerra Mundial, ese prólogo del XX o siglo XIX largo concentra todas las coordenadas que luego se diluirán con la guerra. La modernización de París es la más impresionante: se abren avenidas, se edifican galerías, se usa el hierro y el vidrio para la construcción, se fomenta el consumo, las mercaderías brillan en las vidrieras. Dos proyecciones de los hermanos Lumière confirman esta idea: el ritmo de la calle es dinámico y vibrante y se aprecia en los carruajes tirados por caballos que esquivan el tráfico.

El otro es de altura: la torre Eiffel protagoniza la escena de lejos y, sobre todo, desde ella la vista de la ciudad que crece. Entonces, aparecen las “celebrities” con sus vidas revoltosas, amoríos complicados, estilos rutilantes, brillos, fama y decadencia. Sarah Bernhardt, el empresario de la noche Aristide Bruant y la bailarina del Moulin Rouge Jane Avril, de la que llegó a ser muy amigo, son apenas tres de las muchas estrellas que brillan en este firmamento formado por el cielorraso de los burdeles, los anuncios en las marquesinas y las publicidades callejeras. Dos obras son fundamentales para entender ese proceso en términos artísticos y de mercado: el cartel Moulin Rouge: La Goulue de 1891, encargado por el glorioso salón de baile Le Moulin Rouge, y Eldorado: Aristide Bruant en su cabaret de 1892. El primero estableció un nuevo estándar para el diseño de carteles al involucrar diferentes enfoques populares en la época, como el teatro de sombras y los grabados japoneses en madera. En el otro póster se puede ver HTL, el monograma de diseño propio o, en términos contemporáneos, un logo con la iniciales de su nombre. ¿Por qué dan ganas de pensar en Andy Warhol o Cecil Beaton como los herederos de esta posición en el star system, cuando vemos las prácticas de Toulouse-Lautrec como artista y su vínculo con las estrellas?