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Alejandra Frausto Guerrero, promotora cultural y candidata a la Secretaría de Cultura con Andrés Manuel López Obrador
Huffignton Post/El Blog
Jóvenes grafiteros plasman sus diseños en un bajopuente de Calzada de Tlalpan, en CDMX, como parte de un proyecto de recuperación de espacios públicos. En un ensayo reciente, el antropólogo Claudio Lomnitz se pregunta “¿Cuándo fue la última vez que se invirtió seriamente en la reflexión sobre y construcción de una imagen de nuestro país?” La última ocasión que identifica Lomnitz data ya de hace 30 años y su objetivo era “no tanto para generar una idea de comunidad nacional como para “vender” a México en Estados Unidos” y cuya consecuencia terminó por segmentar el país “entre un México (capitalista) que se consolidó con el TLCAN y otro que quedó profundamente vulnerado por ese tratado y arrojado a un capitalismo depredador”. Hoy estamos ante la posibilidad de repensar e imaginar de nuevo el país que somos y queremos ser. Una de las aproximaciones a las políticas públicas que se han perpetuado en nuestro país, sin mayor reflexión, es la centralización de la producción de bienes culturales y su vínculo con los procesos políticos. La consecuencia más evidente ha sido la distancia que el aparato cultural ha tomado de la degradación social y económica del país en los últimos treinta años. Las cifras se suceden sin mayor impacto: doscientos mil homicidios, treinta y tres mil desaparecidos, trescientos mil desplazados internos, miles (o decenas de miles) de fosas clandestinas. Mientras tanto las instituciones culturales públicas han visto el horror desde un palco. Esto ya no puede continuar. Nos bajamos del palco, ¿y luego? Debemos reconocer la necesidad de recuperar la confianza en la institución cultural. Los problemas de la institución son diversos, esto va desde la concentración de las decisiones y el presupuesto en las instituciones públicas dedicadas a la cultura, el uso del patrimonio público como personal, hasta su peor expresión en la integración vertical de los medios de comunicación. Se necesita articular y fomentar la producción cultural. Reconocer la fuerza creativa a lo largo del país, esa fuerza es la causa para el diálogo. Poner la cultura en el centro del proyecto de nación. En ese sentido, Andrés Manuel López Obrador se ha comprometido para que el poder de la cultura se articule en las líneas de planeación y acción del resto de las secretarías.
SE NECESITA PONER LA CULTURA EN EL CENTRO DEL PROYECTO DE NACIÓN
El poder de la cultura transforma a la sociedad. Y el sentido político de esta transformación es la consecución de la paz. El objetivo de una nueva política cultural es establecer un mecanismo intersecretarial para materializar el acceso a la cultura como un derecho humano. Este mecanismo contempla políticas educativas para la educación artística desde la primera infancia, políticas territoriales y de espacio público para mejorar los entornos escolares y recreativos, un programa para rehabitar la infraestructura cultural en desuso y un programa focalizado en las zonas más violentas del país. Estas intervenciones tendrán un enfoque de largo plazo, no hay nada peor que abandonar proyectos culturales en las comunidades, estos representan un cambio en la vida cotidiana de las comunidades que debe ser sostenible. Cuando lanzamos “Cine Sillita”, en Guerrero, las proyecciones cinematográficas por las noches representaban una tregua en las comunidades. Debemos transformar la vida de las personas a través del uso y disfrute cultural del espacio público. Redistribuir la riqueza cultural. Descentralización no es lo mismo que redistribución, para redistribuir se necesita una política activa e itinerante que tenga al menos tres grandes objetivos: establecer circuitos culturales intranacionales permanentes, concentrar las bases de datos de creadores, becarios y empresas creativas, y colocar a las comunidades como las sujetas directas de la política pública. Las proyecciones de #CineSillita son gratuitas, semanales y se han llevado a cabo en estados como Chiapas, Guerrero, Michoacán, Oaxaca y Veracruz. Con esto en mente imaginamos comunidades creativas conectadas con el mundo -y al mundo con ellas-, beneficiarios de los programas trabajando en un ambicioso programa de retribución social y una red de actores regionales que den viabilidad a los circuitos en el país: de Chiapas a Tamaulipas y de Mé- rida a Ensenada. Lo anterior requerirá un robusto sistema de gobernanza para asegurar la participación de autoridades de los tres niveles de gobierno, creadores y comunidades. Estoy convencida, porque lo he podido constatar, que no hay un solo municipio o comunidad en el país sin una fuerza creativa que le dé sentido e identidad. No se puede hacer a un lado la dimensión económica de la cultura. Entendemos que los procesos culturales tienen la participación de distintos actores sociales: el sector privado, pú- blico, la academia, las audiencias, los agentes de mediación y promoción. Hemos planteado los siguientes objetivos: impulsar la participación de todos los sectores en la creación de las polí- ticas culturales, generar incentivos para la participación del sector privado en la cultura (como patronatos, fideicomisos e incentivos fiscales), la simplificación de trámites para creadores y crear espacios de articulación multiactor.










