Fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial; chocaron por la invasión china de Tíbet y en Taiwán y estuvieron en campos opuestos durante las guerras de Corea y Vietnam

 

El País

 

El deshielo entre EE UU y China comenzó en una parada de autobús en la ciudad japonesa de Nagoya, sede del campeonato mundial de ping-pong, el 4 de abril de 1971. Glenn Cowan, un joven jugador estadounidense de 19 años, con aspecto hippie, se subió al vehículo del equipo chino (por error o por curiosidad).

Todos los pasajeros le miraron con recelo menos uno, Zhuang Zedong, que se puso a hablar con él gracias a un intérprete y le regaló un dibujo tradicional en seda. Al día siguiente, Cowan le correspondió con una camiseta con el símbolo de la paz y la frase Let it be, de la canción de Los Beatles.

Las fotografías de los dos dieron la vuelta al mundo y Mao Zedong aprovechó la oportunidad; “Zhuang Zedong no es sólo un gran jugador, también es un gran diplomático”, dijo el Gran Timonel que, a los pocos días, invitó al equipo estadounidense a visitar el país.

“Me quedé tan sorprendido como halagado”, escribió Richard Nixon en sus memorias. “Nunca pensé que la iniciativa china viniera a través del ping-pong”, escribió el expresidente estadounidense.

El 10 de abril, 15 jugadores cruzaron un puente desde Hong Kong a China. Eran los primeros estadounidenses que cruzaban el telón de bambú (la barrera física e ideológica que separaba la República Popular del mundo occidental) desde 1949. En contrapartida, el país norteamericano invitó a tenistas chinos a un tour por ocho ciudades.

 

Primeros acercamientos de EE UU al Gigante Asiático

 

Henry Kissinger, como secretario de Estado de EEUU, viajó en secreto al gigante asiático para establecer relaciones diplomáticas con el régimen comunista y cederle el asiento de Taiwán en el Consejo de Seguridad de la ONU. En febrero de 1972, Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense que pisaba suelo chino con el claro objetivo de aislar a los soviéticos.

En su gira de ocho días, que él mismo denominó “la semana que cambió el mundo”, se entrevistó con el máximo dirigente chino y firmó el Tratado de Shanghái. “La pelota pequeña es la que mueve la pelota grande”, aseguró entonces un Mao ya enfermo.

 

Donald Trump y Xi Jinping

 

Las llegadas al poder de Donald Trump y de Xi Jinping han dado al traste con la vieja cortesía que ha sido reemplazada por la intimidación, una tendencia acrecentada con la pandemia de la covid-19.

Ante las críticas estadounidenses por ser el origen del virus, Pekín contraatacó lanzando una ofensiva diplomática que al tiempo que ofrecía su ayuda a los países afectados se vendía como un modelo en la gestión de la crisis. Esta diplomacia de las mascarillas tiene como brazo ejecutor a los wolf warriors, los nuevos diplomáticos chinos cuyo nombre se inspira en las películas sobre un heroico comando de las fuerzas especiales, que, al estilo de Rambo, luchan contra mercenarios occidentales y que, en realidad, defienden el papel de Pekín en la pandemia y desafían en redes a quien ose cuestionar la versión oficial del régimen.

 

De aliado tácito a rival estratégico

 

A partir de 1972, Kissinger definió la relación entre EE UU y China como una “alianza tácita”, despertando los recelos de la Unión Soviética. La alianza permitió al líder chino Deng Xiaoping mirar a Estados Unidos y al modelo capitalista como inspiración para modernizar su país.

“Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones” fue la frase con la que guio la pragmática apertura de China al mundo. Cuatro décadas después, cuando incluso llegó a hablarse de la existencia de facto de un G2, las tensiones entre las dos potencias se han ido exacerbando hasta el punto de que EE UU ve en Pekín un “rival estratégico”.

En la Casa Blanca de Trump se habla abiertamente del “virus chino” y de “desconexión”. Pekín, por su parte, advierte a Washington de que no se enzarce en una “retórica macarthysta”. Parece ya de otro tiempo la cordial reunión de Trump y Xi en la residencia presidencial de Mar-a-Lago, en Florida, en 2017.

 

Armas atómicas, Huawey y la 5G

 

A pesar de que China hizo su primera prueba nuclear en 1964, Pekín siempre fue un actor secundario en la carrera atómica entre Washington y Moscú, pese a que ese mismo año la Administración demócrata de Lyndon B. Johnson propuso a los soviéticos un ataque conjunto en Lop Nor, el lugar de las pruebas nucleares chinas, para disuadir al régimen de unirse al exclusivo club atómico. La idea fue desechada.

Tras casi 56 años de “disuasión mínima”, Pekín y Washington se han enzarzado ahora en una carrera tecnológica que es vista por la Administración de Trump como una amenaza a su seguridad nacional. La clave es una marca: Huawei, una letra y un número (5G).

Lo que empezó como una guerra comercial en 2018 se ha transformado en un conflicto por dominar la tecnología de la próxima generación de Internet, para la que la multinacional china, el mayor operador de red, parte con ventaja. Washington acusa a Huawei de espionaje, algo que la firma niega, y de trabajar para el Partido Comunista.

 

Disidentes y activistas

 

En los últimos años, el término disidente, aquel que discrepaba de la ideología oficial, propio de la Guerra Fría, ha sido reemplazado por activista, que implica una intervención más dinámica en la labor de oposición al régimen.

Antes de los sucesos de la plaza de Tiananmén, en 1989, uno de los más famosos era Wi Jingsheng, hijo de altos cargos del Partido Comunista, prisionero político desde 1979 por colgar una pancarta pidiendo la Quinta Modernización y liberado en 1993.

Ese mismo año, el presidente Bill Clinton lanzó su política de “compromiso constructivo” con el régimen de Pekín, que fue muy criticada entonces, pero que en 1997 logró la libertad de Wi y de uno de los manifestantes de Tiananmen, Wang Dan, que se exiliaron en EE UU.

El Gobierno chino sólo reconoció 300 civiles muertos en los sucesos en aquella plaza, pero organizaciones como Amnistía Internacional elevaron esa cifra a miles de víctimas. En febrero de 2011 estalló una nueva ola de protestas, en las que fueron detenidos al menos 54 activistas, entre ellos el artista Ai Weiwei.

Ahora la represión y la censura han encontrado métodos más sutiles gracias a la tecnología, como el reconocimiento facial y una vigilancia orwelliana de la red, y ha añadido nuevos objetivos: los manifestantes prodemocracia de Hong Kong y la minoría musulmana uigur.

 

De Tiananmen a Hong Kong

 

Los focos de conflicto estratégico entre las dos potencias han ido cambiando a lo largo de estos años. Fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial, chocaron por la invasión china de Tíbet y en Taiwán y estuvieron en campos opuestos durante las guerras de Corea y Vietnam, para pasar después a esa “alianza tácita” de Henry Kissinger, que no se resquebrajó ni con Tiananmen en 1989, el mismo año de la caída del Muro de Berlín y cuando Washington confiaba en que la apertura económica llevara aparejada la apertura política en el gigante asiático.

Ahora, Hong Kong y el mar del Sur de China son para EE UU la prueba de las ambiciones territoriales chinas, y teme que su futuro objetivo sea Taiwán.