Por: Rafael León Escobedo

Aquellos que vivimos a un paso atrás, sirviendo como soporte a quienes se ven de frente desde hace más de un mes con la pandemia del Covid-19 en México, somos testigos de lo que la voz pública oficial trata de acallar con sus cifras, gráficas, índices y toneladas de insumos médicos y equipos de protección personal que llegan por avión desde China.

A diario, recibimos a los nuestros con preocupación, viendo sus caras de cansancio e impotencia; escuchando historias cada día más intensas de lo que ocurre en las clínicas y hospitales de las ciudades.

* Hoy se supo que la jefa de laboratorio del hospital se contagió.

* Esta vez el radiólogo; lo feo es que hace cuatro días se juntó con varios del personal pues, para completar sus gastos, también vende uniformes quirúrgicos hoy muy demandados.

* Una asistente médico fue confirmada por Covid.

 * Murió una compañera de lavandería del hospital.

* El doctor fulanito está muy grave; lo internaron ayer.

 * Dos del laboratorio del hospital X tienen síntomas.

* Falleció un familiar del esposo de mi compañera por Covid; su hermano es médico y estuvo enfermo, pero no se complicó. Testimonios que se repiten, quizás en cientos de hogares en los que al menos uno de sus miembros es parte del sector de la salud.

Sobre los insumos que las autoridades aseguran no deberían faltar, en muchos casos siguen sin llegar o llegaron los que fueron parte del decomiso “aclarado” por López-Gatell y que no serían usados por personal que tiene contacto directo con casos confirmados o sospechosos de Covid-19. En otros, los insumos que cumplen con las certificaciones son mal canalizados u otorgados por preferencias que nada tienen qué ver con el nivel de riesgo.

Ni hablar de los hospitales Covid en municipios alejados de las capitales. En otros, muchos, los colaboradores de la salud han desembolsado sus propios recursos para hacerse de cubrebocas quirúrgicos y N95; caretas impresas en 3D por estudiantes de ingeniería y adaptadas con un acetato de papelería; guantes de nitrilo, porque en muchos casos los de látex son de baja calidad; uniformes de tallas correctas porque los oficiales deben mandarse con una costurera y resulta más caro que comprarlos nuevos; desinfectantes líquidos y en aerosol para uso personal y de las áreas de trabajo, pues los que hay en las clínicas y hospitales no son suficientes o están destinados a las áreas “más” críticas. La inversión individual de un empleado de la salud podría alcanzar entre los 6 mil y 8 mil pesos en tan sólo un mes, según lo consultado con varios colaboradores de una clínica del IMSS, tomando en cuenta la subida de precios por la escasez.

Pero siempre con el temor de llegar a casa y, por un ligero descuido, contagiar a un ser querido. El discurso oficial ya pasó por encima de esta realidad: la falta de procedimientos y capacitación para la atención de pacientes Covid. Hasta este día, siguen ajustándose las rutas críticas para la canalización de los enfermos en las clínicas y hospitales. Se desconoce por completo qué sí y qué no debe aplicarse sobre la Guía Bioética difundida por el Consejo de Salubridad General, que era la final, pero después ya no.

Todos conocemos quien venda, fabrique o traiga contenedores con equipo e insumos. En las historias de WhatsApp abundan contactos que difunden sus stocks por ese medio; “tengo 5 mil de estos”, acompañando el comentario con una foto de un cubrebocas chino KN95; personas que buscan hacer mucho dinero buscando la oportunidad en la crisis, y es válido, nadie dice que no. Curioso que el término crisis tenga origen chino y dos acepciones: problema – oportunidad.

En cuanto a las cifras oficiales, hay algo que no cuadra entre lo que refleja el día a día y nos va marcando como sociedad y la frialdad de los números que en la evolución de la pandemia buscan dar un panorama en el que se vea la luz al final de túnel. También hay un botón en las recomendaciones disímbolas sobre el uso del cubrebocas generalizado. Usarlo pero sin efectividad verificable, usarlo pero si se está enfermo; o no usarlo porque no ofrece protección, no usarlo porque no estamos acostumbrados ni capacitados para hacerlo y a la menor provocación inactivamos su posible efectividad. Sin embargo, el factor psicológico y la sensación de tranquilidad entre quienes lo portan y los que no, puede hacer grandes diferencias en la convivencia

. ¿Qué hay detrás?

¿Qué sigue?

 ¿Qué aprenderemos?

¿Cómo conviviremos con este virus que no va a desaparecer?

Sin duda superaremos esta crisis, pero queda claro que ni el gobierno, ni el sector salud estaban preparados para afrontar un escenario como el que hoy vivimos. Con el tiempo las economías lograrán recuperarse y en la sociedad quizás sólo queden las huellas o la costumbre del distanciamiento social activo a la mínima seña de un contagio.

*El autor es Licenciado en Comunicación, consultor por más de 15 años en Manejo de Crisis, Comunicación y Posicionamiento Corporativo en México, América Latina, Estados Unidos y Europa.