Florentino Sarmiento Tepoxtécatl

 

La gastronomía poblana es una de las más emblemáticas de México. Su cocina salada es reconocida no sólo por el mole, en sus más de 18 variantes, según la región, el chile en nogada y mole de caderas, por mencionar algunas. Pero, sin duda, los dulces típicos, y lo no típicos, son una delicia para propios y ajenos.

Mucho ya se ha escrito sobre las tortitas de Santa Clara, dulce de leche, limoncito, macarrón, dulce de guayaba, borrachito, camote, galletas de panela, glorias, beso de nuez, tamarindo, y todavía un extenso etcétera. 

La calle de los dulces es célebre por albergar más de una docena de comercios de venta de esta alegría momentánea; en diversos puntos de la ciudad de Puebla y estaciones de autobuses, incluso en aeropuertos podemos encontrar arreglos de dulces sobre platos de talavera o canastas. 

De entre los dulces típicos que se hacen con fruta de temporada, en esta ocasión, quiero destacar el dulce de calabaza. No hay una receta única para su elaboración. Lo cierto es que degustarlo en familia o con las personas cercanas lo vuelve aún más delicioso. 

Gracias a las cansadas manos de los campesinos de las poblaciones de Atlixco, de las Cholulas, de La Malinche, Amozoc y otras tantas que no caben en este espacio; este manjar puede degustarse después de haber “levantado” la cosecha de temporal.

Si tienes la fortuna de disfrutar un delicioso dulce de calabaza (y por qué no, de un buen atole de calabaza). Piensa en aquellas personas que están detrás de la producción y cosecha, fruta que forma parte de la alimentación milenaria de los pueblos mesoamericanos.