🎧 Usa el reproductor para escuchar esta nota
Cuando el artista cayó en la demencia, su estudio, manejado por su hijo, contrató a artistas que continuaron produciendo cuadros que luego eran vendidos como originales por cientos de miles de dólares
Infobae
Peter Max fue uno de los pintores más célebres surgidos de la contracultura de los años 60 y 70. Sus obras —psicodélicas, surrealistas, de colores encendidos— se convirtieron en íconos del pop art y alimentaron una de las franquicias de arte más rentables de los últimos tiempos. Esa franquicia estuvo a punto de terminar cuando Max fue diagnosticado con Alzheimer. A los 81 años, el artista padece demencia avanzada. Por eso, no ha pintado nada en cuatro años, según una investigación del New York Times. No obstante, su estudio siguió produciendo a pleno ritmo, alimentando como nunca antes el lucrativo mercado en torno a su obra. Todo empezó en 1997, cuando Max, acorralado por problemas financieros, se asoció con una organización especializada en la subasta de obras de arte llamada Park West Gallery. Según su fundador, Albert Scaglione, es la galería de arte privada más grande del mundo, con más de diez millones de obras vendidas por un valor de miles de millones de dólares. Park West Gallery se especializa en subastas a bordo de las principales compañías de cruceros, incluyendo Royal Caribbean, Carnival y Norwegian. En estas subastas —muy promocionadas por las compañías y que apunta a los 24 millones de turistas que cada año viaja en un crucero— la obras de Peter Max son la estrella indiscutida. Norwegian hasta tiene todo un barco pintado con una versión de la célebre Estatua de la Libertad de Max. La asociación con Park West Gallery impulsó a Max —un artista ya de por sí prolífico— a aumentar aún más los ritmos de producción. Para lograrlo se valió de ayudantes para estirar los lienzos y pintar los fondos, algo común entre los artistas populares.
No obstante, Max seguía elaborando personalmente la parte creativa de la obra. Hasta que en 2012, las cosas cambiaron: las facultades mentales de Max comenzaron a disminuir, y con eso, su creatividad. En los dos años siguientes, dejó de pintar por completo. “En el arte del los cruceros él pone su firma, pero no hace ni una pizca de arte ahí”, dijo Leo Bevilacqua, un amigo cercano, al New York Times. “Ya no está en condiciones de hacerlo”. Paralelamente, su estudio ALP Inc. (así llamado por las iniciales de los accionistas: sus hijos Adam y Libra con el 40 por ciento cada uno, y Peter con el resto) pasaba por aprietos financieros al incumplir el pago de 5,4 millones de dólares en préstamos bancarios. Entonces, Max se dirigió a Lawrence Moskowitz, un agente de seguros, y a Robert M. Frank, un contador, para que lo ayudaran a reactivar el negocio. Moskowitz y Frank habían sido los profesionales que Max había contratado para reclamar 300 millones de dólares en seguros tras la inundación del almacén de Nueva Jersey donde ALP guardaba sus obras más valiosas. A partir de ese momento, Moskowitz comenzó a involucrarse en primera persona en el negocio de Max. Según su abogado, el artista le ofreció a cambio el 10 por ciento de ALP –es decir, la mitad de su cuota–.
Moskowitz se alió además con Gene Luntz, el antiguo vendedor de Max en Park West Gallery, y alentó al hijo del artista, Adam Max, que hasta ese momento había estado al margen del negocio del padre, a involucrarse más en él. Los tres aumentaron drásticamente la producción de Max en una serie interminable de subastas en cruceros. Para lograrlo, contrataron a pintores capaces de imitar el estilo de Max. En el estudio llegaron a trabajar hasta 18 pintores asistentes y cinco personas en grabados. Para asegurar el estudio, Adam Max instaló cámaras de vigilancia y puertas con barras de metal. A la vez, Peter Max participaba en eventos VIP de ventas para aumentar el atractivo de las subastas. A veces, visitaba varias ciudades en un fin de semana, lo cual dejaba al artista “confundido y agotado”, según dijeron personas que lo acompañaron. Luego, en 2014, dos hombres de negocios de Nueva York que habían contribuido a vender una obra de Max por 500 mil dólares escucharon a Moskowitz decir que Max “no había pintado en años” y decidieron demandar al artista. Poco después, en 2015, la segunda esposa del Max, Mary, pidió a un tribunal de Nueva York que designara un tutor para supervisar los asuntos de su marido.
Después de que su solicitud fuera aceptada, Adam sacó a su padre de su hogar durante más de un mes, trasladándolo por varios lugares de Nueva York. Mary acusó a Adam — hijo del primer matrimonio de Max— de “secuestrar” a su padre. Los documentos judiciales también revelaron que Adam monitoreaba las conversaciones telefónicas y los movimientos de su padre. Tanto Mary como Libra Max, la otra hija del artista, alegaron haber sido excluidas del estudio. Por su parte, Adam dijo que estaba protegiendo a su padre del abuso verbal y físico de su madrastra. Según grabaciones presentadas en el juicio.












