🎧 Usa el reproductor para escuchar esta nota
A partir de la correspondencia entre la argentina y la británica se creó un falso mito acerca del supuesto desdén por parte de la autora de Las Olas
Victoria Ocampo es una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX, una de las pocas mujeres que, sin educación formal, se animó a escribir en primera persona
Virginia estaba convencida de que en el siglo XX la escritura debía ser una de las causas de las mujeres
Infobae
¿Qué es lo que no se le perdona a Victoria Ocampo? ¿Por qué razones sus posiciones políticas, feministas, sus ideas acerca de qué debería haber editado y hecho traducir en Sur, lo mismo que sus ensayos, son puestas en la mira, y criticados en mayor medida que las opiniones de otros escritores de su época con similares convicciones?
¿Qué es lo que no se le perdona a Victoria Ocampo? ¿Por qué razones sus posiciones políticas, feministas, sus ideas acerca de qué debería haber editado y hecho traducir en Sur, lo mismo que sus ensayos, son puestas en la mira, y criticados en mayor medida que las opiniones de otros escritores de su época con similares convicciones?
Muchas veces me hice esta pregunta al investigar y escribir sobre ella. Porque, aunque se la suele valorar como autobiógrafa, mecenas y editora, Victoria es frecuentemente “menospreciada” como pensadora, ensayista, como mujer que se relaciona con personalidades de la cultura en su rol de directora de una revista, editora y traductora. Elijo la palabra a consciencia, como dice el diccionario de la Real Academia Española, menospreciar es “tener a una persona o cosa en menos de lo que merece”. Lo cierto es que Victoria Ocampo es una de las más importantes escritoras testimoniales del siglo XX, una de las pocas mujeres que, sin educación formal, se animó a escribir en primera persona. Y que volcó sus opiniones a través del género que mejor le convino siendo autodidacta: el ensayo personal. Un género que plantea una problemática específica, sobre todo, cuando se trata de mujeres, no académicas. Pero además, Victoria no se dedicó a la ficción, escritura que las escritoras argentinas transitaban desde el siglo XIX. De ahí la particularidad de su arrojo.
Confieso que sólo consideré que Victoria merecía mi atención al escribir la biografía de Virginia Woolf. De no ser así, no creo que me hubiera interesado especialmente en ella. El hecho es que Virginia me llevó de la mano, me presentó a Victoria. Como se la presentó a Leonard Woolf, quien a su vez la puso en contacto con el sobrino y primer biógrafo de Virginia, Quentin Bell. Gracias a los Woolf, Victoria conoció a varios integrantes de Bloomsbury, también a escritores que estaban relacionados con la Hogarth Press, la editorial de Virginia y Leonard Woolf. Entre ellos, los hermanos Lehmann, los por entonces jovencísimos Auden e Isherwood. Y la inevitable Vita Sackville West, con quien Virginia tuvo una relación amorosa ocasional y una amistad duradera, y a la que le dedicó Orlando. Victoria sostuvo correspondencia y publicó a muchos de ellos. Algún día, entre tantos proyectos de investigación posibles, pienso encarar esas relaciones con mayor profundidad. Ya algo está publicado en mi biografía de Virginia Woolf y en otros trabajos. Lo que me interesa ahora es tratar de despejar algunas confusiones.
Se ha insistido y repetido hasta el cansancio que Virginia se burlaba de Victoria. Que la menospreciaba. Creo que se trata de una confusión entendible entre quienes no han considerado el conjunto de la correspondencia de Virginia Woolf, ni su personalidad. Porque, hay que decirlo, en sus cartas, lo mismo que en su conversación, Virginia Woolf era brillante y divertida. Y eso a pesar de la imagen melancólica de sus últimas fotos, y de la visión depresiva y estereotipada derivada, presumiblemente, de esas imágenes y de su suicidio.
Pero, además de ser divertida y traviesa (en su niñez la llamaba “la cabra”), a Virginia no le costaba nada mostrarse irónica, burlarse de sus seres más queridos, de sus amigas más admiradas. Se trataba de una característica de familia. Su sobrino, Quentin dijo que Adrian, hermano de Virginia, era implacable y capaz de sostener en público una “vigilancia burlona” y una “ironía silenciosa”. A ese silencio Virginia tenía la capacidad de llenarlo de palabras. No deja de llamar la atención que al reseñar Fin de viaje, su primera novela, el periodista de The Observer haya sabido apreciar estas características de su autora al decir que algo especial “ilumina el ingenio de este libro. Su esfuerzo constante por decir lo verdadero y no lo esperado, su humor y su sentido de la ironía, la agudeza ocasional de sus emociones, su profunda originalidad”.












