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Baila desde pequeño, aunque estuvo a punto de abandonar la danza para estudiar periodismo. Fue entonces que surgió una invitación inesperada que lo llevó a la Argentina, donde vive desde 2013
Infobae
Son meses intensos para el joven bailarín paraguayo Jiva Velázquez: el mes de marzo, de hecho, supuso para él “toda una vida”. En el Teatro Colón, viene de bailar un protagónico en Don Quijote –el barbero Basilio– y esta semana encarnará otra vez al esclavo Alí en el ballet El Corsario, un rol en el que brilló el año pasado. Seguidamente, volverá a presentarse en el Colón con el Ballet Estable en su Noche Clásica y Contemporánea y en el Ciclo “Danzas en Compañía” del Teatro de la Ribera, en el barrio de La Boca. También se apronta a concretar un proyecto coreográfico en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC) sobre un tema bien de época: la ansiedad. Nos encontramos a conversar en uno de los camarines del Teatro; muy cerca, un violinista ensayaba pasajes de una obra que no llegué a reconocer. Vestido de civil, el porte de Jiva Velázquez es menos imponente que cuando aparece triunfal en escena.
Me asombró su talante afable y sereno, incluso cuando relata eventos vertiginosos. A través de una larga charla, intentamos reconstruir la carrera de este bailarín de 23 años que, cada día a las 11 de la mañana, desciende al tercer subsuelo del Teatro: allí está la Sala 9 de julio, donde los artistas ensayan hasta las 5 de la tarde, casi como cautivos de una pequeña ciudad subterránea. Antes o después, Jiva va al gimnasio, o dedica tiempo a sus hobbies: andar en bici y escuchar todo tipo de música, algo que lo pone de especial buen humor. Y, por las tardes, también logra hacerse tiempo para visitar a su novia, la bailarina Emilia Peredo. Jiva Velázquez comenzó a estudiar ballet clásico a los 6 años en el Instituto Municipal de Arte (IMA): “Al principio no entendía… A esa edad, me cortaba la rutina de niño (risas), así que no me gustaba tanto; además no sabía lo que iba a hacer: todo consistía en ejercicios de estiramiento. Al año siguiente quise dejar. Pero el Ballet Municipal hizo Cascanueces y recién entonces vi lo que era el ballet: me divertía todo lo que hacían, pude ver a lo que se llegaba después de toda esa preparación”.
A continuación, pasó a la Compañía Juvenil de danza del Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), donde egresó a los 17, al mismo tiempo que terminaba sus estudios secundarios. “En Paraguay tuve varios maestros que sacaron lo mejor de mí: maestros rusos, chilenos, paraguayos”, nos confiesa. Sin embargo, en el año 2013, se preparaba para estudiar la carrera de Periodismo, pero una invitación de la maestra argentina Lidia Segni cambió su destino: – Estaba estudiando para ingresar al examen en marzo, en la Universidad Nacional de Asunción (UNA)… En realidad, no sabía bien qué quería hacer (risas). Fue entonces que vino Lidia Segni a dar un curso a Paraguay y mi papá me preguntó si no quería asistir. Yo no tenía tantas ganas: ¿para qué iba a tomar el curso si ya iba a entrar a estudiar periodismo? Tampoco sabía si iba a seguir bailando o no. Pero tomé el curso y, cuando terminó, ella me dijo si quería viajar a la Argentina, con un contrato que comenzaba la semana siguiente… – Es decir que pasaste a integrar la compañía del Ballet del Colón no a través de una audición, sino de una invitación personal de Lidia Segni.










