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Infobae
Durante sus últimos años, los más fructíferos quizá, José Saramago habitó un paisaje lunar, despojado, una isla donde los volcanes habían borrado tiempo atrás todo atisbo de vida rural, a la que llamaba “el callejón del viento”, donde podía deambular tranquilo, lejos de los ruidos, lejos de las luces, y escribir. Y lo hizo de manera furiosa, reflexiva, creando enormes alegorías y metáforas, con textos con una potencia simbólica inaudita, que una vez comenzados eran máquinas que nunca se detenían, de las que no se puede bajar tampoco.
JOSÉ SARAMAGO, UN ARTISTA COMPROMETIDO CON SU ÉPOCA
Saramago fue un autor que creyó en el rol del artista como cronista comprometido de su época, un pesimista contradictorio que creía en la capacidad de los humanos, un “comunista hormonal”, un ateo, un intelectual que desafiaba las formas, que no temía enfrentar a la iglesia o los sistemas políticos con la pluma a través de una lógica precisa y cruel, que aseguraba que el sistema educativo actual “más que formar abogados o ingenieros…” debería tener como gran tarea ”formar personas”, y lamentaba que sus colegas hacían una literatura “que ni siquiera sea light“, que no tenía ”nada adentro”. A la española isla de Lanzarote -que se encuentra más cercana a África, que a Europa- llegó luego de que en 1991, su novela El Evangelio según Jesucristo no pudo participar en un concurso literario europeo, tras un complot del gobierno portugués, su patria, ya que la obra “ofendía las creencias del pueblo”.
Y se fue junto a su tercera esposa, Pilar del Río, a esta mancha rocosa y oscura donde los turistas británicos y alemanes, sobre todo, deambulaban por sus playas. Y salió de esa isla para presentar obras como Ensayo sobre la ceguera (1995); Todos los nombres (1997); La caverna (2000); El hombre duplicado (2002); Ensayo sobre la lucidez (2004); Las intermitencias de la muerte (2005); El viaje del elefante (2008) y Caín (2009). Por supuesto, también para recibir, entre otros honores, el Premio Nobel de Literatura de 1998. En el primer aniversario de su muerte, ocurrida hace hoy una década, sus cenizas partieron hacia Lisboa, donde fueron esparcidas a los pies de un olivo centenario, traído de su pueblo natal, Azinhaga, en el Campo das Cebolas frente a su fundación.
SU OBRA ES COMO UNA ISLA, LLENA DE MISTERIOS
Y Saramago fue en sí una isla. Leerlo es recorrer los límites de nuestro entendimiento, visibilizarlas costas de bella apariencia pero que pueden ahogarnos, que se presentan apacibles en la rutina y que bajo su manto, en realidad, protegen misterios y peligros que se nos escapan. Hijo de campesinos iletrados, cursó algunos años en un colegio industrial, pero no terminó, menos fue a la universidad. Fue un trabajador de fábricas, un peón en el andamiaje, un rostro más entre los millones que nada podían hacer por su futuro más que rogar no ser despedidos para poder seguir teniendo techo y comida. Ese bagaje, es parte de su obra.
En 1947 publicó su primera novela, Tierra de pecado, que pasa desapercibida, luego escribe Claraboya -que se publica póstuma- y recién 30 años después un título vuelve a salir con letras de molde: Manual de pintura y caligrafía. “Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar”, repetía en entrevistas sobre esta pausa, en la que fue administrativo, periodista, traductor y editor. Y cuando tuvo algo para decir, lo hizo. Y a raudales. En Levantado del suelo (1980) encuentra esa voz tan singularmente poética, inconfundible e imposible de replicar, y comienza el desarrollo de una estética sintáctica donde los puntos que separan oraciones comienzan a difuminarse hasta desaparecer casi totalmente, reemplazados por las comas que le otorgan a sus párrafos eternos una vorágine maniática, que juega con la respiración del lector y lo sumergen en las aguas de esa isla que ya de mansa nada tiene. Si Manual de pintura y caligrafía fue una presentación intelectual de intenciones, donde desarrolla lo que significa ser artista, en Levantado del suelo devela una de las facetas más importantes de su carrera, la del compromiso con la causa humana a través de la crítica social. Para eso relata la historia de varias generaciones de campesinos, de manos ajadas y piel dura como la de sus padres, analfabetos la mayoría, a través de sus penurias y el despertar de la esperanza simbolizada en la portuguesa Revolución de los Claveles de 1974. Fue un gran cronista de su tiempo, un artesano del lenguaje Encontrar el estilo, la voz, fue producto de la casualidad, dijo que fue la experiencia de armar esta historia recolectando testimonios lo que lo llevó inevitablemente hacia allí. En el lenguaje “hay que obedecer normas que son muy rígidas. Incluso, eso pasa en el instituto o en la universidad. Que el profesor te dijera ‘eso está errado, usted se equivocó, está mal’. Sin embargo, cuando hablo nadie me está diciendo que está errado. Y puede que sí, que la sintaxis sufra, en un sentido que no es el propio de determinados términos, pero de todas formas aun con eso la comunicación se realiza.
Es lo que me lleva a decir que hablar es más creativo que escribir”. “Es como si yo, después de haber vivido con ellos (los campesinos) todo este tiempo, y por lo tanto recogido sus declaraciones y sus memorias y sus recuerdos, a la hora de escribir el libro los hubiera llamado: ‘Sentaos ahora vosotros, que yo os voy a contar vuestras vidas’. Cuando se publicó este libro comenzó a producir lo que podríamos llamar un cierto desconcierto, porque la verdad es que el discurso directo introducido y mezclado con el escrito, las descripciones integradas al diálogo, todo eso está ahí, no más que con comas y puntos”, dijo en una entrevista con Le Monde. Contaba entonces, que incluso amigos lo llamaron para decirle que no entendían nada y que recomendó leer varias páginas en voz alta y funcionó (y funciona). “El lector tiene que escuchar en su cabeza la voz que le está diciendo algo, dar más atención a una voz, que es la suya, que está diciendo lo que está leyendo su propia imaginación, que está mirando palabras. Y si lo hace, si no recibe solamente la imagen gráfica de las palabras escritas, con todas las señales y signos de interrogación, conexión, guión, todo eso, que no es más que una convención.












