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Autonomía universitaria: la ardua conquista de la BUAP
Fue en 1963 que la Universidad Autónoma de Puebla adquirió una personalidad soberana tras la reforma de la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Puebla que convirtió al Consejo Universitario en máxima autoridad de esta casa de estudios.
Redacción
La autonomía universitaria de la BUAP fue fruto de una prolongada lucha que inició con la concesión formal del autogobierno el 23 de noviembre de 1956, aunque no fue hasta el año de 1963 que la Universidad Autónoma de Puebla adquirió una personalidad soberana tras la reforma de la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Puebla que convirtió al Consejo Universitario en máxima autoridad de esta casa de estudios.
La conquista de estas libertades no se dio en el vacío, ya que esta utopía de una universidad al servicio de la ciencia y la sociedad, resguardada de injerencias estatales, pero también eclesiásticas, conformó los ideales de los estudiantes del siglo XX en toda América Latina.

Para entender a carta cabal la importancia de esta conquista histórica, hay que remitirse al mismo concepto de autonomía universitaria, o la libertad para organizar la comunidad universitaria al margen del poder estatal constituido.
Dos conceptos forjaron el combate por la reforma universitaria tras el denominado Movimiento de Córdoba (1918): el cogobierno de docentes y estudiantes que determina la libre elección de las autoridades universitarias y el concepto de libertad de cátedra e investigación que permite “proteger a los universitarios contra autoridades civiles o religiosas que se opongan al estudio, sistematización y difusión de una teoría, escuela de pensamiento o línea de investigación” (Díaz Barriga, 2004).
Ambas nociones retoman una larga tradición nacida en las universidades medievales de Europa donde las congregaciones de enseñanza se regían por sus propias normas y tenían plena soberanía sobre su organización interna.
DEFINICIONES DE AUTONOMÍA UNIVERSITARIA EN UN SIGLO CONVULSO
Así pues, la definición más común de autonomía universitaria, recogida en los textos fundacionales de la Unión de Universidades de América Latina, es la siguiente:
La autonomía de la Universidad es el derecho de esta Corporación a dictar su propio régimen interno y a regular exclusivamente sobre él; es el poder de la Universidad de organizarse y de administrarse a sí misma. Dicha autonomía es consustancial a su propia existencia y no a una merced que le sea otorgada –y debe ser asegurada– como una de las garantías constitucionales (UDUAL; 1954, citado en Ornelas Delgado, 2008, p. 31)
La autonomía universitaria es, por tanto, una soberanía limitada y regulada que debe reconocerse a una comunidad de saberes para garantizar, justamente, que puedan realizar sus tareas de estudio e investigación.
En otras palabras, la autonomía universitaria implica “la capacidad de autogobernarse, la libertad de acción, de poder elegir a sus directores o rector y el manejo de sus recursos y patrimonios”, siguiendo las prerrogativas concedidas a las universidades medievales europeas, de Oxford a Salamanca, que luego se replicaron en las posesiones americanas y fueron retomadas por la inteligencia liberal de principios del siglo XX.
Fue el denominado Manifiesto de Córdoba, publicado el 1 de junio de 1918, el acicate para un poliédrico y prolongado movimiento de reforma universitaria que cuestionó las bases virreinales de la academia, fundada en “el derecho divino del profesorado universitario” y convertida en “el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos” y abrió las puertas para que el combate por la autonomía universitaria fuera retomado en todos los frentes y en todas las corrientes, de la ultraderecha al comunismo, en los campus de América Latina por casi un siglo.

Autogobierno frente al poder estatal (de carácter socialista o populista), autogobierno frente a los poderes sociales (de la iglesia a la gran empresa). En este vaivén ideológico, la bandera de la autonomía dependió, tal y como exponía el historiador Jesús Márquez Carrillo en varios trabajos e intervenciones de las formaciones culturales dominantes en cada coyuntura, tal cual sucedió, y se verá al detalle, en la Universidad de Puebla donde las corrientes en disputa, conservadoras o liberales, usaban un mismo vocabulario para definir proyectos opuestos que entraron en colisión al iniciar la década de 1960.








