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Florentino Sarmiento Tepoxtecatl
En la época Prehispánica, cada altépetl (pueblo) tenía como protector a un dios que se encargaba de proveer el bien, pero también castigaba, según las circunstancias. Con la llegada de los santos, vírgenes, mártires, arcángeles y cristos a través de los españoles; a los dioses se les intentó desterrar para implantar el culto a una nueva constelación de seres sagrados.
La conquista espiritual no llegó del todo, ni en todos lados; lo que sí sucedió fue que, en los pueblos campesinos, a las imágenes católicas se les asignaron características de los antiguos dioses, y el papel que debían tener, según la doctrina católica, pasó a tercer o cuarto plano.
Las fiestas a los seres protectores de comunidades campesinas han tenido continuidad que en escasas ocasiones se han interrumpido en más de tres siglos. Las revueltas de Independencia y de la Revolución, hambrunas, peste, violencia, narcotráfico, incluso el Covid-19, no han podido detener el culto a las devociones tutelares de los pueblos.
En Puebla, las campanas de las iglesias católicas guardaron silencio durante cinco meses; pero la pandemia no pudo silenciar los cuetes, los rosarios en las casas, la música de banda, de viento, del teponaztle, de los mariachis. Los cohetes, tímidamente anunciaban las celebraciones casi al margen de la ley.
Las fiestas a los santos son una de las partes más importantes en la vida social de las colonias, barrios, pueblos, pueblos que se volvieron parte de la ciudad. Es el momento en que se agradece por todo lo recibido, algunas personas dicen que por lo bueno y por lo malo; pero también es el momento para crear y reforzar amistades, compadrazgos y alianzas sociales. También hay quienes ahí encuentran a su media naranja.
La comida es el mero pretexto para la reunión social. No importa si es mole, carnitas, pipián, pescado o torta de camarón en mole. Tampoco importa tanto el tipo de bebida que se ofrece en el convite. La verdadera razón para reunirse es el contacto humano, que tiene como fondo la relación humano – divinidad para asegurar la vida material en los aspectos más inmediatos.
Porque es la inmediatez la que distingue la finalidad de la fiesta, son los favores pedidos y recibidos de la moneda de cambio entre la humanidad y la divinidad. Entonces, es la necesidad de sanar de la enfermedad, de llevar dinero a casa, de encontrar un trabajo la que hace que, con muchas o pocas medidas de prevención, sea el impulso para el desarrollo de las fiestas religiosas populares.
Al final, todos vamos de paso, el tiempo lo ha demostrado. Pero la fiesta, debe continuar.












