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Cuando tenés tu primer contacto con la vida nocturna, tomás cerveza. Del pico de la botella, en la calle o en el bar que no te pide documento. A medida que madurás, le tomás el gusto a cosas más fuertes, más amargas, más sofisticadas. La música de Arctic Monkeys puede leerse en esta misma clave: su primer álbum, Whatever People Say I Am, That’s What I’m not (2006), pinta la experiencia de salir por primera vez a la calle; su sexto, Tranquility Base Hotel & Casino (2018), suena a la soledad del adulto que ya puede tomarse un cocktail en la comodidad de su Chesterfield y reflexionar sobre el mundo y sobre sí mismo. Eran chicos como uno. ¿Quién no tiene un amigo con el sueño de ser músico? Que toca con su banda todos los fines de semana en un bar o centro cultural. Que te pide que compartas en Facebook sus temas, o que subas una historia a Instagram y los etiquetes, para llegarles a más personas. Con Arctic Monkeys pasó lo mismo. Comenzaron en 2003, cuando se presentaban en barcitos de su ciudad natal, Sheffield, en el Reino Unido. Se habían animado a grabar algunas canciones para repartir los CDs piratas en sus shows. Y algún fan fue lo suficientemente generoso como para subir los temas a la red social de turno, MySpace. Para Arctic Monkeys, el reconocimiento de los fanáticos llegó mucho antes que el de Domino Records y la prensa. Su música se difundió rápidamente, y el rumor también. En 2005, tocaron en la Carling Tent del Reading Festival (la carpa para artistas desconocidos) y se llenó de gente que sabía las canciones, no de personas que pasaban a chusmear qué hay de nuevo. Domino Records, la discográfica autodefinida como indie, fue la que capturó la atención de Alex Turner (voz, guitarra y teclados), Matt Helders (batería y percusión), Jamie Cook (guitarra y teclados) y Andy Nicholson (bajo -después del primer disco sería reemplazado por Nick O’Malley). Logró firmarlos en 2005, cuando ninguno de los muchachos superaba los 20 años. Domino estaba en una buena racha: en febrero de 2004 habían lanzado el debut de Franz Ferdinand, luego de que su segundo single, Take Me Out, llegara al puesto número tres del UK Singles Chart. No se volvía más cool que esto, que tener a las bandas más calientes del Reino Unido.

La tapa de Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not despide rebeldía. Es la foto de un chico fumando, en blanco y negro. En este álbum, miles de adolescentes iban a encontrar un lugar donde no importaba qué seas, mientras no te definieras por lo que las personas dijeran de vos. El primer trabajo de Arctic Monkeys se transformó en el soundtrack ideal del quinceañero problemático. Los fans de los monos no defraudaron: en la semana del lanzamiento de Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, se vendieron más de 360 mil copias, suficiente para que se convirtiera en el álbum debut de venta más rápida en la historia del Reino Unido. Previo a eso, los singles I Bet You Look Good on the Dancefloor y When the Sun Goes Down llegaron al puesto número 1 del UK Singles Chart. Para los jóvenes, no era difícil identificarse con los cuatro de Sheffield: teñían su rock de garage con letras que hablaban de la vida nocturna y el (des)amor adolescente. “Podrán usar Reebooks clásicas/O Converse hechas polvo/O pantalones sueltos metidos en sus medias/ Pero todo eso no tiene punto/ El punto es que no hay romance por acá” cantó Turner en A Certain Romance y así caracterizó a toda una generación, la que revivió las Converse All Star. F a v o u r i t e Worst Nightmare, el segundo álbum de la banda, apareció un año más tarde. Y sí, también llegó al puesto número 1, con 220 mil copias vendidas. Turner y compañía ya habían salido de Sheffield para entrar en el mundo (Argentina los recibiría, por primera vez, en el Luna Park en octubre de 2007). La peor pesadilla favorita: la fama. Sin embargo, la preocupación más grande era, todavía, el amor, lo que le permitió a Turner escribir una balada despojada de batería y bajo (Only Ones Who Know) y 505, que se transformó en un clásico inmediato de la banda. Pero también este fue el disco que Arctic Monkeys usó para ajustar las tuercas del estilo, sobre todo las de la batería de Helders (Brianstorm, D is for Dangerous) que se convirtió en la marca registrada de los monos. Entre Favourite Worst Nightmare y Humbug, de 2009, se puede decir que Arctic Monkeys pegó el estirón. Ya no eran los nuevos chicos en el barrio de la música de guitarras fuertes, ahora ya se los consideraba una banda relevante y por eso uno de los personajes más populares del rock del siglo XXI les dio bola: Josh Homme. Al líder de Queens of the Stone Age se le adjudica la producción técnica en seis de los diez temas del álbum y las ganas de experimentar con cosas nuevas (el órgano en Pretty Visitors, por ejemplo). Pero tal vez lo más hermoso de todo Humbug sea la sinceridad de Cornerstone. Una canción digna de Morrissey. Basta ver el videoclip, en el que Turner aparece con el pelo largo a modo de velo protector y canta con un grabador la canción, sobre un fondo blanco. No más que un muchacho que quiere buscar a la chica que le gusta. Turner tenía solo 23 años y las personas que lo escuchaban también. Aunque la música y el éxito de la banda avanzara a pasos galopantes, las angustias seguían siendo las de siempre.