¿Qué estarías dispuesto a hacer por un sueño? ¿Te irías de tu país, dejando a tu familia y a tus amigos atrás? ¿Practicarías horas un instrumento, hasta que te duelan los dedos? ¿Trabajarías por años sin ganar dinero, con la esperanza de que algún día eso cambie?

Yo soy Raquel Sofía y mi respuesta a todas las preguntas anteriores es “sí”. Soy cantante y compositora, tres veces nominada al Latin Grammy y he dedicado mi vida a perseguir un sueño que a veces parece inalcansable. A los 18 años salí de Mayagüez, el pequeño pueblo en Puerto Rico en el que crecí, a jugarme la suerte en Miami. Allá estudié música en la universidad, trabajé cantando en bodas y hasta giré como corista de Juanes y de Shakira, pero al final del día, en esa ciudad caliente, de gente bella y fiestera, sólo encontré un gran desinterés por mi guitarrita y mis canciones tristes. Necesitaba un cambio de ambiente. Buscaba un lugar emocionante, con mucha cultura y variedad, con un público que amara el “pop” y disfrutara desgarrarse cantando de despecho en los conciertos. Así fue que di con mi nuevo hogar: México. 

Me mudé a México sin casa, sin plan, sin plata y sin ayuda y hasta ahora, ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida. Estoy complemante enamorada de este país y tan pronto llegué se me empezaron a abrir puertas: fui telonera de Ha*Ash, giré por más de 20 ciudades, canté en el Lunario del Auditorio Nacional y empezé a escribir canciones para artistas gigantes mexicanos como Dana Paola y Maite Perroni. Llevo tres años viviendo en CDMX y, a pesar de que extraño mucho la costa del Caribe que me vio crecer, me siento en casa acá en el desierto. 

A pesar de que soy muy feliz con todas las decisiones que he tomado y que agradezco la oportunidad de poder dedicarme a la música, no dejo de pensar en lo que he dejado atrás, en lo que he sacrificado para estar aquí. Mi familia se reúne para los días festivos y la única que falta soy yo. A veces viajo tanto, que duro meses sin ver a mi pareja, meses en los que duermo mal, como peor y me despierto a las dos de la mañana sin saber en qué ciudad estoy. Me he perdido bodas, cumpleaños y hasta el entierro de mi abuelita (de esta última me arrepiento mucho), por no poder mover algún concierto. He tenido la cuenta de banco en negativo y he dormido en sofás de amigos por meses cuando la plata no me daba para la renta. He llorado y he pasado momentos muy bajos. ¿Ha valido la pena? Definitivamente. 

Ahora que me conocen y que saben lo que hago, deben estar imaginando que yo ya lo logré, que soy una artista famosa, de farándula, que vivo en un “penthouse”, que vacaciono en Tulum y que ceno los fines de semana con actores de novela, pero no. La cruda verdad es que esta vida de artista es mucho menos glamurosa de lo que parece. En esta, mi nueva columna, les voy a compartir mi vida, la real, la que no aparece en Instagram, la que tiene lugar “Al bajar del escenario”. Les voy a mostrar el otro lado de la moneda, lo que pasa detrás de las cámaras, lo que siento y lo que pienso, lo que los artistas no solemos contar. Les voy a hablar de música, de conciertos, de viajes, aventuras, momentos hermosos y otros no tan lindos. Espero me acompañen en esta experiencia.