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Luis Kova
En México hay voces que se apagan y otras que iluminan caminos enteros, la de Saulo Romero, director general de la Organización Cultural de Intercambios Internacionales México A.C. (OCIIMAC), pertenece a las segundas, no sólo por su trayectoria de 36 años al frente de uno de los proyectos culturales más importantes del país, sino porque su vida entera ha estado marcada por un amor profundo a la cultura mexicana y a los jóvenes que la hacen posible.

Desde muy niño, Saulo entendió que el arte no era un pasatiempo, sino una vocación, creció entre escenarios, música y danza folclórica, sin imaginar que aquel gusto infantil se convertiría en una misión de vida: llevar la cultura de México a los mejores escenarios del mundo. Hoy, después de más de tres décadas, el resultado es contundente: más de 30 mil niños y jóvenes han viajado con OCIIMAC para representar al país en lugares como el Castillo de Edimburgo, la Plaza Roja de Moscú, la Ópera de Dubái, Suiza, el Vaticano y los Emiratos Árabes.

Pero más allá de los aplausos y del prestigio internacional, Saulo carga en el corazón su reconocimiento más valioso: el agradecimiento de los propios niños, esas palabras espontáneas, sin diplomas ni medallas, con las que los jóvenes le expresan gracias por creer en ellos, por impulsarlos, por abrirles un camino que —como muchos cuentan— les cambió la vida para siempre. “Ese es el premio más grande”, confiesa siempre.

A lo largo de los años, su trabajo también ha sido distinguido por instituciones como el Congreso del Estado de Puebla y, recientemente, el Congreso de Veracruz, que reconocieron su compromiso inquebrantable con la cultura del país. Sin embargo, Saulo insiste en que esos homenajes no son para él, sino para la juventud mexicana que hace posible cada presentación.

En el núcleo de esta gran misión está también su familia: su esposa, quien comparte con él el amor por la danza, y sus hijos, quienes crecieron entre música, ensayo, arte y ahora también forman parte activa de OCIIMAC.
“Ellos crecieron en esto”, dice con emoción. “Y me llena de orgullo que también hayan decidido llevar la cultura de México al mundo”.

Uno de los proyectos más emblemáticos surgidos de esta visión familiar es el Acafest, un festival que ya suma seis ediciones y que se ha convertido en un espacio en el que miles de jóvenes de todo el país muestran su talento en México, después de años en los que sólo se les veía triunfar en el extranjero. Hoy, estados enteros se suman a este proyecto que cada año crece a pasos agigantados.

La misión de Saulo es clara: que la cultura siga siendo un motor para los jóvenes del país, que no sean cuatro mil, sino diez mil, veinte mil o más quienes encuentren en el arte un camino de crecimiento y superación. Que toda la República, estado por estado, se una a este esfuerzo que ya ha marcado a generaciones completas.

En lo personal, Saulo conserva intacta la emoción. Confiesa que, cuando ve a los niños nerviosos antes de subir al escenario, vuelve inevitablemente a sus propios recuerdos como bailarín. Y, aunque él no pudo llegar como intérprete a los grandes escenarios del mundo, sonríe al ver a los jóvenes cumplir ese sueño gracias al trabajo que él inició décadas atrás. “Es una misión”, dice. “Y cada día crece más”.

Hoy, 36 años después, el objetivo sigue firme: “continuar llevando la grandeza de la cultura mexicana a cada rincón del planeta y formar a nuevas generaciones que amen, vivan y defiendan el arte de México”.
Una misión que nació del corazón de un niño que bailaba… y que hoy inspira a todo un país.










