La dolorosa historia detrás de la primera novela del prestigioso autor argentino, que narró como nadie las voces de vivos y muertos desde la perspectiva de la mirada indígena y su mundo

Infobae

 Pasaron sesenta años desde aquella noche en que un joven abogado con aspiraciones políticas que conocía su pueblo y su gente; su cultura y sus paisajes como a un destino irrenunciable, escuchó en un remoto lugar de la Puna, en un cuarto apenas iluminado por un candil, los vívidos relatos de los descendientes de aquellos hombres que lucharon en la cruenta batalla librada en los cercanos campos de Quera. Allí fueron despojados de sus tierras para siempre. En aquel momento, lejos de escribir una crónica histórica, Héctor Tizón decidió transformar los relatos de estos “hombres expertos en desdichas” en una novela; Fuego en Casabindo. En 1960, Tizón había publicado A un costado de los rieles, un libro de cuentos. Fuego en Casabindo fue su primera novela. Gracias a una beca, el escritor buscaba relatos orales sobre el diablo en la Puna. Estaba en Humahuaca, un día antes de la fiesta patronal de Casabindo. Quizás fue allí donde surgieron sus primeros bosquejos; es en ese pueblo donde transcurre la novela. Los datos históricos indican que el 14 de enero de 1875, en la batalla de Quera, los terratenientes jujeños aniquilaron a los kollas que reclamaban la devolución de las tierras de sus antepasados. Para los hacendados era una venganza por la derrota que éstos le habían infringido en la batalla de Abra de la Cruz, conocida también como Combate de Cochinoca, el 3 de diciembre de 1874.

Lejos de atenerse a los hechos puntuales, Tizón entrelaza en un espacio fantasmal, las voces de vivos y muertos desde la perspectiva de la mirada indígena y su mundo. Y relata una leyenda ancestral, que cuenta el regreso del alma de un soldado muerto en la batalla en busca de su victimario. El propio Tizón recordó, a treinta años de su novela, algunos relatos escuchados aquella noche en la Puna. “Uno de ellos explicó que matador y víctima deben reconciliarse antes que el alma se evapore; otros dijeron que al día siguiente de la contienda dejó de manar agua en los manantiales de hasta una legua a la redonda (en esta país las metáforas son más fuertes que las ideas)”, escribió. Ese espacio fantasmal y mítico donde se conjugan las voces y, a partir del hecho puntual de la batalla, se ramifican, dio lugar a una comparación con la literatura de Juan Rulfo. El propio Tizón admitió la influencia del escritor mejicano en sus primeros textos. La vida quiso que muchos años después cultivaran una entrañable amistad.

“Yo le contaba una historia y él me decía que eso había ocurrido en su pueblo. Comprendí que en esencia la gente de acá y la de Méjico es muy parecida”, recordó alguna vez el escritor jujeño. En Fuego en Casabindo, la relación de la muerte y el despojamiento irrevocable de las tierras, se complementan. El latifundio fue una constante en esos paramos donde, como narra Tizón “no hay lugar para la ambición y la esperanza desmedida”. En esas narraciones de leyendas populares en donde se trasluce la cosmogonía de las comunidades indígenas que poblaban la puna, el escritor se explaya en el relato de las tradiciones religiosas, en sus rituales y en las historias contadas por voces anónimas y marginadas que tienen como epicentro y lugar de desenlace de la novela, Casabindo, su fiesta patronal y su plaza. Además de escritor, Tizón fue juez, diplomático, vagabundo, “exiliado y regresado” como le gustaba decir y vivió en Yala, a 13 kilómetros de San Salvador de Jujuy, un pueblo en el valle jujeño, antes de llegar a la árida puna.

 Su casa era la de su infancia. Allí tuve la fortuna de conocerlo, en junio del 2000. Ya había ganado muy importantes premios como el de la Academia Nacional de las Letras y el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, además de ser condecorado por el gobierno de Francia con el título de Caballero de las Artes y las Letras, en 1996. Lo habían traducido a cinco idiomas y seguía forjando una extraordinaria obra que incluía, entre otras, novelas como El cantar del profeta y el bandido (1972), La casa y el viento (1984), El hombre que llegó a un pueblo (1988), Luz de las crueles provincias (1995) y La mujer de Strasser (1995); relatos como El gallo blanco (1992) y artículos y ensayos recopilados en Tierras de frontera (2000). Desde su amplio jardín, se veía su escritorio en un sector de la casa que había sido un granero y antes de ser reconstruido el escritor fotografió para rehacerlo igual. Me llevó a caminar por su pueblo y al llegar a la estación, donde su padre había sido el encargado, me contó que por ella pasaban maltrechos los soldados que regresaban de la guerra del Paraguay. Se detuvo debajo del alero y en cuclillas me mostró unos dibujos hechos en las lajas del andén. “Yo era un niño y ya estaban”, sonrió. A media cuadra se veía el puente de hierro cuya fotografía ilustraba su novela La mujer de Strasser.