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Argentina amanece este martes con las heridas de su historia más reciente a flor de piel. Se cumplen 50 años desde aquel 24 de marzo de 1976, cuando las Juntas Militares derrocaron al gobierno de Isabel Perón e instauraron la dictadura más sangrienta de su historia. Lo que muchos ciudadanos —acostumbrados a la inestabilidad política del siglo XX— creyeron que sería “un golpe más”, resultó ser el inicio de un genocidio caracterizado por un plan sistemático de desaparición, tortura y exterminio que cambió para siempre la estructura social del país.
El despertar de una tragedia invisible
Aquel miércoles de 1976, la normalidad aparente en las calles contrastaba con el horror que se gestaba en la madrugada. Mientras los diarios informaban sobre la deposición de la presidenta y la ocupación del Congreso, miles de ciudadanos como Aurora Álvarez o Norma Morandini comenzarían a vivir un calvario personal. La diferencia fundamental de este proceso, frente a los cinco golpes anteriores en menos de medio siglo, fue la institucionalización de la desaparición forzada.

Bajo el argumento de “aniquilar la subversión”, el terrorismo de Estado no solo persiguió a grupos guerrilleros como Montoneros o el ERP, sino que dirigió su aparato represivo contra obreros (30% de los desaparecidos), estudiantes (21%) e intelectuales. El secuestro de Teresa Álvarez y de los hermanos Néstor y Cristina Morandini son solo tres nombres en una lista que organismos de derechos humanos cifran en 30,000 personas, cuyos destinos, en muchos casos, siguen siendo un misterio medio siglo después.
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Economía, sindicatos y el “silencio de lepra”
La dictadura no solo buscó un control político, sino una reconfiguración económica. En 1975, Argentina sufría una inflación disparada y una crisis profunda. El golpe del 76 prohibió de inmediato el derecho a huelga y diezmó al movimiento sindical. Historias como la de Iris Pereyra de Avellaneda, cuyo esposo Floreal fue perseguido por su labor gremial, ilustran cómo el Estado persiguió el pensamiento crítico en las fábricas y talleres.
El aislamiento social fue otra de las armas del régimen. Las familias de los secuestrados no solo enfrentaban el vacío de sus seres queridos, sino el rechazo de vecinos que, por miedo o complicidad, guardaban silencio. “Nadie quería hacerse conocido de esta familia que pasaba a tener como lepra”, recuerda Aurora, describiendo el clima de sospecha que fracturó los lazos comunitarios.

Memoria, Verdad y Justicia a 50 años
Hoy, en 2026, la figura del desaparecido sigue siendo el eje central del debate político y jurídico en Argentina. A cinco décadas del inicio de aquel “proceso”, el país recuerda que la democracia recuperada en 1983 no fue un regalo, sino el resultado de una lucha incansable encabezada por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Este aniversario no es solo una fecha en el calendario; es el recordatorio de que, a pesar del paso del tiempo, la búsqueda de justicia por los crímenes de lesa humanidad sigue siendo el cimiento ético de la nación argentina.













