El 30 de mayo de 1994, el autor de “La vida breve” y “El astillero” fallecía en Madrid. En esta nota, un repaso por su vida y sus obras esenciales

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Ricardo Piglia dice en Teoría de la prosa que la novela corta está ligada a la estructura del secreto. Hay una diferencia entre secreto y enigma, que Piglia explica en relación al género policial: el enigma se narra desde el punto de vista del investigador que busca descifrarlo; el secreto sería el mismo relato, pero contado desde el que cifra. Así, lo no dicho se vuelve impenetrable y el texto se organiza en torno al vacío. En la literatura latinoamericana, siempre asediada por las estructuras del poder, lo elidido tiene un fuerte anclaje político: lo que no se revela, se rebela.

Es en esa dimensión del secreto, entonces, donde Juan Carlos Onetti aparece como uno de sus representantes más notables. Tomando la tradición de Faulkner, Onetti —como Saer— creó un universo narrativo alrededor de la ciudad imaginaria de Santa María y lo pobló de personajes que aparecen y reaparecen en sus libros: Malabia, Larsen, Díaz Grey, Brausen. Pero en Onetti, la invención tiene, como diría Carlos Gamerro, un pliegue barroco. A diferencia de la Yoknapatawpha faulkneriana, Santa María nunca deja del todo de ser un territorio de ficción. Probablemente sería más preciso decir territorio fantástico, pero el adjetivo podría generar el equívoco de vincularlo al realismo mágico, y Onetti poco tiene que ver con García Márquez. Está más cerca de José Bianco, Silvina Ocampo y Julio Cortázar. Entre los secretos y las fronteras superpuestas de ficción y realidad, se mueve la literatura de Onetti.

DONDE PASA LO IMPORTANTE

Carlos María Domínguez y María Esther Gilio escribieron una biografía maravillosa de Onetti: Construcción de la noche. El libro se publicó un año antes de su muerte, y le provocó un terrible enojo, primero, y una reconciliación con los autores, después. Construcción de la noche cuenta, entre otras cosas, los amoríos que tuvo: sus cuatro matrimonios —dos de ellos, con sus primas, las hermanas María Amalia y María Julia—, sus romances tormentosos —especialmente con Idea Vilariño—, sus conquistas casuales. Mujeriego a tiempo completo, se dice que hasta sedujo a Gilio mientras escribía el libro. Había en esa manera de actuar una suerte de competencia, de lucha irrenunciable. Con el tiempo, la cama, aquel terreno de combate, se convirtió en un refugio. Los últimos años en Madrid —a donde había llegado exiliado veinte años antes— raramente salía del lecho. Dorothea Muhr, su viuda, la mujer que lo acompañó desde 1955, alguna vez dijo que “Juan dormía, comía, leía y hacía el amor todo en la cama, porque consideraba que era donde pasaba todo lo importante, pero en realidad era pereza”. Demasiado prosaica para ser la razón verdadera. La cama, como los libros, es el territorio de los secretos, y donde se superponen las fronteras de ficción y realidad.

CIUDADANO ONETTI

Entre las entradas biográficas se dirá que Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909. Que publicó su primer cuento, Avenida de Mayo – Diagonal – Avenida de Mayo, en La Prensa en 1933. Que escribió su primera novela, Tiempo de abrazar, en 1934 pero la publicó cuarenta años después. Que una tarde de 1939 se quedó sin tabaco y se puso a escribir El pozo, tal vez la primera novela existencialista de América latina. Que se carteaba con Camus. Que su segunda novela, Tierra de nadie, ganó el concurso de la editorial Losada y que en el jurado estaba Jorge Luis Borges. Que vivió 17 años en Buenos Aires. Que en 1950 “fundó” Santa María con su novela La vida breve, y que volvió en El astillero, en Juntacadáveres, en Dejemos hablar al viento. Que en total publicó unos 40 libros, entre novelas, cuentos, ensayos, cartas. Que los títulos de sus libros eran sugerencias de su mujer, violinista e integrante de la Orquesta Filarmónica de Madrid, y le proponía ideas relacionadas con la música: Los adioses (Beethoven), La muerte y la niña (Schubert), Para una tumba sin nombre (Claude Debussy), La vida breve (Manuel de Falla). Que muchas de sus novelas cortas las publicó en edición de autor y que de no haber sido por la agente Carmen Balcells, su representante desde 1975, se habrían perdido en el olvido. Que en 1974 pasó tres meses en la cárcel “El cilindro” por un motivo insólito: haber premiado un cuento “pornográfico” en un concurso organizado por la revista Marcha. Que recibió el premio Cervantes en 1980 y que al año siguiente el PEN Club lo propuso para el Nobel.