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El confinamiento le dio un giro radical a nuestras vidas, nos alejó de lo que más amamos, como nuestros seres queridos; el aire, el sol, la luvia y el mar
Cristian Alarcón/Infobae
…ni la literatura envasada, ni la falta de deseo sexual. Lo que nos volverá a poner contra la pared y de lo que no tendremos escapatoria serán el otro y el cuerpo. ¿Solos o con los demás? ¿Solos a salvo, o todos en riesgo? ¿Materia, cuerpo o mente? Cuerpo y pensamiento. En un solo movimiento hecho de todos los movimientos: masivo, universal, nacional y revolucionario.
En el pueblito del sur del que provengo hubo un día en que muchos creyeron que el mundo se terminaba. A mi abuela Aura le pasó. Para colmo, en esos tiempos, y por puro refugiarse de la borrachera habitual y los palmetazos de mi abuelo Isaías, el obrero socialista, Aura se había hecho testigo de Jehová: ¿qué mejor para un testigo que el fin del mundo? En lo más bajo del pueblo, más allá de la aldea campesina de mis ancestros, junto al río, en realidad ardía una fábrica de lino. El fuego arrasaba con máquinas y telas, hilos y bencinas. Los productos químicos del laboratorio, los motores, el almacén estallaban como programados por el demonio. Y en su pequeña casa de madera mi abuela ponía en fila a sus ya casi diez críos para que rezaran a viva voz en un último intento de ganarse la vida eterna antes del Armagedón.
La genealogía de los indígenas se pierde en el tiempo
Durante estos días no puedo dejar de pensarla. Aura nació en el campo de Fabiana, una madre que tenía el color, el cuerpo, la tierra de una mujer mapuche, pero con un apellido español o portugués: Carballo. Las genealogías de cientos de miles de indígenas se perdieron en el tiempo porque los apellidos mutaron cuando a comienzos del siglo veinte niñas como ella eran regaladas a los patrones de fundos, abandonadas en diásporas por invasión de tierras, casadas con hombres a los que no amaron, como don Julio Carrasco, mi bisabuelo. Fabiana pisó una ciudad por primera vez cuando ya era vieja y la amenazaba un cáncer. La acompañó mi tía Ivonne, la hija menor de Aura, melliza de Iván; solía representar un número cómico en el que la abuela se miraba frente a los grandes espejos de una galería comercial metropolitana sin saberlo, desconociéndose a sí misma: pase mujer, pase, qué porfiada por dios esta mujer. Le decía, a esa desconocida con cara de india que la imitaba en cada movimiento del otro lado, en ese mundo en el que la imagen de uno mismo valía poco, porque ella vivía sola en su parcela, rodeada de animales y árboles, con la tierra.
Crecí con mi madre repitiendo: esto es el fin del mundo. Cada evento trágico en la familia, el fin del mundo. Un hombre abandona a su mujer, el fin del mundo. Una mujer a un hombre, el fin del mundo. Su hijo mayor gay. El fin del mundo. Cae el muro de Berlín, el fin del mundo. Su hijo menor gay. El fin del mundo. Se muere Aura de un derrame cerebral, demasiado joven, justo cuando dejaba de sufrir. El fin del mundo. Se divorcia su único hijo heterosexual. El fin del mundo. Dos aviones se estrellan contra las Torres gemelas. El fin del mundo. Un tsunami arrasa con los pueblos de pescadores, el fin del mundo. Se divorcia su hijo menor. El fin del mundo. Estalla Chile y se prende fuego. El fin del mundo. Se cae de una escalera y se fractura la muñeca, el fin del mundo. Un virus encierra a la humanidad y mata a decenas de miles. Eso, el fin del mundo.
El confinamiento trastocó nuestra vida
Y al instante siguiente ese montón de inteligencia que ha sido y es mi madre se rebela. Siempre desde el sur dice: para empezar, al fin y cabo, el virus no es tan idiota; es lógico que nos vayamos a morir primero los viejos. Luego: encerrarnos y que el mundo cambie para siempre cuando hayamos vuelto tampoco es una desgracia. No exageremos. Dice. Resistir, hemos resistido y sabemos hacerlo. Dice. Ella pudo salir del pueblo, del campo, de la colina, del río, de la noche. Ella pudo cruzar la cordillera y salvarse. Pudo olvidar. Pudo acordarse de vez en cuando. Y a cada paso pudo asumir que el mundo no se termina. Que el futuro es lo único ineludible.
Mi abuela no sabía cuándo se hincó a pedir perdón por sus pecados –qué pecados pudo cometer una campesina que pasaba el día en botas de agua enterradas en la tierra cultivando frutillas, grosellas, habas, papas y flores, bajo la lluvia eterna de los sures, acaso pegarles a los hijos— que mientras lo hacía, mientras pedía a dios que le reservara un lugar en el paraíso, ella y todos sus hijos y mi madre resistían. Algo parecido hacemos en estos días de encierro: rezamos, aunque agnósticos, aunque ateos, aunque mundanos y abúlicos, aunque deprimidos. ¿Por qué es sino rezar ese viaje interno al que tarde o temprano nos obliga la inminencia del contagio? ¿Qué es sino una prédica ese revolver cajas de fotos viejas buscándonos afanosamente en el futuro que fuimos? ¿Qué si no un rezo ese diálogo selectivo que comenzamos con algunos y contados otros, ese descubrir de pronto un libro que tenía todo el sentido, una película de debimos ver en aquel momento, una pista ficcional de lo que haremos y seremos cuando esta pesadilla se termine?
La pesadilla de la desaparición del mundo no es la que nos impide dormir algunas noches, como a mi amigo. En nuestros sueños desaparecen cosas, casas, autos, ropas, celulares, viajes, cumpleaños, vacaciones, televisores, objetos. No sé si desaparecen personas, eso sería un sueño repetido, la pesadilla real del pasado. Desaparece lo tangible. Partes. Piezas. No desaparece el todo. El todo se vuelve más bien caótico. En el horizonte el futuro amenaza con su desaparición, pero es como el reto de un padre permisivo: no llega a ser cierto jamás, opera como un fantasma débil e ineficiente. Eso es lo peor; sabemos que el futuro nos pisa los talones y no sabemos cómo es, qué cara tiene, cómo se llama, de qué modo nos permitirá sobrevivir, cómo afectará todo lo que lo ignoramos en nuestras arriesgadas existencias.
Filósofos disertan sobre nuestro futuro, después del virus
En estos días los filósofos que arriesgan hipótesis más o menos insurgentes sobre nuestro futuro, casi siempre europeos, suelen citar a Walter Benjamin, el alemán que escribía en el París de la resistencia con una máscara anti-gas al alcance de la mano. Los filósofos, casi siempre varones, debaten sobre este momento histórico: que es como una guerra, que de ningún modo es una guerra. Por aquellos días en plena guerra mundial Benjamin lo tenía claro: “si el enemigo vence no estarán a salvo ni los muertos. Y es ese enemigo que no cesa de vencer¨. No estamos en una guerra, lejos estamos de estarlo. Pero quizás sí debamos pensar que estamos por primera vez en doscientos años ante un enemigo claro. Y ese enemigo no es el coronavirus. Pero al mismo tiempo la confusión reina cuando las estructuras apenas comienzan a derrumbarse en sus cimientos. Ante este temblor del que apenas escuchamos un primer y leve zumbido los edificios del sistema económico prefiguran la fractura de sus pilares. Las sociedades ya saben que la democracia no alcanza y cruje como el mejor sistema conocido para mejorar la vida de los ciudadanos. Qué puede pensarse sobre el futuro cuando solo tenemos un diagnóstico nebuloso que negamos todo lo que podemos como hacen los moribundos cuyo dolor se mitiga por el oficio de la morfina.
Futuro incierto que deberá resolver la humanidad con los múltiples microorganismos que nos acechan
Repensar el futuro implica entonces un esfuerzo impensado de imaginación y creación, ciclópeo, colectivo. Repensar y refundar el futuro es mucho más que salir de esta crisis que ya se sabe llevará al menos dos años dejar de respirar y que preanuncia un mundo tanto más complicado y para colmo asolado por la presencia de los microorganismos que muestran su inteligente poder. Distinguir entre el humo de bombas de sentido lanzadas por las súper potencias disputándose el recurso natural, los mercados, la posesión de los datos de millones de ciudadanos, las rutas, el litio, el petróleo, el agua, es al menos difícil. En esa confusión activistas, líderes políticos, de opinión, luchadores de toda clase, pueden entrar en pantanos si se dejan llevar por las primeras impresiones. Quizás la confusión mayor esté en torno a la función, misión y el carácter dominante de la tecnología. Su condición demoníaca, como la del propio virus, no hace más que dejarla en manos de las corporaciones que detentan la creación y el uso de redes neuronales algorítmicas cuyo funcionamiento y lógica desconocemos tanto como el mundo infinitesimal de bacterias y virus.
La condición viral como significante de época nos seguirá atravesando. En un mundo dominado por los humanos el fin se presiente de mano de los humanos. La supremacía de lo humano puede ser el fin de lo humano. En esa paradoja cruel se juega el destino después de la pandemia. La preservación de lo que queda, las luchas ecologistas alimentadas por la visión humanista del feminismo y de las políticas no binarias –más allá de la cuestión de género incluso—vienen a darnos hoy algún alimento para comenzar a pensar: sólo queda pendiente qué construcción puede hacer esa teoría en danza y esa praxis activista por frenar la destrucción del planeta con una economía que proteja a los más débiles y le ponga un freno a la acumulación pornográfica y al capital financiero. Este pensamiento por primera vez en mucho tiempo exige intercambio intercontinental, y debe tener al sur como eje crucial para una verdadera innovación: los casos particulares darán cada vez más sentido a un pensamiento internacional. Es lamentable leer a los Sopa de Wuhan enfrascados en una disputa por el batacazo filosófico al aplicar sus teorías con fórceps sobre lo real acontecido a la humanidad.
La peste negra que diezmó ciudades, reinos y estados
El mundo, lo hemos visto en noticias perdidas y en algún documental veloz, ha sufrido pandemias de modo cíclico. La peste negra, que azotó Europa entre 1347 y 1353 hasta diezmar ciudades y campos, reinos y estados solo había sido precedida por una de igual virulencia, en tiempos del emperador Justiniano, siglo VI. Esa peste que nacía en las ratas negras y se movía a través de las pulgas viajaba en barco, y se esparció por el viejo mundo desde oriente a occidente gracias al comercio: entró por los puertos y avanzó sin piedad sobre ciudades primero, sobre caseríos después. Produjo un caudal de muertos que estremece: se habla de un 60 por ciento de toda la población de la península Ibérica. Recién en el siglo XIX los primeros investigadores científicos descubrieron que se trataba de una bacteria: inflamaba ingles y axilas, atacaba ganglios con rapidez, y en algunos se convertía en septicémica, es decir entraba en la sangre a toda velocidad pudriendo el organismo. Tenía una segunda manera de matar: la peste neumónica, más parecido a nuestro coronavirus, producía una tos que infectaba por el aire.
En la Argentina la fiebre amarilla atacó entre 1852 y 1871 y solo en Buenos Aires mató al 8 por ciento de los porteños, unos 14 mil en todo el país. Llegó desde el Paraguay y luego en barco desde Brasil. Dividió la ciudad en dos: el sur de los pobres, el norte de los ricos. Más tarde la influenza vino desde Europa en 1918 y golpeó en tres oleadas hasta 1920 dejando unos 20 mil muertos. Aunque al comienzo no distinguía entre pobres y ricos terminó acorralando a los más desprotegidos, sobre todo en las provincias del norte donde dejó en evidencia un sistema de salud entre precario e inexistente. Conocida como la gripe española, la influenza fue quizás el motor del primer gran ocultamiento de las potencias embarcadas en la primera guerra mundial. Millones de muertos escondidos en camiones militares y enterrados en fosas comunes. Esa pandemia inaugura una noción de mundo global. Un historiador de la época habló de “la unificación del mundo por la enfermedad”. También dejaba claro que la ciudad industrial implicaba muerte y enfermedad. El coronavirus ha llegado a nuestras casas en avión, a mil kilómetros por hora. Nuestro virus se inserta en ese linaje moderno de pandemia. La ciencia se enfrenta a ellas desde entonces, esa pelea es una batalla que el mundo ha dado, conoce. No es una guerra…
**El fragmento de este texto forma parte del libro El futuro después del Covid-19, una publicación del programa Argentina Futura y fue publicado en la revista Anfibia con ilustraciones de Damián Lluvero.









