🎧 Usa el reproductor para escuchar esta nota
Por:
Luz Ma Dollero, PhD
@equilibriumbyluzma
Mientras su mujer era llevada de urgencia al quirófano, él intentaba comprender lo que estaba ocurriendo. Horas antes no sabían que ella estaba embarazada. De pronto, entre médicos, estudios y palabras difíciles de procesar, llegó una noticia que cambió todo: había existido un bebé. Y también había muerto.
Algunas personas podrían preguntarse cómo puede doler tanto perder a alguien que apenas acababan de descubrir. Después de todo, no hubo meses de embarazo, ni fotografías de ultrasonidos pegadas en el refrigerador, ni una habitación decorada esperando su llegada.
Pero el dolor no siempre se mide por el tiempo. A veces basta un instante para que nazca una ilusión. Bastan unos segundos para imaginar una vida completa.
Su mujer vivió la pérdida en su cuerpo. Pasó por una cirugía, enfrentó el miedo, el dolor físico y la recuperación. Era natural que todas las miradas se dirigieran hacia ella. Él también estaba preocupado por ella.
Pero mientras todos preguntaban cómo estaba ella, nadie le preguntó a él cómo estaba. Y no culpo a nadie. Culturalmente hemos aprendido a reconocer el sufrimiento de las madres, pero pocas veces nos detenemos a mirar el de los padres.
Los hombres crecieron escuchando que deben ser fuertes, proteger, resolver y dar seguridad. Se les enseña a sostener a los demás, incluso cuando por dentro se están derrumbando.
Así que él respondía preguntas, daba informes médicos, acompañaba, tranquilizaba. Hacía lo que se esperaba. Lo que nadie veía era que él también estaba viviendo un duelo.
Porque ese bebé también era de él. Porque esa ilusión también había nacido en él. Porque los sueños no distinguen entre hombres y mujeres.
Su mujer había deseado ser madre durante mucho tiempo. Llegó a pensar que quizá nunca lo lograría. Saber que había estado embarazada, aunque fuera por tan poco tiempo, confirmó que ese sueño existía. Y perderlo significó despedirse de algo profundamente anhelado.
Pero él también se había imaginado como padre. También había empezado a construir futuros en su mente. También había sentido esperanza.
Y cuando esa esperanza desapareció, también sintió impotencia, frustración y tristeza. Quizá no con las mismas lágrimas. Quizá no de la misma manera. Pero el dolor estaba ahí.
La pérdida de un embarazo no afecta únicamente a quien lo lleva en el vientre. Afecta a toda la familia. A la pareja. A los sueños compartidos. A las conversaciones sobre nombres. A las expectativas. A los planes que comenzaron a construirse incluso antes de existir plenamente.
Por eso necesitamos ampliar nuestra mirada. Preguntar por la mujer es importante. Acompañarla es indispensable. Y también lo es mirar al hombre que está a su lado.
Preguntarle cómo está. Escucharlo. Permitirle sentirse vulnerable. Reconocer que también tiene miedo, tristeza y dolor.
Porque los hombres también lloran. También aman. También sueñan. Y cuando esos sueños se rompen, también sienten cómo algo dentro de ellos se rompe.
La pérdida fue de ambos. Las ilusiones eran de ambos. Y el duelo también.
Te acompaño en tus procesos vitales,








