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Por: Luzma Dollero
Todos queremos sentirnos vistos. Y no me refiero solamente a que alguien nos mire externamente. Hablo de esa sensación mucho más profunda de saber que alguien ve tu valor y te dedica su tiempo. Que escucha lo que dices , que recuerda lo que te importa, que nota cuando algo te pasa y que, de alguna manera, te tiene presente incluso cuando no estás frente a sus ojos. Que te hace sentir que tu existencia es valiosa.
A veces creemos que sentirnos queridos tiene que ver con grandes demostraciones: un regalo, una cena especial, un viaje, una sorpresa. Y sí, claro que todo eso alegra el alma y nos puede hacer felices. ¡Qué bonito que alguien quiera sorprenderte, consentirte y compartir experiencias contigo!
Pero hay algo que ninguna gran demostración puede sustituir: sentir que el otro realmente te toma en cuenta, te escucha, te acompaña, te apoya y te ayuda…
Porque puedes estar en un viaje maravilloso sabiendo que todos los planes fueron hechos pensando en lo que la otra persona quería hacer. Puedes recibir un regalo precioso que, aunque costoso, no tiene absolutamente nada que ver contigo. Puedes estar viviendo algo que desde afuera parece perfecto y, aun así, sentir soledad en compañía, incluso abandono, y pensar: ¿pero alguien se preguntó qué quería yo?
Y también sucede al revés. A veces son los detalles más pequeños los que nos hacen sentir profundamente importantes. Hace poco observé una escena cotidiana que me hizo pensar mucho en esto.
Una persona había perdido sus lentes. Seguramente todos hemos escuchado las respuestas típicas ante algo así:
—¿Y dónde los dejaste?
—Pues no sé…
—¿Ya buscaste bien?
Incluso puede aparecer esa respuesta medio en broma llena de sarcasmo:
—Pues si supiera dónde los dejé, no estarían perdidos.
Y probablemente todos lo hemos dicho alguna vez. No necesariamente por falta de cariño, sino porque muchas veces respondemos en automático. El punto es que no pasa de ahí: …mmm qué mal, ojalá los encuentres sino pues te compras otros…
Pero en aquella ocasión ocurrió algo diferente. La persona que estaba a su lado simplemente comenzó a buscar los lentes. Fue al coche. Regresó. Revisó aquí y allá. Subió, bajó, volvió a buscar. Nadie se lo pidió.
Y lo curioso es que, durante un buen rato, los lentes ni siquiera aparecieron. Pero algo ya había cambiado. La persona que los había perdido dejó de estar sola en la búsqueda. Y cuando le agradeció el esfuerzo, recibió una respuesta curiosa:
—¿Por qué agradeces si ni siquiera los encontramos?
Y ahí está justamente el punto. No era importante haber encontrado los lentes. Lo valioso era haberse sentido visto, querido y valioso para el otro. Era sentir que su pareja había pensado: Esto es importante para ti, así que también es importante para mí.”
Porque cuando alguien hace eso, no solamente está buscando unos lentes. Está diciendo, sin decirlo:
Te escuché.
Te vi.
Me importó.
Te quiero.
Y quizá por eso hay gestos diminutos que se quedan para siempre.
Que alguien recuerde que no tomas café ni cerveza, pero sí cócteles creativos.
Que se dé cuenta de que estás cansada antes de que lo digas.
Que te pregunte qué quieres tú, en lugar de asumirlo.
Que recuerde aquello que mencionaste hace semanas.
Que te guarde el último pedazo de tu postre favorito.
Que se dé cuenta de que algo te preocupa.
Que, si sabe que algo es importante para ti, no lo trate como si fuera una exageración.
Que te escuche para conocerte y no solamente para responderte.
… Eso es amistad.
… Eso es amor.
… Eso es familia.
Porque sentirse visto no significa que alguien tenga que adivinar absolutamente todo lo que necesitamos. Significa algo mucho más sencillo: **que existe un interés genuino por nosotros.** Por quién somos. Por lo que sentimos. Por lo que queremos. Por lo que nos importa. Y eso nos hace sentir valiosos, queridos, seguros, felices y en paz.
Y quizá aquí hay una pregunta que vale la pena hacernos.
No solamente:
**¿Me están viendo?**
Sino también:
**¿Estoy viendo yo realmente a las personas que amo?**
Porque a veces queremos ser escuchados mientras estamos contestando mensajes. Queremos que recuerden lo que dijimos, pero nosotros olvidamos lo que el otro nos contó. Queremos que noten cuando algo nos pasa, pero dejamos de preguntar.
Y entonces las relaciones pueden convertirse en un intercambio de necesidades no expresadas, cuando podrían ser espacios donde cada persona se sienta verdaderamente reconocida.
Cuando hay amor, estamos pendientes unos de otros. No significa estar vigilándonos ni estar disponibles todo el tiempo. Significa **estar presentes cuando estamos cerca y también cuando estamos lejos, buscando siempre la forma de hacernos sentir cerca.**
Porque al final, quizá una de las formas más bonitas de decirle a alguien “te quiero” no siempre sea llevarlo a un lugar extraordinario. A veces puede ser mucho más sencillo.
Puede ser levantarte.
Buscar con él sus lentes.
Y decirle, sin palabras:
**“Si esto es importante para ti, quiero ayudarte a encontrarlo.”**








