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Desde los inicios del movimiento feminista, para luchar por sus derechos, las mujeres tenían que estar hechas de una pasta especial: tener unas convicciones firmes, defenderlas con voluntad de hierro y abrirse camino a codazos en un mundo concebido por y para el sexo masculino. En ese contexto, las pioneras decimonónicas del movimiento fueron capaces de grandes logros, como en el caso de Martha Hughes Cannon: emigrante, esposa en segundas nupcias de un polígamo mormón, multiempleada, estudiante universitaria por las noches (y cuatro veces licenciada), médico, sufragista y primera senadora estatal de la historia de EEUU.

Este currículum, que parece brillante y lo es pero a costa de salvar una multitud de obstáculos a lo largo de su vida, ha hecho que el nombre de Martha Hughes Cannon bautice un ala del Hospital de Salt Lake City y el caucus de Utah, que se le hayan dedicado estatuas y placas, que su rostro haya salido en una tirada de sellos y que se haya convertido en personaje de una obra de teatro -posteriormente llevada al cine-, entre otros merecidos honores.

Estatua de Martha Hughes en Salt Lake City/Foto: Salt Lake Tribune

Nacida en Llandudno, Gales, en 1857, su familia emigró a EEUU porque aquélla era la tierra de promisión para la fe mormona, a la que se habían convertido sus padres. Así es que la pequeña Martha, con apenas tres años de edad, acompañó a sus progenitores y sus dos hermanas hasta Liverpool, donde se embarcaron para llegar a Nueva York en la primavera de 1860. Nada más llegar su madre dio a luz una nueva niña, todo un problema porque el padre estaba muy enfermo y aún tenían que atravesar el país para llegar a Utah, el estado donde se había instalado una importante comunidad de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Retrato de juventud de Martha/Foto: Utah State Historical Society

Y es que un líder mormón les había invitado a establecerse en el Valle de Salt Lake, así que unos meses después tomaron un tren que atravesó el país en esa dirección. Por el camino falleció la recién nacida y la siguió su padre al poco de llegar, en el otoño de 1861. La viuda -que sólo tenía veintiocho años- se volvió a casar para poder mantener a sus hijas. El nuevo padrastro, también viudo y con cuatro vástagos, resultó una bendición para Martha, pues sería él quien la animaría a estudiar en la Universidad y quien, aparte de cinco hermanos más, le dio un apellido (Paul) que ella usaría indistintamente junto con el de su verdadero padre.

Mattie, como la llamaban los demás, trabajó de maestra un tiempo pero al parecer no era capaz de imponer su autoridad a los alumnos mayores porque, al fin y al cabo, ella misma tenía catorce años, así que cambió la enseñanza por la tipografía en un par de periódicos. En uno de ellos, el Women’s Exponent, entabló amistad con Eliza Snow, una reputada poetisa que además formaba parte de la cúpula directiva mormona y que también la alentó a estudiar; medicina nada menos, ya que el legendario Brigham Young, aquel al que llamaban el Moisés estadounidense porque había guiado a los mormones a través del desierto para fundar Salt Lake City y que ahora era presidente de su Iglesia (antes había sido gobernador del territorio), recomendaba a las mujeres de su comunidad hacerse galenas para paliar la escasez que sufrían de profesionales de ese ramo.

Brigham Young en 1855/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Así fue cómo Martha se matriculó en la Universidad de Deseret. Tenía dieciséis años y trabajaba durante el día para asistir a clases nocturnas. Sacar la carrera debió ser duro pero consiguió licenciarse en Química en 1878, siendo elegida para hacer prácticas médicas en el seno de la Iglesia junto a otras tres graduadas, dos de ellas ya doctoras. Alternó dichas prácticas con la carrera de Medicina, para la que se matriculó en 1878 en la Universidad de Míchigan, de nuevo pagándose los estudios con distintos empleos en el campus: limpiadora de la residencia, secretaria de una compañera… En verano de 1880, con veintitrés años, consiguió licenciarse.

Eso no puso fin a su formación porque luego tuvo que realizar prácticas otra vez, primero en la misma Míchigan y luego en Filadelfia, donde era la única mujer entre setenta y cinco hombres. Paralelamente amplió sus estudios en farmacología, además de terminar una tercera carrera en la universidad de Pensilvania, Ciencias, y una cuarta en 1882, Elocución y Oratoria. Entonces regresó a Salt Lake City para abrir su propia consulta pero al poco tiempo fue contratada por el Hospital Deseret, que acababa de inaugurarse y necesitaba personal médico; Martha no sólo atendía pacientes sino que impartía clases a enfermeras.

Reconstrucción del antiguo Deseret Hospital, actual Museo Quilt/Foto: This Is The Place

Ese centro le proporcionó algo más que una profesión; también un marido. En otoño de 1884 se casó con Angus Munn Cannon, el superintendente, otro emigrante -en este caso inglés- y también de la misma religión. Lo singular fue que el matrimonio se celebró y mantuvo en secreto (no se lo comunicó ni a su madre) debido a que era ya la cuarta esposa de Angus. La tradición mormona aceptaba la poligamia y algunos la seguían practicando saltándose la Ley Morrill, que la había prohibido en 1862 (refrendada por la Corte Suprema en 1879), porque sus practicantes opinaban que era una cuestión de libertad religiosa, amparada por la Primera Enmienda de la Constitución. No obstante, el rumor empezó a extenderse y Angus terminó procesado y encarcelado.

Martha, que estaba ya embarazada, dio a luz a una niña y decidió irse del país para evitar testificar contra su esposo. Así que mientras él reincidía casándose por quinta vez, ella se embarcó para Inglaterra, quedándose en casa de un tío que tenía en Birmingham, aunque después se mudó con otros parientes de Wolverton, en Stratford-on-Avon. En ese período hay tres cosas que resaltan especialmente: una, la enfermedad de su hija; dos, las celosas cartas que enviaba al incorregible Angus, que inauditamente, durante su ausencia, se casó por sexta vez; y tres, la visita del hijo de éste, con el que recorrió varios países europeos.

Angus Munn Cannon en 1901/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

En 1887, considerando que el asunto judicial ya se habría enfriado, Martha retornó a EEUU. Para su sorpresa, Angus y su última consorte la estaban esperando. Pero ese mismo año se aprobó la Edmunds–Tucker Act, primer paso serio para acabar con la poligamia, que luego recibiría el tiro de gracia de manos del presidente Wilbur Wodruff con el Manifiesto de 1890, como parte de las condiciones impuestas a Utah para incorporarse como nuevo estado de la Unión (lo haría en 1896), y más tarde, en 1906, cuando el líder de la Iglesia Joseph F. Smith la aboliría amenazando con la excomunión a los que insistieran.

Pero la Edmunds–Tucker Act tenía más implicaciones de fondo. No sólo se pretendía poner fin a esa práctica -aunque no disolvía los matrimonios ya hechos- sino también acotar el poder casi omnímodo que los mormones tenían en Utah. Para ello, entre otras disposiciones, se proscribía el voto femenino, lo que llevó a las mujeres a organizar un movimiento de oposición a la medida; Martha fue una de sus impulsoras como presidenta de la Asociación de Mujeres Sufragistas de Utah, realizando una gira de conferencias por el país y conociendo a otras célebre sufragistas como Elizabeth Cady Stanton. Empezaban a cambiar los tiempos e incluso una mujer se había presentado candidata a la Presidencia de EEUU, Victoria Woodhull.

Las sufragistas de Utah; Martha es la del extremo superior izquierdo/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Curiosamente, a la vez que defendía el voto femenino también abogaba por la poligamia, al opinar que proporcionaba más libertad a la mujer que siendo esposa única. Ahora bien, animaba a todas a buscar un horizonte más allá de su función como amas de casa; en sus propias palabras: “Dame una mujer que piense en algo más que cocinar, lavar al bebé y su ropa, y te mostraré, nueve veces de cada diez, a una madre exitosa”. Su lucha, que compatibilizaba con el trabajo en el hospital, permitió que en 1896 se restaurase el voto femenino en Utah cuando pasó a ser el 45º estado de la Unión.

Es más, ella misma se presentó candidata por el Partido Demócrata y obtuvo la elección, convirtiéndose en la primera senadora de su estado por el condado de Salt Lake. Irónicamente, uno de los candidatos republicanos a los que derrotó era su marido, lo que provocó la rechifla general, con ácidos artículos recomendándole a Angus que se ocupara de las tareas del hogar y dejara a su esposa la política como “el mejor hombre de los dos”.

Los miembros del Senado Estatal de Utah en 1897; Marha es la primera mujer por la izquierda/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

En su primer mes en el Senado de Utah, Martha llegó a presentar tres proyectos de ley, uno de los cuales, el primero, estaba dirigido a establecer la obligatoriedad de la educación de los ciudadanos con discapacidades visuales, auditivas y mentales, la llevó a ser nombrada directiva de una escuela creada ad hoc, impulsando luego la fundación de un hospital especializado en ese tipo de pacientes. El segundo proyecto de ley era para proteger la salud de mujeres y niñas en el trabajo imponiendo un descanso durante la jornada laboral. El tercero permitió la creación de la Junta Estatal de Salud, de la que fue miembro.

Pero su labor política no se detuvo ahí, apadrinando más leyes: vigilancia sanitaria de los alimentos, cualificación del personal sanitario para evitar el intrusismo… Creó una comisión para el control de enfermedades contagiosas y, ante la extensión de la viruela, fomentó la difusión de vacunas prohibiendo que los niños no vacunados asistieran a clase, amén de otras normas no siempre bien vistas por los dirigentes mormones. A la par, seguía impartiendo conferencias feministas, siendo invitada al 50º aniversario de la convención de Seneca Falls en Washington D.C.

Martha en 1917/Foto: Utah State Historical Society

Martha no quiso renovar el cargo de senadora porque dio a luz a su tercer hijo, aunque siguió en la Junta de Salud hasta 1903 trabajando en combatir la tuberculosis. De hecho, en 1904 alcanzó la vicepresidencia del Congreso Nacional sobre dicha enfermedad, lo que la obligó a mudarse a California, pasando a trabajar en el Selwyn Emmett Graves Memorial Dispensary. Su marido falleció en 1915 y si bien ella se había quedado en Los Ángeles, cuando murió en 1932 se trasladó el cuerpo al cementerio de Salt Lake City, para que ambos reposaran juntos.