Este 11 de marzo de 2021 se cumplen 10 años de la tragedia que conmocionó a Japón y al mundo.

 Diez años después de que un gran tsunami arrasara la costa este de Japón e hiciera fallar los sistemas de seguridad de la central nuclear Daiichi de Fukushima, la población japonesa sigue tratando de volver a la normalidad 

 La cadena de acontecimientos que se produjo aquel 11 de marzo al mediodía a raíz de un intenso terremoto de magnitud 9 en la escala Richter más  de 18,000 muertos y un panorama desolador que pondría en tela de juicio la seguridad de la energía nuclear en todo el mundo.

“Una de las principales lecciones de Fukushima es que aquellos que regulan el uso de esta energía deben actuar de forma independiente y contar con los recursos adecuados”: Rafael Grossi, director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA)

BBC/Infobae

Un potente terremoto al que le siguieron un demoledor tsunami y uno de los accidentes nucleares más graves de la historia, terminaron cobrándose la vida de casi 20,000 personas.

En Fukushima, la vida cambió para siempre y sus habitantes tuvieron que abandonar sus hogares en busca de un refugio seguro alejados de la peligrosa radiación emitida tras el accidente ocurrido en la central nuclear de Daiichi.

Otros perdieron sus viviendas, que quedaron reducidas a escombros tras el impacto de potentes olas que alcanzaron hasta 17 metros de alto.

 

Fukushima trata de volver a la normalidad

 

Diez años después de un desastre que hizo peligrar la energía nuclear se siguen detectando partículas altamente radiactivas, sin embargo no hay indicios de un aumento de los casos de cáncer.

A pesar de que el sistema de seguridad de la planta respondió adecuadamente tras el seísmo –al contrario de lo que sucedió en Chernóbil en 1986–, las olas de unos quince metros de altura golpearon la central y provocaron inundaciones que llevaron a tres fusiones nucleares y a la liberación de grandes cantidades de contaminación radiactiva.
Ahora, una década después, los científicos siguen hallando nuevas partículas que podrían revestir una alta peligrosidad para la población y que habrían sido liberadas por uno de los reactores de la planta de Daiichi, que colapsó ante el accidente.
Según un nuevo estudio publicado por la revista científica ‘Science of the Total Environment’, el hallazgo de estas nuevas partículas ayudará a conocer mejor el escenario de la catástrofe para obtener información sobre las condiciones atmosféricas en el momento en que explotaron los reactores. El objetivo es determinar así las posibles consecuencias a largo plazo sobre la salud.

A diferencia del accidente de Chernóbil, las partículas liberadas en Fukushima fueron vertidas principalmente al mar y no a la atmósfera, lo que podría disminuir considerablemente el riesgo sanitario. No obstante, esto ha hecho del sector pesquero una de las principales víctimas de la catástrofe en términos económicos y laborales.
Cientos de pescadores de la zona esperan que, con la primavera, vuelva la normalidad y la industria pueda recuperarse finalmente del duro varapalo. El primer año tras el seísmo más de la mitad de los ejemplares pescados presentaban altos niveles de un isótopo radiactivo del cesio y excedían el baremo fijado a nivel nacional.

Las pescaderías locales esperan este año reanudar finalmente sus operaciones a gran escala, especialmente a partir del próximo mes de abril y a pesar de que numerosos miembros de la industria han expresado su preocupación al respecto. Los residuos radiactivos no ayudan: el Gobierno tiene previsto liberar más de 1 millón de toneladas de residuos tratados al mar.
Takashi Niitsuma, director de la Asociación de Pescadores japonesa, ha recalcado en declaraciones al diario ‘The Japan Times’ su fuerte oposición a la liberación de lo que considera “agua contaminada” en un momento en que el sector parece ver al fin la “luz al final del túnel”.
Las labores de pesca no se reanudaron frente a las costas de Fukushima hasta junio de 2012, pero los pescadores han tenido que volver a granjearse su credibilidad entre la población local, reacia a comprar pescado desde la catástrofe.

Lección de una catástrofe

El accidente nuclear de Fukushima ha puesto de manifiesto la importancia de establecer estándares de seguridad a nivel nacional e internacional, así como directrices para una energía nuclear segura.
En 2011 nadie predijo que un tsunami inundaría la central nuclear y provocaría un completo apagón que haría que los generadores de emergencia y los paneles eléctricos quedaran totalmente inservibles bajo el agua.
Fue así como, ante la catástrofe, las autoridades niponas, que han sido acusadas de no reaccionar de forma suficientemente rápida, tuvieron que hacer uso de las baterías de decenas de vehículos para obtener una fuente de energía viable en un intento por controlar la situación.
El director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), Rafael Grossi, ha destacado que el desastre nuclear ha permitido, a pesar de todo, tomar medidas a nivel mundial para avanzar hacia una mayor seguridad.

Esto ha fomentado, tal y como ha explicado, el análisis y la mejora de numerosos reactores en todo el mundo y ha llevado a la realización de controles de calidad llevados a cabo, incluso, con la supervisión de la propia agencia. Además, los expertos han concluido que, ante posibles tsunamis, deberán colocarse sistemas de seguridad a mayor altitud para proteger las instalaciones de inminentes inundaciones y garantizar la operatividad de los sistemas.
La catástrofe de Fukushima ha logrado, en este sentido, que se produzca una mejora de las medidas de seguridad y de las normativas vigentes al respecto. “Una de las principales lecciones de Fukushima es que aquellos que regulan el uso de esta energía deben actuar de forma independiente y contar con los recursos adecuados”, ha manifestado.
Así, Grossi ha hecho hincapié en que una “normativa de seguridad en el marco de la AIEA es de vital importancia”. “La seguridad nuclear no es un fin en sí mismo, es el medio para lograr un fin”, ha matizado antes de destacar que esta es la “clave de la expansión de la energía nuclear” a pesar del retroceso sufrido.
Philippe Jamet, de la Autoridad de Seguridad Nuclear de Francia, ha manifestado por su parte la importancia de contar con un plan que permita establecer “medios de transporte adecuados para acceder a las zonas afectadas con el personal necesario entrenado para hacer frente a este tipo de situaciones”.
Las nuevas medidas de seguridad ya han comenzado a implementarse en un intento de eliminar cualquier posibilidad de que se produzca algún tipo de vertido o fuga a causa de incidentes similares. En palabras de Javier Yllera, alto cargo de Seguridad Nuclear de la AIEA, las nuevas plantas están diseñadas, precisamente, “para contrarrestar la posibilidad de que se produzcan graves accidentes”.

Sin indicios de un aumento de los casos de cáncer

Aunque la comunidad científica sigue investigando el impacto de la contaminación radiactiva en Japón, el Comité Científico de la ONU para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) sostiene que no existen indicios suficientes para corroborar que el desastre de Fukushima haya provocado un aumento del riesgo de padecer cáncer entre la población japonesa.
Tal y como señala en un informe, la radiación de la planta nuclear que fue alcanzada por el tsunami no ha supuesto estadísticamente un aumento de padecer algún tipo de enfermedad oncológica “más allá de lo normal”.
Los científicos han resuelto así que el aumento del cáncer de tiroides detectado en un mayor número de niños durante la última década no está vinculado al aumento de la radiación en Fukushima. Para ello, han argumentado que en otras zonas y países con menor exposición a la radiactividad se ha registrado también un aumento de este tipo de cáncer.

Para la ONU, el evento supuso una catástrofe, pero “no una de radiactividad”, aunque los hallazgos obtenidos no permitan descartar por completo que exista un mayor riesgo de padecer cáncer a raíz del accidente en Japón, que se prepara este jueves para conmemorar de nuevo a las miles de víctimas de la catástrofe.

El accidente nuclear de Fukushima en Japón fue el peor desde el desastre de Chernóbil en 1986.

El tsunami causó fallas en la planta nuclear y la liberación de contaminación radioactiva.

Pero más allá de las víctimas directas del accidente nuclear, fue una decisión de las autoridades japonesas la que causó más de 1,280 muertes adicionales. Y esos fallecimientos no se debieron a la radiación sino al frío.

Eso es lo que afirman en un artículo investigadores del IZA, el Instituto de Economía Laboral de Alemania, según los cuales el caso de Fukushima incluye una lección vital para los gobiernos de todo el mundo.

 

PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN

 

El artículo se titula “Cautela con el Principio de Precaución: la evidencia del accidente nuclear de Fukushima Daiichi”.

“Una definición generalmente aceptada del Principio de Precaución es que determinadas actividades no deben realizarse si la amenaza de daños potenciales no se comprende por completo”, explicó a BBC Mundo uno de los autores del artículo, Matthew Neidell, investigador del IZA y profesor de la Escuela de Salud Pública y Administración de la Universidad de Columbia en Estados Unidos.

Tras el accidente nuclear en Fukushima, la mera posibilidad de un apocalipsis radioactivo en un país traumatizado por dos bombas nucleares provocó una decisión drástica.

Todas las centrales nucleares del país, que eran responsables del 30% de la electricidad consumida a nivel nacional, se cerraron en poco más de un año.

“En el plazo de 14 meses después del accidente la producción de energía nuclear cesó totalmente en Japón“, señaló Neidell.

“Y esa reducción en la producción de energía nuclear fue compensada con un aumento en la importación de combustibles fósiles. Eso llevó a su vez a un incremento en el precio de la electricidad hasta del 38% en algunas regiones”.

Y en ese aumento de precios, según Neidell, está la clave para comprender las muertes adicionales.

Muertes por frío

 

Neidell y sus colegas señalan que el apagón nuclear y el aumento en el precio de la electricidad llevó a una reducción del consumo de energía eléctrica, del que muchas personas dependían para calentarse.

La gente encendió menos la calefacción y eso generó muertes por enfermedades vinculadas a la exposición al frío, según los investigadores.

Entre 2012 y 2013 se registró una caída en el consumo de electricidad de hasta el 8% con una media del 4.9% en los meses de invierno.

Los autores establecieron una correlación mediante modelos matemáticos y estiman que el cese de la energía nuclear provocó hasta 1,280 muertes en las ciudades analizadas, que representan un 28% de la población total de Japón, por lo que la cifra total sería varias veces mayor.

“Usamos modelos econométricos para vincular el aumento de la mortalidad con los cambios en los precios de electricidad y excluimos otros factores que podrían haber llevado a muertes adicionales”, afirmó Neidell.

La principal lección

 

“No hay muertes que hayan sido atribuidas directamente a la exposición a la radiación, pero algunos estudios hablan de 130 muertes”, afirma el artículo.

“Se estima también que 1,232 muertes fueron resultado de la evacuación después del accidente”, se agrega.

Neidell señaló a BBC Mundo que en sólo 4 años, “las muertes debido al aumento en el precio de la electricidad superaron probablemente a las muertes derivadas del accidente nuclear”.

Pero los altos precios de la electricidad continuaron más allá del estudio, “por lo que es casi seguro que cesar la producción de energía nuclear contribuyó a más muertes que el accidente mismo“.

El caso de Fukushima demuestra que las decisiones de política energética pueden tener graves consecuencias en la salud y vida de las personas.

“Debemos recordar que el Principio de Precaución hace que nos centremos sólo en los posibles riesgos de una acción”, dijo Neidell a BBC Mundo.

“Pero ese principio no tiene en cuenta que la alternativa, en este caso no proseguir con la energía nuclear, también puede ser peligrosa“.

De acuerdo a Neidell, es crucial tener en cuenta que “algo que abandonamos por precaución será reemplazado por otra opción, pero esta alternativa también tiene sus propios riesgos”.