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Mariel Serrano
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en las últimas cinco décadas, la diversidad religiosa en México ha cambiado de forma significativa. En 1970, el 96.2% de la población se identificaba como católica, mientras que para 2020 este porcentaje descendió a 77.7%, lo que evidencia una transición en el panorama espiritual del país.
Por un lado, el crecimiento de iglesias evangélicas y protestantes destaca dentro de este proceso, al pasar de 7.5% en 2010 a más del 11% en la actualidad, con mayor presencia en zonas urbanas periféricas y regiones del sur.
Por otro lado, el grupo de personas sin religión también ha mostrado un incremento importante, alcanzando el 8.1% de la población, además de quienes se consideran creyentes sin pertenecer a una institución formal.
En Puebla, el catolicismo continúa siendo mayoritario, con un 84.3% de la población que se identifica con esta religión, cifra superior al promedio nacional.
No obstante, en municipios como Puebla capital, San Andrés y San Pedro Cholula, el porcentaje de personas sin religión ha crecido hasta el 7%, impulsado principalmente por jóvenes y sectores universitarios.
En contraste, regiones como la Sierra Norte y la Mixteca poblana han registrado un aumento en la presencia de iglesias evangélicas y pentecostales, que superan el 10% en algunas comunidades.
Este comportamiento muestra que, aunque el estado mantiene un arraigo tradicional, también forma parte de la transformación nacional en materia religiosa. Especialistas señalan que la urbanización, la movilidad social y la desconfianza en instituciones han influido en la diversificación de creencias.
Asimismo, destacan que las nuevas generaciones tienden a construir su identidad espiritual de manera más individual, alejándose de estructuras tradicionales.
Además de la afiliación, se ha registrado una disminución en la práctica religiosa, con menor asistencia a templos y una participación más limitada en rituales, tendencia que se intensificó tras la pandemia.
La diversidad religiosa en México confirma una transformación profunda en la forma en que la población vive y entiende la fe, mientras que estados como Puebla reflejan este cambio con matices propios entre tradición y nuevas expresiones espirituales.








