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Luz Ma Dollero Anaya
No existen emociones buenas o malas; simplemente se sienten. Algunas son agradables y otras incómodas, pero todas dicen algo de nosotros.
Los seres humanos somos complejos y, en cualquier relación, inevitablemente aparecen diferencias, malentendidos y heridas. Quizá el verdadero reto no sea evitarlos, sino aprender a no irnos a los extremos: ni explotar impulsivamente y lanzar palabras que lastimen a cualquiera que esté enfrente, ni callarnos todo por miedo al abandono, al conflicto o esperando eternamente el momento perfecto para hablar.
Existe una técnica de comunicación no agresiva que propone tres pasos simples: decir el hecho (“cuando pasó esto…”), expresar la emoción (“yo me sentí…”) y comunicar la necesidad (“yo necesito…”). Siempre desde el “yo” y no desde el “tú”. Porque no es lo mismo decir “me sentí ignorado” que “tú nunca me escuchas”.
Aun así, expresarse asertiva y respetuosamente no garantiza que el otro esté listo para entenderte. Y quizá ahí está una de las partes más difíciles de cualquier vínculo: tener la suficiente apertura para escuchar lo que el otro siente sin convertir la conversación en una guerra sobre quién tiene la razón.
Hay una frase que muchos atribuyen a Einstein: “Cuando alguien habla con enojo, probablemente llevaba tiempo queriéndolo decir”. No importa demasiado quién la escribió. Tal vez sea cierta en parte, porque el enojo suele sacar emociones acumuladas que llevaban mucho tiempo buscando salida. Pero también hay que tener cuidado: no todo lo que se dice desde la rabia es completamente verdad. A veces el dolor exagera, distorsiona o hiere más de lo que realmente quiere expresar.
Por eso, sentir enojo, frustración o decepción no está mal. Lo importante es no convertir una emoción momentánea en una conversación definitiva. A veces hace falta detenerse, respirar un poco hacia dentro y preguntarse también qué parte propia existe en la situación, qué responsabilidad toca asumir y si realmente se está dispuesto a aceptar lo que puede cambiar después de decir lo que se siente.
Quizá por eso la obra Autorretrato con collar de espinas de Frida Kahlo resulta tan poderosa. A veces, dentro de una relación, comienza a tejerse lentamente un collar invisible de espinas: palabras no dichas, heridas acumuladas, silencios que pesan, emociones contenidas por demasiado tiempo. Y mientras más se aprieta, más hiere y asfixia.
Alzar la voz entonces no siempre significa atacar o faltar al respeto. Cuando todavía existe interés, conexión y amor, hablar y tratar de entender la perspectiva del otro puede permitir crecer, reparar y seguir caminando juntos. Expresar lo que duele también puede ser una forma de cuidado propio. Sin embargo, hay relaciones donde el collar continúa apretando incluso después de haber hablado, y cuando el dolor ya no permite respirar, quizá lo más sano no sea seguir soportándolo, sino quitarse el collar… e irse.
Porque comunicar no debería ser destruir al otro para desahogarse, sino intentar construir un puente donde ambos puedan sentirse vistos, escuchados, comprendidos y amados.
Te acompaño a vivir la vida que quieres y brillar,

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