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Pronóstico de caída interanual del PIB en 2020 según el Banco Mundial
Además de los fallecidos, Covid-19 ha dejado otras víctimas en Latinoamérica: millones de nuevos pobres y desempleados, negocios cerrados y más precariedad laboral. De México a Argentina, empresarios y trabajadores cuentan cómo tratan de salir adelante
El País
Las otras víctimas de la crisis del coronavirus en América Latina, las que han dejado tanto el virus como las consiguientes medidas para manejar la emergencia sanitaria: las economías de la región, mismas que están en cuidados intensivos.
El freno a la actividad de consumo cotidiana, el cierre de fronteras y la caída del turismo mundial están enviando a millones de latinoamericanos a las listas del desempleo o han precarizado aún más sus trabajos.
Gracias al margen de maniobra que les otorgó la tardía llegada de la pandemia, muchos Gobiernos fueron rápidos en la toma de medidas para tratar de evitar el colapso de sus sistemas de salud. Las estadísticas muestran cómo afectaron de forma profunda e inmediata a la dinámica laboral habitual, particularmente en los grandes núcleos urbanos.
A diferencia de lo que sucedió en Europa o los países más ricos de Asia, tanto los contagios como las cuarentenas operan en un contexto de elevada vulnerabilidad.
Y en una región con altas tasas de pobreza e informalidad laboral, la mayoría de habitantes se queda fuera de las redes de seguridad social.
La pandemia destruirá ingresos en toda Latinoamérica: Cepal
El economista y ex ministro colombiano José Antonio Ocampo habla ya de una posible “década perdida” para América Latina, al sumar los efectos de la crisis del coronavirus con los cinco años anteriores de crecimiento débil, en los que se dio marcha atrás a la gran reducción de la pobreza de principios de la década pasada.
La solución, apunta, pasará por que los gobiernos le apuesten a un mayor gasto público. “Tiene que haber más gastos en salud, en materia de apoyo a los hogares pobres y vulnerables y al empleo. Y hay que hacer una política para apoyar a las pequeñas empresas con subsidios de empleo o créditos de los bancos de desarrollo que les permitan capitalizarse durante la reactivación”, añade.
La pobreza subirá en AL por la pandemia, sobre todo en México
Pero en el corto plazo, y con Latinoamérica aún en el epicentro de la pandemia, el debate sobre cómo puede operar la economía cotidiana, la del día a día, mientras convive con el virus, se vuelve fundamental. La pregunta es cuáles son las medidas óptimas para que cada lugar minimice al mismo tiempo el contagio y el impacto en las vidas de millones de personas. La respuesta tiene necesariamente que pasar por escuchar las historias de los trabajadores y empresarios que tratan de sobrevivir en medio de la crisis.
Malos augurios de parte de la Canirac
La Cámara Nacional de la Industria Restaurantera de México ha calculado que 1 de cada 4 restaurantes podría cerrar por el impacto de la pandemia, un fuerte golpe para un sector que, antes de esta crisis empleaba a 2.1 millones de personas en el país. “Estamos en una agonía y muchos de nosotros puede ser que terminemos en la muerte”, afirma Carlos Weinberger. Según dice, todos los dueños de restaurantes con los que habla están igual. “Nos están intubando y a ver cuántos salen vivos, más o menos como el coronavirus”.
A Carlos Weinberger lo que le mata es la incertidumbre, el no saber qué sucederá mañana. Sentado en un silla de la terraza vacía de Entrevero, uno de los cuatro restaurantes que regenta su familia en Ciudad de México, el empresario uruguayo de 60 años que llegó a México como exiliado en 1976, dice que las crisis no les son ajenas a los latinoamericanos, que aprenden a vivir con los altibajos de la economía.
“Pero esta vez es mucho más complicado. Le tenés que sumar la crisis humanitaria”, advierte. “Es una incertidumbre total hacia el futuro que no sabés cuándo va a cambiar, cuándo va a regresar un ingreso normal con el que podamos sobrevivir todos: los dueños del restorán, los empleados, quien renta la propiedad… En fin, la economía en general”.
Tras permanecer más de tres meses cerrados al público por el coronavirus, sus restaurantes reabrieron en julio, cuando Ciudad de México implementó el semáforo naranja que permitía que los locales de comida funcionaran al 30% de su capacidad, con un horario limitado hasta las 10 de la noche y una ocupación de no más de cuatro personas por mesa. Esas restricciones, sumadas al miedo de los clientes a contagiarse al comer fuera de casa y su menor capacidad de consumo por la crisis, han hecho que sus negocios tengan solo entre el 15% y el 35% de los ingresos previos a la pandemia.
El restaurante Entrevero estaba en un lugar privilegiado, delante de la pintoresca plaza de Coyoacán, que ahora está precintada con cinta amarilla para evitar que la gente camine entre los árboles o se siente en los bancos. Sin paseantes casi no hay clientes, pero los gastos del negocio, como el alquiler del local y los impuestos, se mantienen fijos. “A nivel gubernamental hay cero apoyo. Te siguen cobrando absolutamente todos los impuestos. Si no los pagas, te caen. Te cobran intereses, multas… No hay un interés con la gente trabajadora y con los negocios pequeños como estos que generan la mano de obra”, lamenta.
Sus cuatro restaurantes tenían antes de la crisis cerca de 120 empleados. No despidieron a ninguno, pero al menos diez se fueron para buscarse otras fuentes de ingresos. Para los que quedan, el trabajo no tiene nada que ver con el de antes de la pandemia.
Cocineros, camareros y limpiadores se dividen en dos turnos que trabajan en días alternos. Como los lunes cierran, la jornada laboral se ha reducido a tres días y tienen que salir adelante con menos de la mitad de lo que ganaban antes de la pandemia. “Los ingresos han bajado como un 60%”, asegura José Luis Espinosa Soberanes, un joven de 30 años que pagaba su carrera de Comunicación con lo que ganaba limpiando el restaurante. “Ahora lo que gano acá es lo que sigo aportando para mi casa, pero en lo académico me va a afectar. No he podido comprar libros”.









