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 Cuenta la madre de Pedro Almodóvar, Francisca Caballero, quien hasta el día de su muerte le reclamó que no usaba su apellido, que su hijo, a los 10 años, guardaba las figuritas que venían en los chocolates. Entre ellas, sobresalía una de Ava Gardner, la actriz estadounidense de Mogambo y La condesa descalza. “Igual que Ava Gardner seré yo”, le dijo Almodóvar a su madre. Teniendo la convicción de que, sin saber cómo, viviría una vida entre camarines y sets de cine. Paquita, como le llamaba su hijo, es una presencia central para comprender el esqueleto y carne de las películas del director español que, más allá de mirar y homenajear en sus obras a directores como Alfred Hitchcock, Douglas Sirk, John Cassavetes y Rainer Werner Fassbinder, consiguió construir un cine que solo se parece al suyo. Donde conviven las obras de teatro de Tennesse Williams con la movida madrileña; prostitutas travestis con monjas que consagran su vida a Dios; romances gay con las corridas de toros; drag queens que explotan en el escenario con la soledad de los cuadros de Edward Hopper. Paquita, quien reiteradas veces apareció en plano en las películas de su hijo, no solo fue su primera musa, también le enseñó el hilo invisible que une la ficción con la realidad. Cuando Pedro era niño y vivía en el pueblo de La Mancha, acompañaba a su madre a leerle las cartas que le mandaban los parientes a sus vecinas. En esa tarea consistía su cálido trabajo. Pero su trabajo era mucho más detallista: Paquita no leía en voz alta lo que estaba escrito en las hojas cuando rompía cada sobre.

Decidía transmitirles lo que cada persona necesitaba escuchar. Tal vez un “te extraño” o la simple consideración de preguntar por un problema de salud, o de mandar un beso a una tía lejana que para el destinatario era importante. Palabras inventadas que, además de alegrar por días o semanas a una vecina, lograban que personas que se encontraban a miles de kilómetros se acerquen a través de su voz. Paquita conocía cada vínculo, así que también decidía qué frases agregar a la carta que las vecinas le dictaban. Pedro Almodóvar descubrió a su madre mentir y al salir de una de esas casas le preguntó por qué las engañaba. “¡Has visto lo contenta que se ha puesto!”, le contestó entusiasmada. La respuesta de su madre, y la cara de cada una de esas personas que sonreían al escuchar lo que deseaban oír, le marcaron el sentido de su futura profesión, y el tono de las películas que aún no tenía en mente. La equilibrada relación entre realidad y ficción. Pedro Almodóvar se crío observando a las mujeres de su pueblo, en particular a su madre tan amada que hasta tenía en el cine de su hijo a su alter ego: la actriz Chus Lampreave. Arquetipos que trasladó a sus películas con diferentes zapatos, peinados y recuerdos que las definen.

 Aferrándose a ellos como al aire que respiran o exigiendo su derecho a olvidar. Fusionando esa infancia bucólica con el acelerado pulso nocturno de Madrid a principios de los años 80. Saltando de la comedia alocada al melodrama, del thriller a una profunda historia de amor, acompañado siempre por su hermano y productor Agustín Almodóvar. Dándole protagonismo al deseo a través de personajes rotos, mujeres, hombres, chicas y chicos trans, que, a pesar de tener vidas desgraciadas o correr el riesgo de perderlo todo, gozan de la libertad de decidir sobre sus cuerpos.

A mediados de los 80, Almodóvar conoció personalmente a Andy Warhol. Uno de los productores de Entre tinieblas y ¿Qué hice yo para merecer esto? había comprado varios cuadros del artista conceptual pop, y realizó una muestra en su casa, haciéndole, durante varias noches, una fiesta en su honor. Todos los días lo presentaban a Almodóvar ante el homenajeado como el “Warhol español”. A la sexta vez que se lo presentaron, Warhol le preguntó por qué lo apodaban así. Almodóvar le respondió que seguramente porque en sus películas había muchas travestis. Contestación que tiene mucha verdad: desde sus inicios hasta sus últimas películas, aunque de modo diferente, el colectivo trans estuvo presente a través de distintos personajes. Y siempre desde una óptica cómplice y jamás burlona o estigmatizante.

 El cine de Almodóvar es queer por tener esa mirada, respetuosa pero no pacata. Llevando a la pantalla grande el clima festivo de un monólogo sobre las siliconas, el ritmo de un vallenato en el patio de una cárcel, o la dedicación minuciosa con la que una drag queen se abotona el corset y se ensancha las caderas para transformarse en una reconocida cantante de boleros antes de realizar la performance arriba del escenario. Una receta muy alejada de Hollywood que Almodóvar consiguió, sin entregarle el alma al diablo, que llegue hasta los rincones más conservadores. Y el consejo de no vender su alma al diablo, caer en Hollywood, se lo dió Billy Wilder en persona. Logrando incluso que los miembros de la Academia del Oscar elijan a Todo sobre mi madre como mejor película extranjera en el año 2000. El director español aclaró hace muchos años que su objetivo no es transgredir, porque la transgresión implica un respeto y una consideración a la ley que él no tiene. Su intención no es infringir una norma cualquiera sino conseguir que se impongan sus personajes y su comportamiento.

 “Es uno de los poderes y también uno de los derechos del cineasta”, dijo. Almodóvar edificó un universo donde las reglas están escritas por la institución del amor. Ni la Iglesia ni el sistema educativo. Tampoco la Constitución o el código penal. Una de las características de su cine es que las familias rompen con el modelo tradicional para abrir otras formas de vínculos y agrupación. “Una familia puede estar compuesta por padres separados, travestis, transexuales y monjas enfermas de sida”, le dijo Almodóvar a Ratzinger cuando era Papa, furioso con la idea de que nos impongan una sola forma de familia. Esa postura la volcó en su cine con inteligencia y sensibilidad: en La ley del deseo (1987) la tríada poderosa estaba conformada por un hombre, su hermana trans y su pequeña hija; Entre tinieblas (1983) presentaba una mujer religiosa que tenía una familia compuesta por un cura y un tigre; Tacones lejanos (1991) tenía una protagonista que quedaba embarazada del hombre que se travestía algunas noches para interpretar en un show a su madre, la cantante Becky del Páramo; en Todo sobre mi madre (1999), el personaje encarnado por Cecilia Roth asumía la maternidad de un bebé recién nacido, engendrado por una monja y una travesti.

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