🎧 Usa el reproductor para escuchar esta nota
La vida de uno de los más grandes productores de cine y la de Salts, el famoso felino de la MGM, tienen puntos en común: dos historias de dificultades, aventuras y éxito
Especial Infobae
Cuenta la leyenda –o la fábula– que dos leones tenían una cita casi imposible. Los separaban 27 años y casi diez mil kilómetros. Mientras uno esperaba en Los Ángeles, Estados Unidos, el otro estaba en Varsovia, Polonia, en aquel tiempo parte del Imperio Ruso. El león de América no era dueño de sus movimientos: estaba enjaulado. El otro debía crecer… Nacido como Szmuel Gelbfissz el 17 de agosto de 1879 y el mayor de seis hermanos de una familia de judíos jasídicos, no tardó en comprender que el trabajo de su padre, vendedor de muebles usados, no abriría puertas doradas, de modo que apenas a sus once años, y a pie, emprendió un camino digno de Ulises: llegar a Londres, donde los Gelbfisz tenían parientes, y forjarse un destino menos oscuro. Los mil cuatrocientos cincuenta kilómetros que unen –o separan– Varsovia de Londres fueron, para el niño, una previsible peripecia: hambre a veces, maltrato otras veces, indiferencia casi siempre, y cada tanto, algún gesto de piedad. Sus parientes le impusieron un toque british a su apellido: fue Szmuel (luego “Samuel”) Goldfish. El pez de oro… Con techo y un plato de comida asegurado, se empleó en una herrería y empezó guardar algunas libras en su bolsa –tenía ya 19 años y una idea fija– para llegar a los Estados Unidos. En realidad, a Nueva York.

Que –según oyó asombrado– desde 1883 tenía un puente gigante, una estatua con antorcha, y un punto mágico (Ellis Island) abierto a miles, millones de inmigrantes corridos por el hambre, las guerras, y otros jinetes del Apocalipsis… Un barco lo llevó a Canadá. Pasó por Manhattan. Fue uno más en la muchedumbre de polacos, rusos, italianos, chinos. Recaló en Gloversville, norte del estado de Nueva York. Los guantes estaban de moda. Dato acaso menor. Pero no para su olfato. Se empleó en una fábrica de ese toque de distinción y seducción (remember los negros de Rita Hayworth en Gilda), pronto pasó a la sección Ventas, y a los 24 años recibió el diploma de Vendedor Estrella… ¿Only in América? Sí. Pero no para todos… Una tarde, curioso, se metió en un nickelodeon, una sala de cine. Vio una película muda. Y empezó su marcha hacia la cita con el otro león… ¡Los Ángeles! ¡Hollywood! La Tierra de los Sueños para muchos, La Tierra de los corazones destrozados para muchos más, devorados por el cine. Astros y estrellas: brillo de primera magnitud… o dolorosos eclipses. Pero la Dama de la Adversidad ignoraba quién era Samuel Goldfish. Pronto fue al grano. Casado desde 1910 con Blanche Lasky, hermana de Jesse L., productor teatral, fue quien lo convenció de entrar en el negocio de la pantalla de plata.Contrataron al todavía desconocido dramaturgo Cecil B. DeMille…, se largaron al salvaje oeste, y sabiendo poco y nada de cine, filmaron The Squaw Man: un largo de 87 minutos sobre un caballero inglés que se casa con una india norteamericana. Debut de Cecil como director de cine y preludio de una carrera fulgurante, no fue menos para el dúo Goldfish–Lasky: impensado éxito que los llevó a una fusión con la compañía Famous Players, del productor húngaro Adolph Zukor… y con la gran estrella Mary Pickford, llamada La novia de América: una canadiense precursora de Jean Harlow y Joan Crawford, nada menos.

El cielo. Pero no para Samuel, el nómade del dinero: renunció a Famous…, y vendió su inversión de 7.500 dólares, ¡en 90 mil! Con ese dinero, Lasky, Zukor y un tercer socio fundaron la Paramount Pictures…, pero reconociendo que el cerebro de la primera puntada fue Samuel Goldfish. El hombre de los mil pasos. Del movimiento perpetuo. Que no tardó en formar una nueva compañía con la notable familia teatral Selwyn. De “Gold” y “Win” nació no sólo el nombre definitivo de Samuel: también Goldwyn Pictures. Pero no sin problemas: al expandirse, el gran caminante polaco se enfrentó con sus socios, con los inversores –que pidieron su cabeza–, y partió. No sin advertirles: –Prefiero ser el lobo solitario de la industria, y sus cazadores. Y no le fue mal en esa selva: vendió sus acciones. Compradas por Metro, y luego de una compleja red de fusiones –verdaderas batallas con sangre verde– nació la Metro–Goldwyn–Mayer. La colosal MGM… Pero expulsado una vez más y muy rápidamente, celebró su independencia definitiva: en los siguientes treinta y cinco años fue el Gran Jefe de su propia compañía: un pequeño estudio especializado en películas de alto costo, gran calidad, y actores en la cumbre: Ronald Colman, Eddie Cantor, Gary Cooper, David Niven, Dany Kaye, Pola Negri, Will Rogers, Rodolfo Valentino…, con otra fuente de ganancias: prestarles sus estrellas a otros productores. Y no escatimó una moneda a la hora de buscar guionistas. Por caso, Thornton Wilder, Elmer Rice, Ben Hetch, los Mankiewicz (Herman y Joseph) … Entretanto, su segunda mujer, Frances Howard, rastreaba en los teatros de Broadway nuevas figuras para su insaciable marido, fanático, obsesivo, feroz controlador de cada paso de un film, y creador de un sistema de producción que muchos imitaron: pequeñas unidades de trabajo supervisadas por un solo productor creativo, pocas películas por año, y todas… ¡clase A! Así nacieron sus títulos–bandera: Sin novedad en el frente, La calle, Ángel en tinieblas, Cumbres borrascosas, La loba, Porgy and Bess, y Lo mejor de nuestra vida. Que, dirigida por William Wyler en 1946, fue el único Oscar para Samuel entre ocho nominaciones.











