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Tres décadas después de la caída del muro de Berlín, las dos superpotencias del siglo XXI parecen lanzadas hacia una nueva guerra fría
El País
Estados Unidos y China avanzan en una espiral de amenazas, sanciones y acusaciones de espionaje de consecuencias imprevisibles, para ellos mismos y para el resto del mundo. Desde la confrontación en los ámbitos comerciales y tecnológicos hasta la competición armamentística y la lucha por la influencia en los distintos continentes, los dos gigantes protagonizan un pulso por la hegemonía global repleto de peligros y de final incierto.
El duelo por la hegemonía global que tiene al mundo en vilo
Un régimen autoritario contra una democracia. Un enorme abanico de hostilidades en todos los ámbitos, geográficos o sectoriales. Espionaje, propaganda, músculo militar, símbolos. La historia, dicen, se repite; parece ser verdad. La Guerra Fría del siglo XX entre el Kremlin y la Casa Blanca amaga con volver en el siglo XXI, esta vez entre el antiguo vencedor, EE UU, y la nueva potencia en ascenso, China.
En las últimas dos semanas, ambos han llevado al paroxismo un frenético baile de roces, choques, amenazas y sanciones, cierres de consulados, acusaciones de espionaje y vetos de viajes, en el que el paso de uno se ha visto respondido por el otro en una simetría tan perfecta como desasosegante. Un peligroso duelo a un ritmo cada vez más intenso, de duración y final aún impredecibles. Y que, sea a la hora de elegir tecnología 5G, decidir sistemas de defensa o votar resoluciones internacionales, amenaza con arrastrar —como en la primera Guerra Fría— al resto de países a uno u otro lado de la pista de baile.
Hay, sin embargo, una diferencia radical con respecto a la Guerra Fría que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XX. La antigua URSS nunca fue la potencia económica que es China, y los dos países entonces enfrentados no se encontraban tan interconectados financiera y productivamente como lo están ahora las dos mayores economías del mundo. “Para mí, eso significa que esta guerra va a durar al menos tanto como aquella o más incluso. Sé que no es una perspectiva muy bonita, pero es lo que veo”, señala Gary Hufbauer, experto del Instituto Peterson de Economía Internacional y, sobre todo, un veterano de la primera línea de fuego de aquel interminable pulso con Moscú.
Hufbauer, alto cargo del Tesoro de EE UU a finales de los años setenta, considera que “como ocurrió en la Guerra Fría, ambos bandos van a buscar aliados para reforzarse, pero China tiene más habilidad para eso. Rusia atrajo aliados con la ocupación militar. Pekín no lo necesita, [el presidente chino] Xi [Jinping] está usando la economía para poner a otros países en su órbita”.
El calibre de las fricciones es tal que ya nadie minimiza su relevancia. Las relaciones “afrontan sus mayores problemas” desde que los dos países establecieron lazos diplomáticos plenos en 1979, ha reconocido recientemente el ministro de Exteriores chino, Wang Yi. “La relación con China está muy dañada”, ha declarado el presidente estadounidense, Donald Trump. El secretario de Estado de EE UU, Mike Pompeo, ha venido a declarar el fin de la política de acercamiento, al clamar que “el mundo libre debe triunfar contra esta tiranía”.
Las dos potencias se enfrentan
Paradójicamente, este grave deterioro se produce apenas seis meses después de que los dos países firmaran el 16 de enero, con toda pompa y circunstancia en el salón Este de la Casa Blanca, entre aplausos y alharacas, el acuerdo que debía poner fin a todos los desacuerdos entre ellos, la primera fase de un pacto para poner fin a la guerra comercial que libraban desde 2018.
La pandemia de covid-19 ha hecho saltar ese proyecto por los aires, y ha sacado de nuevo a la luz las tensiones que la firma del acuerdo comercial había escondido debajo de la alfombra. Unas tensiones basadas en una enorme desconfianza mutua, de raíces históricas e ideológicas y que las recriminaciones en torno al origen y la gestión del virus han puesto de nuevo en el primer plano. La rivalidad, ha quedado claro, es sistémica y se extiende a todo tipo de áreas.
La competencia es por la influencia mundial —China, con su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, Estados Unidos con el peso de sus 75 años como superpotencia—; por la innovación en áreas como la inteligencia artificial o los vehículos eléctricos; en la carrera espacial —ambos están lanzando misiones a Marte con días de diferencia— o en el armamento ultramoderno, sea termonuclear, convencional o cuántico. Ahora, también, por conseguir la vacuna que ayude a resolver la crisis más grave en lo que va de siglo.
La primera estrategia de Seguridad Nacional de la Administración de Trump, presentada en diciembre de 2017, señalaba a China y Rusia como rivales que amenazaban la prosperidad y los valores de Estados Unidos. “Después de haber sido desestimada como un fenómeno del siglo pasado, la competencia entre grandes poderes ha vuelto”, decía el documento, recuperando el lenguaje de la carrera entre superpotencias.
Trump en un principio alabó las reformas chinas
Las bases de este pulso que hoy parece al rojo vivo estaban, en resumen, ya negro sobre blanco en aquel diagnóstico del Gobierno de Trump cuando aún no había cumplido un año. La sintonía que al republicano le gustaba mostrar respecto a Xi, por desconcertante que resultara (llegó a alabar la reforma constitucional del líder chino para perpetuarse en el poder), nunca implicó zanjar conflictos. Ahora, ambos azuzan la guerra contra el otro y obtienen, en buena parte, réditos políticos en casa.
La lista de desencuentros, invectivas o represalias recíprocas ha aumentado sin tregua en los últimos meses. Restricciones mutuas de entradas a funcionarios en torno a Tíbet y Hong Kong, donde una nueva ley de Seguridad Nacional impuesta por China anula, según Estados Unidos, la amplia autonomía del enclave. Sanciones recíprocas por la situación de la minoría musulmana uigur en la región de Xinjiang, donde Washington —y numerosos expertos— denuncian terribles abusos de los derechos humanos. Previamente, cada uno también había expulsado a periodistas e impuesto límites a los visados de corresponsales del otro.
Ambos chocan en el mar del Sur de China, donde Pekín reclama la mayor parte de las aguas y Washington ha declarado ilegales las alegaciones de soberanía chinas. Cobra nueva vida el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) —el foro informal de defensa entre Japón, Australia, EE UU y la India en la región Asia-Pacífico— en medio de los roces fronterizos de China con sus vecinos. Discuten por su armamento nuclear: la Casa Blanca desea que China recorte su arsenal, mientras que el gigante asiático le replica que se sentará a negociarlo “si Estados Unidos está dispuesto a reducir [el suyo]” a su nivel. Washington y Taipéi se hacen guiños mutuamente, para irritación del Gobierno de Xi, que considera Taiwán parte inalienable del territorio chino y su interés primordial.
En el campo de la tecnología, desde hace más de un año se arrastra la disputa en torno a Huawei, el gigante chino del que EE UU sospecha que puede actuar como caballo de Troya en los terminales o las redes 5G occidentales; una disputa en la que Washington presiona a sus aliados para que rechacen las ofertas chinas y que en Pekín se percibe como un intento de neutralizar a un competidor que ha tomado la delantera. Solo el acuerdo comercial sigue de momento en marcha, aunque agarrado con alfileres y pese a que Trump ya ha declarado que no tiene ningún interés por avanzar a la fase dos del pacto.
China mantiene su posición de afrenta
China considera que su auge corrige injusticias históricas y devuelve al país al lugar que históricamente le corresponde. Desde hace ya tiempo —y desde luego, desde el comienzo de la guerra comercial— ha llegado también a la conclusión de que Estados Unidos es una potencia decadente que quiere impedir el ascenso de China en el escenario global para no perder sus ventajas. Es una convicción generalizada: tan ubicua entre los círculos de poder como en las charlas de los ciudadanos de a pie. Y Pekín responde —o se anticipa— con una asertividad creciente, que ha aumentado de manera notable durante la pandemia. Estados Unidos, por su parte, cree que Pekín amenaza sus intereses estratégicos y compite de manera injusta en el ámbito comercial.
A medida que se ha deteriorado la relación, también lo ha hecho la percepción mutua de las dos sociedades. Un estudio del Pew Research Center de abril señalaba que un 66% de los estadounidenses alberga una opinión desfavorable de China —la mayor proporción desde que empezó este sondeo, en 2005—, frente al 26% que la tiene positiva. A su vez, una encuesta de la Universidad Renmin de Pekín entre un centenar de académicos chinos apunta que el 62% de ellos cree que Estados Unidos quiere lanzar una guerra fría contra su país.
“Ahora mismo, el nuevo entendimiento es que las relaciones entre China y Estados Unidos no volverán a ser las mismas”, indicaba, citado por el periódico Global Times, Liu Weidong, uno de los encuestados y asociado a la Academia China de Ciencias Sociales, uno de los grandes laboratorios estatales de ideas.
Porque, ¿y si Trump pierde la reelección el 3 de noviembre? Los datos de Pew evidencian que los frentes entre ambos países van más allá de la agenda trumpista y Joe Biden, aspirante demócrata a la Casa Blanca, ha transmitido un mensaje duro contra el régimen de Xi.
Hufbauer da por seguro que esta guerra fría seguirá con Biden en la presidencia. “La retórica y el énfasis será diferente posiblemente. Biden hablaría de comercio, pero seguramente hablaría más de Hong Kong, o de los uigures, de las condiciones laborales, medio ambiente… Cambiaría la conversación, pero la guerra comercial no desaparecerá”, opina. Biden, para empezar, ha presentado un programa económico que abraza parte del nacionalismo económico de Trump bajo el lema “compra productos americanos”.
Que los roces se hayan acrecentado se debe, al menos en parte, a motivos internos. Ninguno de los dos rivales atraviesa su mejor momento. Si Estados Unidos tiene ya la vista puesta en sus elecciones de noviembre, China ha conseguido dejar atrás lo peor de la pandemia, pero a un gran coste. No solo económico —en el primer semestre ha sufrido una contracción del 1,6%— , sino también de imagen: su asertiva política exterior y su gestión de la covid-19 ha despertado, o agravado, suspicacias en otros países, que endurecen a su vez sus posturas hacia el gigante asiático.
“Trump y Xi se encuentran en un dilema parecido”, opinaba Orville Schell, de Asia Society, en una reciente vídeoconferencia organizada por esta institución. “Ambos buscan, en cierto modo, exportar sus problemas echando la culpa a asuntos de fuera, o agitando problemas en el extranjero. Ambos utilizan mucho las vanaglorias de tipo nacionalista. Los dos son populistas hasta la médula. A ambos les aterra el desempleo, y la mayor parte de su legitimidad proviene de su capacidad de gestión económica. Hay muchas similitudes entre los dos, lo que explica quizá por qué a pesar de todo han conseguido mantener su amistad”, afirmaba Schell.
Una confrontación plena está lejos de las intenciones de ambos países. Tienen, al fin y al cabo, los dos ejércitos más potentes del mundo. Y sus economías, quieran o no, están fuertemente interconectadas. Un desacople sería “poco práctico”, aseguraba el ministro Wang este mes en un discurso ante académicos estadounidenses en el que intentaba un llamamiento a la calma.
Aunque el daño puede ya estar hecho. “La guerra comercial de los últimos dos años ha tenido poco impacto real en la economía china. Sí lo ha tenido, en cambio, en la psicología de la sociedad”, ha declarado Wang Wen, decano ejecutivo del Instituto de Estudios Financieros Chongyang, de la Universidad Renmin. “La imagen que solíamos tener de Estados Unidos —democracia, libertad, apertura, normas claras, palabras que probablemente nos vengan a la mente a la mayoría—, esa imagen positiva, ha desaparecido”.
Hace 11 años, en una entrevista publicada por Atlantic Council, preguntaron a Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional con Jimmy Carter, qué lección había aprendido de la Guerra Fría. Pudo haber dicho “no precipitarse”: fue él quien en 1979 recibió una llamada de madrugada en la que le informaban de un ataque de misiles soviéticos que acabó siendo un error.
Pero lo que dijo fue: “La caída del telón de acero y los acontecimientos de esos años se manejaron con sofisticación y con una América involucrada trabajando estrechamente con los alemanes, los británicos y los franceses. Necesitamos socios serios, por eso defiendo tanto que haya una voz europea a la que escuchar, pero depende de los europeos modelarla. De momento no la tenemos, tenemos un vacío político en Europa”. Era 2009. Ahora Europa, aunque sigue con sus debates internos, es la que no encuentra interlocutor al otro lado del Atlántico.
Los misiles chinos inquietan al Pentágono
El pasado octubre, en la conmemoración del 70º aniversario de la fundación de la República Popular, China sacó pecho con las últimas joyas de su industria armamentística. En Tiananmen se exhibieron por primera vez el DF-41 —capaz de alcanzar cualquier país desde su territorio y lanzar hasta 12 cabezas nucleares—, la última versión de los bombarderos estratégicos H-6N —con un rango de combate de más de 5.000 kilómetros— y el JL-2 —un misil balístico intercontinental de lanzamiento submarino—. Pekín mostró al mundo su tríada nuclear, su arsenal atómico listo para ser utilizado desde tierra, mar y aire.
En el ocaso de la Guerra Fría, el gasto militar chino representaba poco más del 1% mundial —menos que el de Italia o Kuwait—, según cálculos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri). Desde entonces, Pekín ha llevado a cabo un proceso de modernización de las Fuerzas Armadas que se ha acelerado bajo el mando de Xi, quien purgó los altos rangos de oficiales corruptos y desleales. Aunque aún lejos del de EE UU, el gasto militar chino ya equivale al menos al 14% del global. Y no deja de crecer, incluso en tiempos de pandemia. El primer ministro, Li Keqiang, anunció el mes pasado que la inversión en defensa se elevará un 6,6% el próximo año.
China ya no depende como antaño de las importaciones de material militar. Ha desarrollado una industria armamentística y naval de primer orden y cada año obtiene más réditos con las exportaciones. Pakistán —donde construye su segunda base en el extranjero, como revelan imágenes de satélite —, Bangladés y Myanmar son sus principales clientes. Los fabricantes chinos de armamento destacan en el ámbito de la inteligencia artificial y en la producción de drones y misiles.
Desde hace más de medio siglo, Washington y Moscú han estado limitados por una estructura de control armamentístico pactada por ambos. Y Pekín ha sabido sacar partido en las últimas décadas de las ataduras a las que estaban sometidas las otras dos superpotencias. El Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés) prohibía a EE UU y a la URSS (luego a Rusia como su sucesora) almacenar, probar o desplegar misiles terrestres, convencionales o nucleares, de alcance intermedio (de entre 500 y 5.500 kilómetros). Durante los 32 años que duró el veto, Pekín desplegó al menos 2.000 de estos misiles, según cálculos de servicios de inteligencia occidentales.
Peldaño a peldaño, este sistema de seguridad del que, en cierta medida, se benefició el orden mundial, se ha ido desintegrando. El INF concluyó el año pasado, tras la notificación de la Casa Blanca, y en junio comenzaron en Viena las negociaciones para tratar de prorrogar el New Start —que expira en febrero y limita el número de cabezas nucleares desplegadas por EE UU y Rusia—, el último resquicio de la estructura de control pactada por Washington y Moscú. El mensaje de los negociadores de Trump en la capital austriaca ha sido claro: sin representantes de Pekín en la mesa, no hay nada de lo que hablar. Un diplomático chino aseguró a la agencia Reuters que estarían “encantados” de participar en una negociación trilateral con la condición sine qua non de que Rusia y EE UU reduzcan su arsenal nuclear —de unas 4.300 y 4.150 cabezas, respectivamente— hasta las cifras chinas —unas 300—. Las posibilidades de que Pekín acuerde someterse a un sistema de control armamentístico y desarme progresivo son prácticamente nulas.
Además de en el programa balístico, los avances más notables son los de la Armada china. En 1996, el Ejército Popular de Liberación realizó unos ensayos con unos proyectiles en aguas cercanas a Taiwán. El entonces presidente de EE UU, Bill Clinton, respondió a la amenaza a la isla autogobernada con el envío de dos portaviones a la zona, poniendo fin a la crisis. Menos de 25 años después, las tornas han cambiado. La flota de Pekín suma 335 barcos de guerra; la de EE UU, cincuenta menos, según un informe del Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) presentado en mayo. En 2012, la Armada china botó su primer portaviones, el año pasado el segundo y para 2022 ya pretende tener cuatro operativos.












