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Montserrat Magaña
Estas líneas las escribo para honrar y agradecer al hombre que me cuidó, me educó y me dio lo mejor de él. Mi padre.
Un padre es quien nos da fuerza y carácter para enfrentar la vida y las adversidades que a medida que crecemos, aparecen en nuestro camino. Es esa figura que muchas veces representa un refugio, una guía y una certeza, alguien a quien creemos que podremos acudir siempre.
Nadie habla de lo difícil que es continuar el camino cuando ya no está esa figura que nos guía con determinación, carácter y fuerza. Nadie te enseña cómo se aprende a vivir con una ausencia que no se puede llenar, ni cómo se continúa caminando cuando una parte de ti quisiera detenerse en el tiempo.
En mi caso, perder a mi padre también significó perderme, al menos por un tiempo, a mí misma. No solo se fue él, también se fue una parte de mí que me hacía sentir congruente y coherente, una parte de mí que encontraba seguridad en saber que él estaba ahí.
Su partida me dejó con muchas preguntas, dudas y miedo. Me enfrenté a la vida de una manera distinta, aprendiendo a tomar decisiones sin poder escuchar su voz, sin sus consejos, sin sus regaños y sin esa presencia que, aunque a veces podía parecer firme o incluso difícil de comprender, hoy reconozco que estaba llena de amor.
Hoy, después de todo lo que he trabajado en mí, entiendo algo que antes no podía ver; mi padre trascendió para que yo pudiera aprender a sostener la brújula de mi propia vida. Quizá crecer también significa comprender que nuestros padres no están destinados a caminar a nuestro lado para siempre, sino a enseñarnos lo suficiente para que, algún día, podamos caminar por nosotros mismos.
Estos años sin él físicamente no han sido fáciles. He cometido errores que quizá jamás habría cometido si él hubiese estado aquí para aconsejarme. He tomado caminos que él probablemente habría cuestionado y he tenido que enfrentar consecuencias que me han dolido, pero hoy entiendo que esos “errores” también han sido aprendizajes los cuales me han servido para crecer, madurar, conocerme y, sobre todo, para hacerme responsable conscientemente de mi propia vida.
He aprendido a tomar la brújula de mi destino y a construir mi camino sobre los cimientos que él dejó en mí. Sus valores, sus enseñanzas, su carácter, sus principios y todas esas cualidades que, quizá sin darme cuenta, fui aprendiendo al observarlo, porque aunque ya no pueda preguntarle qué hacer, muchas veces encuentro su respuesta dentro de mí.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas en las que un padre permanece, cuando su voz deja de escucharse afuera, pero sus enseñanzas comienzan a vivir dentro de nosotros.
Hoy puedo mirar hacia atrás y entender que no todo lo que me enseñó estuvo en sus palabras, también estuvo en sus acciones, en sus silencios, en sus límites, en sus abrazos y hasta en aquellos momentos que en los que no lo comprendí.
Con el tiempo he aprendido a mirar a mi padre desde una perspectiva más madura, entendiendo que él también fue un ser humano, con sus propias heridas, limitaciones, aciertos y errores y aun así, me dio lo mejor que pudo con las herramientas que tenía. Por eso hoy no quiero recordar solamente su ausencia, quiero recordar su presencia. Lo que fue, lo que me dio y todo lo que dejó en mí.
Gracias por ser mi padre, gracias por cuidarme, gracias por educarme, gracias por darme lo mejor que pudiste con las herramientas que tenías.
Gracias por tu amor, por tus regaños y por tus abrazos.
Gracias por haber sido parte de la mujer que soy y, de alguna manera, de la mujer en la que todavía me estoy convirtiendo.
Hoy honro tu vida, tu historia y tu esencia.
Honro todo lo que fuiste para mí y todo lo que continúas siendo, aun desde otro lugar.
Te amo hasta el infinito.







