El subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y doce de sus estrechos colaboradores ya no son objetivo del sistema judicial mexicano. Así lo atestigua la orden dada por un juez federal, Juan Marcos Dávila, que decretó sobreseer las órdenes de aprehensión contra el líder guerrillero indígena y sus colaboradores. Los delitos ahora prescritos de los que se acusaba a los miembros del EZLN eran terrorismo, sedición, motín, rebelión, conspiración y portación de armas de fuego exclusivas del Ejército mexicano. El tiempo pasa, ya son 22 años del origen de aquellas primeras marchas, y el zapatismo y su revolución indígena parecen vivir un momento de intento de consolidación interna lejos de los focos y fascinación internacional que causó su revolución.

¿Cuál es el momento actual que atraviesa el zapatismo? La realidad es que el movimiento ha pasado a un segundo plano mediático especialmente desde la muerte del comandante Galeano, abatido en 2014 tras un presunto enfrentamiento con otro grupo campesino rival, la CIOAC, al que los zapatistas acusan de ser un grupo paramilitar. “El movimiento se ha cerrado a los medios. La muerte de Galeano ha afectado mucho a todo el zapatismo”, respondía a EL MUNDO recientemente una persona estrechamente relacionada con el subcomandante Marcos en San Cristóbal de las Casas.

Efectivamente el grupo guerrillero -que emergió con fuerza un 1 de enero de 1994 en la mediática aldea global declarando la guerra al estado mexicano-, liderado por el profesor Rafael Sebastián Guillén Vicente, otrora conocido como Subcomandante Marcos y rebautizado ahora en honor de su camarada muerto como Subcomandante Galeano, es hoy un movimiento social que mantiene un poder acotado en determinadas zonas del estado de Chiapas con el “permiso” de las administraciones y una lucha más o menos soterrada con otros movimientos sociales y grupos criminales que operan en la zona. Un totum revolutum que se maneja con discreción y que afecta enormemente a la débil economía de la región más pobre de México.

“El zapatismo está en un momento de reflujo y en mi opinión atraviesa un buen momento de cristalización. Sus Juntas de Buen Gobierno mantienen su apuesta por practicar una complicada autonomía en la que no intervengan agentes externos. Se crean clínicas, escuelas y se mantiene un apoyo civil“, explica a EL MUNDO el investigador de la Universidad Autónoma de México, Miguel Ángel Ramírez Zaragoza, uno de los mayores expertos del país en esta materia.

El paso atrás, al menos mediático, dado por Marcos, es parte de esa lógica de condensar esfuerzos en Chiapas y separar el movimiento militar, que sirvió para “conquistar” el territorio, del movimiento civil y las cinco Juntas de Buen Gobierno que operan en el estado. “Marcos es un símbolo y tiene un liderazgo nato, pero creo que él ha decidido alejarse para que no se confundiera la lucha zapatista de transformación social con sus líderes”, explica Zaragoza. “Marcos, desde un punto de vista publicitario y mercadológico, fue muy efectivo para persuadir a los medios y a los receptores.

Sucumbían ante la imagen del comandante con sus cananas, boina con estrellas y auriculares que estaban pensados para registrar una buena imagen en los medios audiovisuales más que para la efectividad en combate”, explica el profesor en Ciencias Políticas de la UNAM Gerson Hernández. “Los zapatistas critican el control mediático de México y atienden hoy a los que ellos consideran medios alternativos más veraces y que en ocasiones son propios”, apunta Zaragoza.

Revolución indígena

Ya no hay, por tanto, movimientos específicos de apoyo a la revolución indígena, como hubo hasta en Madrid y Barcelona, sino una batalla que jugar en casa, en las estribaciones de los Altos de Chiapas y la Sierra Lacandona. “El zapatismo es ahora más local y concentrado en sus áreas de influencia. Su autonomía es un régimen de excepción donde se practica el autogobierno frente a los gobiernos legales. El Ejército Federal tiene prohibido entrar en las áreas donde opera el ELZN, la justicia allí la imparten las Juntas de Buen Gobierno y el cobro y distribución del llamado Impuesto Hermano (una suerte de impuesto en especie o económico que pagan las personas con más recursos de las comunidades designadas por las Juntas y que se distribuye bajo un principio de equidad entre las comunidades indígenas más desfavorecidas) corresponde a los propios zapatistas.

Ese mensaje de buenos y malos, de débiles contra poderosos en un intento de plasmar utopías, es parte del éxito que tuvo la revolución indígena entre los grupos sociales de izquierda mexicanos e internacionales: “Simpatía por el débil y crítica a la globalización, debido a que se atribuye a ésta la creación de nuevas fronteras. A la par de condenar la globalización, el EZLN fomentó la simpatía por el débil, por el indio pobre, invisible, que rara vez era noticia, y que a partir de entonces fue visto como salvación de la patria”, explica Gerson.

Mientras, el Ejército sigue manteniendo una presencia con sus cuarteles en la zona, “esto es una región contenida por el estado y rodeada por militares”, que resumía a EL MUNDO la también investigadora Claudia Ytuarte-Núñez en una reciente visita a la zona de los Altos de Chiapas, en la que los conflictos se generan por la interactuación de diversas fuerzas en el territorio: zapatistas, grupos paramilitares creados ad hoc en ocasiones por intereses políticos o económicos, grupos de campesinos que se oponen al zapatismo y las administraciones municipal, estatal y federal.

Un ejemplo de esa ingobernabilidad que algunos denuncian que afecta al estado, especialmente en determinadas zonas rurales de la sierra o de la carretera que une San Cristóbal de las Casas y Palenque, es un suceso “tapado” ocurrido el pasado 8 de enero y al que ha tenido acceso EL MUNDO: un autobús turístico que iba a San Cristóbal de las Casas fue parado en la localidad de Oxchuc por un grupo de 100 personas que protestaban contra la autoridad municipal. Los turistas, de varias nacionalidades, fueron retenidos durante horas y obligados en el transcurso de la noche a descender del autobús y todas sus maletas y sus teléfonos móviles fueron quemados delante de algunos agentes de la Policía que no pudieron hacer nada para detenerlos”.

A principios de febrero, varias agencias de viajes, hoteles y empresas de traslados turísticos denunciaron en una carta la situación y exigieron al Gobierno estatal “que se acaben los constantes bloqueos en las carreteras que están acabando con el turismo” de una de las regiones más bellas e interesantes de México. A la vez, hay proyectos de construcción de carreteras estatales, como la que va de Las Margaritas a la zona Lacandona, que sufren contantes boicots por parte de los zapatistas que ven en estas infraestructuras una amenaza futura por parte de las autoridades de introducirse en sus territorios. “El ELZN sigue siendo el brazo armado del zapatismo y una piedra en el zapato del Gobierno“, resume Zaragoza. La historia del zapatismo comenzó un 1 de enero de 1994, se mantuvo con las grandes manifestaciones del periodo del 94-97,los acuerdos de San Andrés de 1996, la multitudinaria caravana de 2001 y la llamada al boicot a los comicios de 2006 que quizá fue el gran fracaso del movimiento al no conseguir su objetivo y abrir una “guerra civil” entre algunos grupos de la izquierda mexicana que hasta entonces le eran afines.

Hoy de todo eso ocurrido en 22 largos años queda el sueño ya hecho realidad de un Chiapas en el que en algunas comunidades “Gobierna el pueblo” y de otras comunidades que desencantadas ante el principal objetivo del movimiento, acabar con la pobreza y lograr un desarrollo, abandonaron una lucha en la que no encontraron el paraguas que ansiaban. “Algunas comunidades alejadas de las cabeceras del ELZN han abandonado la lucha y otras, sin embargo, mantienen su apuesta por otra forma de organización lejana a los estándares de ese mundo occidental”, concluye Zaragoza. “La lucha sigue”, dicen a EL MUNDO un grupo de zapatistas que controlan la entrada de una de sus zonas de control: Roberto Barrios. Hoy ya no quieren cámaras, quieren que les dejen en paz para sacar adelante su revolución.