La aparición reciente del segundo tomo de sus anotaciones personales, correspondiente al lapso entre 1992- 2006, revela nuevos aspectos del gran cuentista argentino. Su enemistad con Sabato, su amor por Sylvia Iparraguirre y cómo la muerte fue ingresando en su vida muy a su pesar

Infobae

 En la literatura argentina no abundan los diarios de escritores. No hay un gran corpus. Pero estas rarezas, estas excepciones, son grandes libros. El Borges de Bioy Casares, tal vez el mejor libro del siglo XXI. Pero también los de Piglia y los de Mastronardi. ¿A Gombrowicz se lo puede considerar un escritor argentino? Al menos como capricho se pueden incorporar sus diarios. Con algo de laxitud se pueden sumar a esta enumeración los escritos personales los papeles de Walsh compilados por Daniel Link y los cinco tomos del epistolario de Cortázar. Hubo que forzar los ejemplos para alargar la lista. Cinco años atrás apareció el primer tomo de los Diarios de Abelardo Castillo. Ese volumen cubría desde 1954 a 1991. Con la aparición reciente del segundo tomo, correspondiente al lapso entre 1992- 2006 se completa la obra. La primera entrega pasó algo desapercibida. La expectativa era grande. Durante años se había hablado de los Diarios de Castillo, de la posibilidad de su edición, del medio siglo de anotaciones en cuadernos. Sin embargo no ocurrió demasiado en términos de difusión tras su publicación.

Sus páginas no traían chismes, intimidades ni detalles escabrosos. Abelardo estaba cerca de los ochenta años y todavía vivía. Seguía con sus anotaciones personales, con los apuntes para Los Ángeles Azules, su novela inconclusa, con el mítico taller de los jueves y con esporádicas apariciones en la discusión pública. Se instaló un clima de tenue desilusión entre los (escasos) lectores que tuvo. Muy posiblemente la publicación de esta segunda parte varíe esta situación. Debiera hacerlo. El libro cuenta con varios coprotagonistas. Uno de ellos fue la pieza clave en su publicación. Sylvia Iparraguirre, su esposa por más de cuarenta años, persuadió -a los alumnos del taller- a Abelardo de dar a conocer estas anotaciones y lo asistió en todo el proceso. Ayudó a pasar en limpio las entradas, a cotejar citas y a ordenar el texto final luego de la muerte de su marido. Las notas al texto son discretas, no invasivas, escasas y aclaratorias. Su prólogo también es conciso pero contundente. Explica el proceso que convirtió al manuscrito en libro, y contando su labor dedicada muestra su amor invencible por Abelardo. Pero más allá de las tareas editoriales, Sylvia es uno de los personajes del libro. Aparece en las anotaciones de Castillo no sólo en tareas cotidianas de cónyuge. Cada aparición de ella da ingreso a la ternura. Abelardo Castillo, duro, parco, poco propenso a las demostraciones, de ademanes adustos, parece desarmarse cada vez que escribe el nombre de su mujer. Se enferma cuando ella no está, sufre en los días previos a un viaje pensando en su ausencia, se alegra por sus logros literarios, confía en su lectura como en la de nadie. El libro, entre muchas otras cosas, también es una extensa y cálida declaración crónica de amor. Otro personaje secundario que aparece con recurrencia a lo largo de los años es Ernesto Sabato. La de ellos es una relación tensa, ríspida, pedregosa. Castillo pensó escribir una semblanza, un estudio sobre el autor de Santos Lugares. Llegó a juntar más de trescientas páginas de apuntes. Los desplantes de Sabato son habituales. Castillo le devuelve los dardos: “No sé si alguna vez lo escribí: la generosidad, la humanidad y los sentimientos de Sabato son un malentendido, una impostura. Carece de bondad real y, hoy, hasta de verdadera inteligencia; si queda algo digno de respetarle, estará en sus libros”, asienta en 1993. Los une una rivalidad solapada y una callada admiración mutua. Sábato quiere imponer condiciones: se queja, amenaza, crítica, exige disculpas, no olvida críticas, ataca. Una escena final de una belleza seca redondea la historia. Coinciden ambos en una premiación. En la previa Sabato se muestra cortés con Sylvia y destrata levemente a Castillo. Luego al turno de recibir su premio, Abelardo Castillo hace un generoso reconocimiento público a Sabato que por ese entonces tenía 82 años. Le surge de manera espontánea, sin deliberación, se encuentra en el escenario pronunciando frases elogiosas que no pensaba proferir, pero que consideraba justas, que hacían honor a esa íntima enemistad de varias décadas. Así, en reciprocidad, recibe cálidas palabras del otro. Ese es último cruce entre ellos. A estas frecuentes presencias (y denostaciones) de Sabato se las puede asociar con las numerosas entradas que versan sobre él en el Borges de Bioy. Y hasta con las referencias de Piglia en su trilogía. De esa manera se puede afirmar, casi sin dudas, que Sabato ostenta el récord de ser el escritor más vilipendiado y ridiculizado en los diarios personales de autores argentinos. Otra presencia fuerte es la de la muerte. En este volumen la primera muerte importante, casi paralizante, es la del padre del autor, un viejo y reconocido entrenador de boxeo; en una entrada dice que es el hombre que más quiso en su vida para corregirse en el renglón siguiente: “Es el único hombre que amé en mi vida”. Pero luego, según pasan los años, los amigos y colegas engrosan la lista. Estas muertes ajenas también son propias.

No sólo son referentes, afectos y recuerdos que se van, que se pierden indefectiblemente. Cada una de esas muertes no le permite olvidar su propia finitud. Pedro Orgambide, Isidoro Blaisten, Miguel Briante, el mismo Sabato, Saer y varios más. Pero la muerte más estremecedora, la que lo muestra más vulnerable, la que no logra entender es la de Paola Kaufmann, joven discípula y gran escritora. La enfermedad y el deceso de Kaufman lo dejan sin palabras: un vacío inefable. En estas páginas se consignan sus lecturas. Un gran diario de lecturas. Podría escribirse su biografía (en realidad la biografía de cualquier escritor) sólo a través de sus lecturas. Lo que llama la atención es que en esta etapa de su vida casi todas son relecturas. Aquellos escritores que iba descubriendo en el primer volumen, los que le producían un deslumbramiento inicial, son los que permanecen en sus años de adultez y vejez. No lee casi nada nuevo. Los nombres se repiten con los años. Rilke, Tolstoi, Sartre, Borges, Marechal, Dostoievski, algunos filósofos, Kafka y pocos nombres más. Juan Forn lo visita y le regala la novela del momento, Las Correcciones de Jonathan Franzen. No se anima a adentrarse en sus páginas.

 La extensión del libro lo abruma. La novedad lo descoloca. Prefiere cobijarse en los clásicos, en tratar de seguir encontrando nuevos sentidos en sus viejas lecturas. Bernhard, Bradbury y Cheever son las lecturas más modernas de las habituales, de esas que para él merecen ser transitadas nuevamente. La lectura un hábito inevitable y feliz que justifica en alguna entrada: “La linda historia de que un escritor es esencialmente un gran lector, puede, para los tipos como yo, resultar una excusa perfecta”.Pero cuando le toca ser jurado de un premio, lee frenéticamente lo nuevo. El sentido de responsabilidad lo supera. Se hace cuestionamientos éticos todo el tiempo. No quiere premiar amigos, ni dejarse llevar por enconos. No se deja seducir por los nombres de moda; lee impiadosamente. Cuando promedia diciembre de cada año, llega inevitablemente la época del balance. El único criterio que utiliza para valorar su año es la escritura. Cuánto escribió, cuánto avanzó en sus proyectos. En un buen año logra terminar una novela. En un mal año sólo bosqueja algún cuento y toma apuntes para un remoto proyecto. Su unidad de medida son las páginas escritas.

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