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Luz Ma Dollero Coach de vida y carrera | @equilibriumbyluzma
Tuve el privilegio de platicar con el Padre Mariano Montes Huerta de la diócesis de Puebla. Sacerdote ejemplar y psicólogo. Quién es, además, un hombre extraordinariamente inteligente y cercano. Entró al seminario a los 27 años. Había vivido, había tomado decisiones y había conocido otras posibilidades de vida.
Por eso le hice una pregunta que me parece bastante lógica: ¿cómo se deja todo… cuando ya conociste otras formas de vivir?
Su respuesta me sorprendió… Me habló de encontrar un tesoro. De descubrir una perla tan grande, tan bella y tan verdadera, que las demás dejan de tener el mismo valor.
No porque sean malas. No porque nunca hayan sido importantes. Simplemente porque cuando encuentras lo que buscas y descubres su valor, lo tomas y no lo sueltas.
La metáfora se me quedó en la cabeza. Porque, no hablábamos solo de la vocación sacerdotal. La idea puede trasladarse a muchos otros ámbitos de la vida. A las decisiones importantes. Al amor. A la profesión. A aquello que finalmente elegimos construir. Todos pasamos buena parte de nuestra vida frente a posibilidades.
Personas. Historias. Profesiones. Lugares. Experiencias. Algunas nos entusiasman durante un tiempo. Otras nos transforman. Algunas incluso creemos que serán para siempre. Pero llega un momento en que necesitamos elegir. Y elegir siempre significa renunciar a algo.
Casarte con una persona significa no casarte con todas las demás. Elegir una profesión significa dejar otros caminos sin recorrer. Tener hijos modifica para siempre la manera en que disponemos de nuestro tiempo. Comprometerse con algo implica, inevitablemente, decirle que no a otras posibilidades.
Sin embargo, cuando sabemos por qué hemos elegido, la palabra renuncia adquiere otro significado. Ya no estamos pensando en aquello que dejamos atrás. Estamos ocupándonos de aquello que decidimos construir.
Pienso mucho en esto cuando hablamos del amor de pareja. Yo creo en el matrimonio y en la familia, pero no porque piense que sean estructuras perfectas ni porque crea que estás instituciones o el amor verdadero te haga inmune a los problemas.
Más bien pienso lo contrario: precisamente porque algo importa, necesita cuidado y comprensión profunda de diferentes perspectivas cuando surgen adversidades para poder encontrar soluciones.
Hace poco me preguntaron qué necesita una relación para durar muchos años. Mi primera respuesta fue sencilla: que los dos sigan trabajando por ella. No como quien cumple una obligación o carga un yugo, sino como quien cuida algo valioso.
Buscar tiempo para estar juntos. Va más allá de preguntar cómo estuvo el día. Tener detalles. Escuchar. Hacer planes. Reírse juntos. Seguir teniendo curiosidad por el otro. No permitir que la rutina convierta a la persona que amamos en parte del mobiliario de nuestra vida.
En esa conversación alguien agregó algo que me pareció fundamental: mantener la admiración y procurar que ambos continúen creciendo. Estoy de acuerdo.
Es difícil sostener durante años un vínculo profundo con alguien a quien hemos dejado de admirar. Necesitamos seguir descubriendo en el otro algo que nos inspire, que nos interese, que nos sorprenda.
Y también necesitamos crecer. Una relación no debería exigir que uno de los dos se haga pequeño para que el otro pueda sentirse cómodo.
Pero admiración y crecimiento no son suficientes. Podemos admirar profundamente a alguien y, crecer individualmente, y aun así, no construir nada juntos. Una relación no se sostiene únicamente con sentimientos.
Se sostiene con decisiones.
Decidir estar. Decidir escuchar. Decidir cuidar. Decidir hablar cuando sería más fácil callar. Decidir reparar después de una diferencia. Decidir seguir conociendo a la persona que tenemos enfrente, incluso después de muchos años.
Tal vez una de las confusiones de nuestro tiempo consiste en pensar que si algo requiere esfuerzo significa que no funciona o hay que salir hacia algo más fácil. Y no necesariamente.
Hay cosas que cuestan precisamente importan. Una amistad, una familia, una vocación y una relación necesitan presencia, tiempo, disciplina y atención. Incluso nuestra relación con nosotros mismos necesita cuidado.
Claro que hay una gran diferencia entre luchar desesperadamente por mantener vivo algo que ya terminó o que ni si quiera existió y trabajar amorosamente por algo valioso que tiene sentido y visión compartida. No son lo mismo.
Por eso, quizá la pregunta no sea cuánto estamos dispuestos a sacrificar por amor. Quizá sea una pregunta mucho más profunda:
¿Qué hemos encontrado que vale lo suficiente como para elegirlo todos los días?
Porque cuando aparece esa perla verdadera, las demás posibilidades no desaparecen. Simplemente dejan de distraernos. Y quizá eso sea madurar: no tener menos opciones, sino saber cuáles merecen nuestra atención.
Al final, amar no es encontrar algo que nunca cueste. Es encontrar algo que, incluso cuando cuesta, seguimos considerando valioso.
No se trata de encontrar una perla perfecta y guardarla en una caja. Se trata de reconocerla. Elegirla. Y tener la voluntad de cuidarla.









