Los recientes distanciamientos entre ambos países no auguran un buen futuro económico, político y mucho menos la esperanza de una paz mundial

 

El País

 

El pasado octubre, en la conmemoración del 70º aniversario de la fundación de la República Popular, China sacó pecho con las últimas joyas de su industria armamentística. En Tiananmen se exhibieron por primera vez el DF-41 —capaz de alcanzar cualquier país desde su territorio y lanzar hasta 12 cabezas nucleares—, la última versión de los bombarderos estratégicos H-6N —con un rango de combate de más de 5.000 kilómetros— y el JL-2 —un misil balístico intercontinental de lanzamiento submarino—. Pekín mostró al mundo su tríada nuclear, su arsenal atómico listo para ser utilizado desde tierra, mar y aire.

En el ocaso de la Guerra Fría, el gasto militar chino representaba poco más del 1% mundial —menos que el de Italia o Kuwait—, según cálculos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri). Desde entonces, Pekín ha llevado a cabo un proceso de modernización de las Fuerzas Armadas que se ha acelerado bajo el mando de Xi, quien purgó los altos rangos de oficiales corruptos y desleales. Aunque aún lejos del de EE UU, el gasto militar chino ya equivale al menos al 14% del global. Y no deja de crecer, incluso en tiempos de pandemia. El primer ministro, Li Keqiang, anunció el mes pasado que la inversión en defensa se elevará un 6,6% el próximo año.

 

China pasó de ser importador a exportador de armas

 

China ya no depende como antaño de las importaciones de material militar. Ha desarrollado una industria armamentística y naval de primer orden y cada año obtiene más réditos con las exportaciones. Pakistán —donde construye su segunda base en el extranjero, como revelan imágenes de satélite —, Bangladés y Myanmar son sus principales clientes. Los fabricantes chinos de armamento destacan en el ámbito de la inteligencia artificial y en la producción de drones y misiles.

 

Mientras EEUU y Rusia se enfrentaban en la guerra fría, China avanzaba con sigilo

 

Desde hace más de medio siglo, Washington y Moscú han estado limitados por una estructura de control armamentístico pactada por ambos. Y Pekín ha sabido sacar partido en las últimas décadas de las ataduras a las que estaban sometidas las otras dos superpotencias. El Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés) prohibía a EE UU y a la URSS (luego a Rusia como su sucesora) almacenar, probar o desplegar misiles terrestres, convencionales o nucleares, de alcance intermedio (de entre 500 y 5.500 kilómetros). Durante los 32 años que duró el veto, Pekín desplegó al menos 2.000 de estos misiles, según cálculos de servicios de inteligencia occidentales.

Peldaño a peldaño, este sistema de seguridad del que, en cierta medida, se benefició el orden mundial, se ha ido desintegrando. El INF concluyó el año pasado, tras la notificación de la Casa Blanca, y en junio comenzaron en Viena las negociaciones para tratar de prorrogar el New Start —que expira en febrero y limita el número de cabezas nucleares desplegadas por EE UU y Rusia—, el último resquicio de la estructura de control pactada por Washington y Moscú.

El mensaje de los negociadores de Trump en la capital austriaca ha sido claro: sin representantes de Pekín en la mesa, no hay nada de lo que hablar. Un diplomático chino aseguró a la agencia Reuters que estarían “encantados” de participar en una negociación trilateral con la condición sine qua non de que Rusia y EE UU reduzcan su arsenal nuclear —de unas 4.300 y 4.150 cabezas, respectivamente— hasta las cifras chinas —unas 300—. Las posibilidades de que Pekín acuerde someterse a un sistema de control armamentístico y desarme progresivo son prácticamente nulas.

 

La flota china en el mar ya es de peligro

 

Además de en el programa balístico, los avances más notables son los de la Armada china. En 1996, el Ejército Popular de Liberación realizó unos ensayos con unos proyectiles en aguas cercanas a Taiwán. El entonces presidente de EE UU, Bill Clinton, respondió a la amenaza a la isla autogobernada con el envío de dos portaviones a la zona, poniendo fin a la crisis. Menos de 25 años después, las tornas han cambiado. La flota de Pekín suma 335 barcos de guerra; la de EE UU, cincuenta menos, según un informe del Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) presentado en mayo. En 2012, la Armada china botó su primer portaviones, el año pasado el segundo y para 2022 ya pretende tener cuatro operativos.

 

Cómo se defendería EE. UU. en la futura guerra de armamento ultratecnológico

 

En general, el armamento y las capacidades del Ejército chino siguen estando lejos de las del estadounidense. Pero la brecha es exponencialmente menor que hace unas décadas, e inexistente ya en algunos ámbitos. Una de las visiones más pesimistas es la de Christian Brose, exdirector del Comité de las Fuerzas Armadas en el Senado.

En su reciente libro La Cadena de la Muerte: Cómo Defender a EE UU en la Futura Guerra de Armamento Ultratecnológico asegura que en caso de conflicto en el Pacífico, los suyos tendrían todas las de perder. Brose dibuja un panorama en el que las bases de Guam, Japón y Corea del Sur se “inundarían” de proyectiles; los portaviones resultarían indefendibles cerca de las costas chinas y los F-35 —los cazas más sofisticados del mundo— estarían pronto fuera de juego porque los aviones cisterna necesarios para repostar habrían sido destruidos.

No todos en el Pentágono comparten las proyecciones de Brose, pero sí se reconoce sin tapujos que el desarrollo y despliegue de armamento antiaéreo y antibuque, y los deslumbrantes avances en misiles terrestres —balísticos y de crucero— colocan a las tropas estadounidenses en la región en una situación muy vulnerable. “China supone ahora un gran desafío a la capacidad de la Marina estadounidense de dominar y controlar las aguas del Pacífico occidental —el primer reto de semejante envergadura desde el fin de la Guerra Fría—”, se admite en el citado informe de mayo del CRS.

 

Estados Unidos, obligado a diseñar nuevas estrategias de defensa

 

Para tratar de revertir la situación, altos rangos militares estadounidenses alertaron en marzo al Congreso de la urgencia de adoptar una nueva estrategia; y de la necesidad de invertir miles de millones de dólares en ella. Unidades de marines pequeñas, rápidas y móviles. Y cargadas con unos Tomahawk diseñados específicamente para este escenario. Pero para que estos comandos puedan ser efectivos, EE UU deberá —explicó el general David Berger en el Senado— desplegar un arsenal de misiles terrestres equiparable al implantado por China. Ante las intenciones de Trump, el gobernador de la prefectura japonesa de Okinawa ha reiterado que ninguna de las islas que administra albergará ese tipo de armamento nuclear que EE UU tuvo vetado durante más de tres décadas.

Mientras el Ejército estadounidense vagaba sin rumbo y desangrándose en las guerras de Afganistán e Irak, y el Pentágono se centraba más en las posibles amenazas de Moscú y el terrorismo yihadista, China se convirtió en una superpotencia capaz de plantarles cara en un conflicto a gran escala. “El futuro emboscó a EE UU”, sentencia Brose en su libro. Lo cierto es que hoy no bastaría con enviar dos portaviones para defender a aliados como Taiwán, Japón o Corea de Sur.