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La historia de un expandillero, conocido como el Mijis, que ganó en las elecciones de 1 de julio y se convertirá en diputado local en San Luis Potosí ha exhibido el clasismo clavado en lo hondo de una parte de la sociedad mexicana. En un país donde, según la más reciente Encuesta Nacional sobre la Discriminación, tres de cada cuatro mexicanos han sentido que sus derechos no se respetan por su apariencia física, la imagen del futuro legislador Pedro César Carrizales —moreno, tatuado y con la ropa típica que usan los “chavos banda”— ha causado que cientos de internautas pongan en duda sus capacidades para trabajar como servidor público. Gracias a su activismo de paz, el Mijis ha logrado sacar a decenas de chicos de bandas criminales en San Luis Potosí. Lo que muchos ignoran es que el candidato de Morena, PT y PES es un líder social que utiliza su pasado como pandillero y usuario de drogas para pacificar a varias comunidades del centro y norte del país. Gracias a que habla, se viste y entiende a “chavos banda” como él, ha logrado la treEl caso del futuro diputado y ex pandillero mexicano reabre el debate del clasismo en la sociedad mexicana gua entre más de 100 pandillas y rescatado a cientos de jóvenes que, como él, sufrieron intentos de homicidio. Incluso, 25 de esos jóvenes que fueron rescatados de bandas criminales viajaron con el Mijis el año pasado a la Ciudad de México para ayudar a las labores de rescate y reconstrucción después del terremoto del 19 de septiembre.

Según el Mijis, cuando anhelaba ser diputado local, en realidad, soñaba con extender su proyecto de rescate de jóvenes, Grito de Existencia, a nivel estatal. Y el sueño se cumplió: el activista por la paz y expandillero superó por 6 mil 225 votos a su más cercano rival, el panista Octavio Arredondo, un hombre de traje y corbata que no logró convencer al electorado. Historias como la de Pedro César Carrizales se han replicado en distintas partes del mundo: mujeres y hombres comunes con un aspecto inusual que vencen a la discriminación y se ubican en lugares de poder. Y en muchos casos, rompen con los prejuicios al resultar extraordinarios representantes populares. Uno de los ejemplos más conocidos es el viceministro de República Checa, Vladimir Franz, un respetado profesor de teatro, poeta y activista cultural. Su reputación intachable le hizo ganar el voto de 88 mil ciudadanos para que se presentara en 2013 como candidato presidencial independiente. Su nombre no causó revuelo alguno… hasta que la gente empezó a conocer su apariencia: Franz tiene tatuado el 90 por ciento del cuerpo, incluyendo rostro y cabeza. Su discurso de inclusión y tolerancia, y su agenda cultural al frente de sus propuestas, lo hicieron llegar a un sorpresivo tercer lugar en la contienda. Su popularidad fue de tal tamaño que el candidato ganador, Milos Zeman, lo sumó a su gabinete. Hoy, Franz es un fuerte contendiente para convertirse próximamente en presidente.

 

Vladimir Franz estuvo cerca de convertirse en presidente de República Checa gracias a su impecable reputación como artista y poeta. En Islandia, el comediante Jon Gnarr se convirtió en alcalde de la capital del país, Reikiavik, después de una broma que nació de una tragedia. En 2008, una crisis financiera azotó a la nación nórdica y para sobrevivir a la incertidumbre, Gnarr fundó el satírico Partido Mejor que, entre otras cosas, prometía parques de diversiones por todo el país. Luego, llevó el chiste más lejos y se postuló a alcalde de Reikiavik, creyendo que la gente captaría su sentido del humor. Y ganó. En 2010, el año que juró como alcalde, enfrentó duras críticas de la sociedad conservadora de Reikiavik por aparecer en el Desfile del Orgullo Gay vestido de mujer, al estilo de las “drag queens”. Sin embargo, las críticas pronto se desvanecieron: Gnarr probó ser un eficiente administrador y en menos de cuatro años logró sacar a su ciudad de la crisis financiera, lo que le valió el reconocimiento internacional.

En Brasil, un payaso fue elegido como el mejor parlamentario del año 2012 en una seria votación respaldada por el análisis de periodistas especializados en política. Se trató de Francisco Everardo Oliveira, cuyo nombre como payaso de la televisión es Tiririca. El legislador fue reconocido por su apoyo a artistas independientes, proyectos de educación popular y por tener un récord de asistencia perfecto en el Congreso. Convertirse en legislador no fue fácil para Tiririca: los sectores que veían con malos ojos que un payaso llegara a una curul esparcieron el rumor de que el comediante era analfabeta. Tiririca tuvo que aparecer en televisión nacional, en vivo, leyendo y escribiendo su nombre para atajar esa guerra sucia. Y como el que ríe al último, ríe mejor, el payaso ganó la elección y luego el aplauso de los más veteranos analistas políticos. En España, Alberto Rodríguez, de entonces 34 años, diputado de las Islas Canarias, desató un intenso debate en su país por asistir a la inauguración del Congreso, en 2016, con largas rastas. Una diputada conservadora detonó la polémica al insinuar que Rodríguez podría “pegarme los piojos”. La respuesta del joven diputado fue una frase implacable: “si lo que tienen para criticarnos es nuestra imagen, será porque nuestras ideas son difícilmente criticables”. Actualmente, Alberto Rodríguez es uno de los diputados más populares en su distrito.

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