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También la euforia bursátil se ha apagado con sus beligerantes tuits. Si antes Trump podía presumir que con él las bolsas volaban, ya no es así. El viernes, el Dow Jones cerró ligeramente por debajo de los 24 mil puntos. Eso implica una caída de 10 por ciento respecto a su récord histórico del 26 de enero. Ahora bien, con la reciente caída de las bolsas, el saldo del Dow Jones en este 2018 es de un retroceso de 3.2%, en tanto que el avance del índice desde que Trump entró en la Casa Blanca se ha reducido 20.7 por ciento. Esa cifra ya es bastante deslucida cuando se compara con otros Presidentes. En el mismo período de Barack Obama, el Dow Jones había trepado 32.5 por ciento. Y si lo comparamos con todos los mandatos presidenciales, ocuparía un discreto octavo lugar. La aprobación de Wall Street a la gestión de Trump también empieza a flaquear. El caso es que las elecciones de noviembre se acercan, las perspectivas para los republicanos no son buenas, y tiene tres frentes bélicos abiertos en los que precisa, con urgencia, anotarse algunas rápidas victorias. De esos tres frentes, dos son comerciales: hablamos del conflicto que trae con México y Canadá para renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); y de la cruzada arancelaria que trae, directamente, con China. La tercera hostilidad es de carácter nuclear y tiene como rival a Corea del Norte. En la primera guerra, el TLCAN, después de haberse mostrado intolerante desde el inicio de las negociaciones, ahora quiere un acuerdo rápido. Sin embargo, quizás ya es demasiado tarde. En un principio, quería llevarse el protagonismo de la Cumbre de las Américas que se celebra en Lima, Perú, al final de esta semana, entre el 13 y el 14 de abril.

En ese marco, con la presencia de Enrique Peña Nieto y Justin Trudeau, y junto al resto de mandatarios de la región (salvo Nicolás Maduro), pretendía anunciar un “acuerdo en principio”, algo así como un pacto preliminar sobre las líneas generales del acuerdo para luego cerrar los detalles. Sin embargo, la ministra de relaciones exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, se encargó de enfriar esas expectativas el pasado viernes. En efecto, aunque se negocie a marchas forzadas, será muy difícil lograr una solución satisfactoria pronto. En primer lugar, porque faltan muchos asuntos por cerrar, se perdió demasiado tiempo y las negociaciones están resultando demasiado arduas. Más allá del tono positivo de las negociaciones, todavía no hay consenso en temas cruciales: no lo hay en el complejo sector automotriz, donde al asunto de las reglas de origen hay que añadir ahora el tema salarial, ni en el rubro de productos lácteos, ni con el del mecanismo de resolución por disputas comerciales, ni con la cláusula de terminación o las condiciones laborales. En segundo lugar, porque para complicar más las negociaciones, Donald Trump se ha encargado de militarizar la frontera con México, lo que ha suscitado la dura respuesta tanto de Enrique Peña Nieto como de los candidatos presidenciales. Lo más sorprendente es que, pese a las ansias de querer llegar a un acuerdo, y las cruciales disputas comerciales y migratorias que están en juego, no se prevé que en Perú haya un encuentro bilateral entre Trump y Peña, lo que indica que, pese a las buenas intenciones, las relaciones son muy tirantes y las sonrisas muy forzadas (tampoco se tiene noticia de que Trump vaya a encontrarse a solas con Trudeau). Por tanto, y pese a que seguirán intensas reuniones de carácter técnico en los próximos días, no se ve que haya un “acuerdo en principio” para Perú ni tampoco se ha convocado una nueva ronda formal de negociaciones, la cual sería la octava. De todo esto se pueden concluir tres cosas: uno, que una renegociación detallada e integral del TLCAN es, a estas alturas, una quimera; dos, que a lo más que se puede llegar es a un “acuerdo en principio” muy general y vago para mayo o junio, o anunciar un acuerdo parcial en los puntos en donde se alcanzó consenso, dejando fuera los más controversiales; y tres, que la decisión de cómo será el nuevo TLCAN recaerá en el nuevo Presidente de México y la nueva configuración del Congreso de Estados Unidos. Por tanto, sí, Trump busca una victoria rápida, pero, en caso de alcanzar algo, será una victoria pírrica, de poco calado. Lo más que los mercados pueden desear es que eso sea suficiente para que Trump mantenga la exención del arancel sobre el acero y el aluminio para México y Canadá, y mande el mensaje de que el TLCAN no se romperá. La segunda guerra ha sufrido una rápida escalada en los últimos días, y es la comercial con China. Empezó con Trump amenazando con poner aranceles sobre un conjunto de productos comprados al gigante asiático valorados en 50 mil millones de dólares. El argumento era castigar a China por un supuesto robo de propiedad intelectual. El gigante asiático respondió con una medida similar sobre las importaciones estadunidenses, que incluía a autos, aviones y soya. Pero cuando parecía que ésas serían las bases para sentarse a negociar, Trump amenazó con escalar la propuesta arancelaria a otros 100 mil millones de dólares más, triplicando el monto inicial, a lo que Beijing dijo que, en caso de ser necesario, contraatacará con nuevas medidas. Aquí la situación se ha tensado tanto que no es fácil retroceder: Estados Unidos quiere presentar ahora una lista de demandas como condición para retirar los aranceles. Cree que será llegar y besar al santo. Pero si China no accede, ¿qué sucederá? ¿Cumplirá con sus amenazas, pese al daño que se infligirá a sí mismo y a su electorado o preferirá replegarse? El riesgo de la estrategia de Trump es muy alto y el mercado lo está castigando.

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