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Cuando tenía 16 años, Ethan Couch, un chico de familia acomodada, mató a cuatro personas al atropellarlas mientras conducía ebrio. En su defensa, el abogado alegó que la irresponsabilidad del muchacho era culpa de haber sido malcriado en un entorno en el que no se le privó de ningún lujo, y dijo que el muchacho padecía un trastorno conocido como afluenza. Ethan fue condenado a diez años de libertad provisional, pero se saltó las condiciones cuatro años después, al beber alcohol en una fiesta. Tras aquel incidente, escapó a México con su sobreprotectora madre, aunque hace poco volvió a entregarse. Ahora, el muchacho ha sido puesto nuevamente en libertad condicional, aunque ingresará en prisión si viola las condiciones de la misma.

El caso ha vuelto a situar en la primera plana de la actualidad el concepto de afluenza. Pero, ¿en qué consiste realmente? Ha sido definido como un trastorno que afecta a muchas personas pudientes, especialmente a los más jóvenes (los llamados niños ricos o niños de papá). Supuestamente, el hecho de poder permitirse cualquier capricho y de gozar de unos privilegios inalcanzables para la mayoría de las personas, les provocaría un hartazgo vital y un menosprecio hacia el valor de las cosas y a la idea de responsabilidad.

Hay que señalar que el concepto de afluenza no está reconocido como un trastorno real. Algunos especialistas dicen que las ideas sobre las que se sustenta (el rechazo al esfuerzo y a la responsabilidad personal, el hedonismo llevado al límite…) reflejan conlifctos auténticos, pero que no necesariamente tienen que constituir un problema piscológico nuevo e independiente de otros ya conocidos, como la egomanía, la mitomanía….

La afluenza podría ser el nuevo ejemplo de la costumbre actual de ponerle etiquetas a cualquier comportamiento. De cualquier forma, seguro que oiremos hablar nuevamente de ella.

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